Regreso a este blog con otro desafío de películas completado para ponerme al día con la temporada de premios, como cada principio de año 😊 Ahora comienzo con Sentimental Value, película dirigida por Joachim Trier, quien ya me había conquistado hace cinco años con The Worst Person in the World; nada mejor que una historia sobre una treintañera perdida por la vida para sentirse vista y comprendida.
Esta vez, el director noruego centra su última película en una historia familiar, retratando temas como el trauma generacional, la incapacidad de comunicarse o la inestabilidad emocional. La trama gira alrededor de las hermanas Nora (Renate Reinsve) y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), quienes deben enfrentar la muerte de su madre, además del incómodo reencuentro con su padre, el famoso cineasta Gustav Borg (Stellan Skarsgård), incómodo porque la relación entre los tres ha sido distante y transitoria desde el divorcio de los padres. Gustav usó el divorcio como excusa para mudarse a Suecia y para trabajar sin parar mientras sus hijas crecían en el hogar de su padre, una casa enorme y hermosa que guarda tantos secretos como memorias entre sus paredes, bajo sus suelos y dentro de cada habitación.
La casa funciona hasta como otro personaje más, ya que es testigo de varios momentos que marcan la vida de los protagonistas: el nacimiento de una abuela, la persecución de una tía a manos de los nazis, las discusiones entre los padres, el apoyo entre las hermanas, el velorio de la madre y, finalmente, el reencuentro con el padre. Gustav aparece con las mejores intenciones y le ofrece a Nora el papel de protagonista de su nueva película; la expectativa es grande, ya que Gustav no ha grabado una película en quince años, pero Nora se niego y Gustav le ofrece el papel a una famosa actriz estadounidense, Rachel Kemp (Elle Fanning). La película no es solo motivo de conflicto entre Gustav y Nora, sino que también lo es entre Gustav y Agnes, quien no está de acuerdo en que su hijo, Erik (Øyvind Hesjedal Loven), aparezca en una cinta de su padre, tal y como ella también lo había hecho cuando era pequeña.
Una de las cosas que más me gustó de Sentimental Value es la manera en que Joachim Trier retrata cómo un mismo evento puede marcar de manera muy diferente a dos personas. El abandono de su padre hizo que Nora se convirtiera en una mujer fría, cerrada, resentida y depresiva, una actriz que sufre de hasta ataques de pánico antes de subirse al escenario, mientras que Agnes tiene más fe en las personas, pudo formar una familia y el rencor hacia su padre es mucho menor que el de Nora. Gustav hace lo mejor que puede para recuperar la relación con sus hijas, pero ninguno de sus intentos funciona, ya que no se atreve a lidiar con el tema del abandono primero y trata de barrer todo debajo de la alfombra, casi como si nada hubiera pasado. Él cree que no hizo nada malo y que el divorcio era inevitable, mientras que para sus hijas, a pesar de que la casa sí sentía mucho más ligera una vez que Gustav se había ido, quedaron marcadas para siempre como cierta pared del lugar.
El final de la película llega como un sentimiento de alivio y de tranquilidad momentánea; tanto Nora como Agnes leen el guion de Gustav y consiguen hacer lo mismo que hacemos nosotros frente a la mayoría de las historias que vemos en pantalla: se reconocen frente a otros personajes, reconocen su historia y pueden darle una especie de cierre a la situación con su padre. Por supuesto que nada es perfecto y, la mayoría de las veces no recibimos aquellas disculpas que siempre hemos esperado, pero Nora y Agnes se tenían la una a la otra y aquello siempre les sirvió para seguir adelante.
Sentimental Value está llena de emociones, de momentos incómodos, de risa incómoda y de discusiones que parecen no llegar a ninguna parte; después de ver tanta película que parece artificial, Sentimental Value sobresale entre varias como una película sobre la vida misma, una historia de llena de matices que me destruyó el corazón y que luego lo consoló con una mezcla entre los recuerdos de Nora y Agnes y los míos.

