Mientras veía Sorry, Baby, encontré al menos dos cosas con las que pude identificarme inevitablemente. La primera fue todo el debate de una clase que giraba alrededor del significado de Lolita, libro escrito por Vladimir Nabokov; al igual que una de las alumnas, me perturba tratar de analizar aquel libro, aun entendiendo el punto de que el narrador nos cuenta su historia y nos da sus explicaciones y bla blá, no puedo pasar más allá de la página cuarenta. La segunda… fue el resto de la película.
Sorry Baby, escrita, protagonizada y dirigida por Eva Victor, cuenta la historia de Agnes Ward, una profesora de literatura que está tratando de convivir con el trauma que un incidente le dejó años atrás. Agnes tiene una vida normal y genial: vive en una pequeña casa en una zona rural, trabaja en la universidad en donde también estudió, tiene una especie de relación con su vecino y su mejor amiga, Lydie (Naomi Ackie), regresará de Nueva York para pasar unos días con ella. Agnes puede tener una rutina ideal, pero eso no evita que se sienta estancada, viendo cómo la vida de todos avanza y ella sigue viviendo en el mismo lugar en el que vivía cuando era una estudiante… y el mismo lugar en donde ocurrió la cosa mala que Agnes no puede olvidar.
La película está contada en cinco capítulos no lineales, intercambiados entre pasado y presente, mostrando tanto el contexto de la cosa mala como las repercusiones inmediatas que tuvo en la vida de Agnes; desde ser cuestionada fríamente en el hospital hasta ser interrogada en la universidad, pasando por el juicio de una de sus ex compañeras, al menos el personaje de Agnes siempre está acompañada, física y moralmente, por su mejor amiga y eso es uno de los temas más importantes de Sorry, Baby: lo necesario que es acompañar y sentirse acompañada luego de un incidente como el que se da durante la mitad de la película. Lydie es quien siempre está al lado de Agnes, quien la lleva de la mano y quien la consuela, quien la escucha y quien no la juzga cuando Agnes adopta a un gato o cuando muestra intenciones de ir a prender fuego a una oficina.
El acompañamiento y el apoyo también vienen, sorpresivamente, de un completo extraño; en una de mis escenas favoritas de la película, el dueño de una sandwichería, llamado Pete (John Carroll Lynch) ayuda a Agnes mientras ella sufre un ataque de pánico. El consuelo de aquel extraño es tal que la profesora por fin puede hablar en voz alta del incidente, después de años, y confesar cosas como que se siente mal cuando piensa en eso y que se siente culpable cuando no piensa en eso, cosas que a veces solo se le pueden decir a un extraño justamente, ni siquiera a una misma. Durante la película, Agnes también se va dando cuenta de que todo lo que siente es algo con lo que siempre tendrá que convivir, algo que varía de intensidad día a día, pero, lamentablemente, siempre estará presente.
Sorry, Baby trata el tema con sensibilidad, respeto y empatía, enfocándose siempre en la perspectiva del personaje de Agnes y logrando que nosotros, como audiencia, también la acompañemos durante toda su experiencia posterior al incidente. La película cierra con un monólogo tan triste como esperanzador, y es imposible no emocionarse con la manera en que Agnes deja salir varias de las cosas que no había podido frente a alguien que no puede responderle, pero que la contiene de todas formas.
Ya he visto dos películas seguidas que me han destruido el alma, pero que la reconfortan al mismo tiempo; quizás sea una buena señal de las películas que me esperan el resto del año.



