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We'll always have Paris

 


Durante el último tiempo, la mención de Margaret Thatcher ha sido relacionada a la maravillosa interpretación de Gillian Anderson en “The Crown”, pero creo que esa actuación es lo único positivo que viene a nuestra mente cuando hablamos de aquella primera ministra. Thatcher hizo de las suyas durante su reinado del terror y afectó la vida de muchas personas, sobre todo, las vidas de la clase trabajadora. Aquella batalla entre los mineros y su gobierno la hemos visto en películas como “Billy Elliot”, pero en “Pride” podemos apreciar otra perspectiva.

Inspirada en hechos verídicos, “Pride” cuenta la historia de la brigada LGSM (Lesbians and Gays Support the Miners), una organización basada en Londres. Su líder, Mark Ashton (Ben Schnetzer), entendía que tanto los homosexuales y lesbianas tenían muchas cosas en común con los mineros, como, por ejemplo, la discriminación y persecución por parte de las autoridades de la época.

LGSM contribuye con dinero a un grupo de mineros que viven en un pequeño pueblo de Gales. Su líder, David Donovan (Paddy Considine), un hombre sorprendentemente tolerante, acepta la ayuda del grupo y los invita a Gales, en donde conocen a otras personas tan amables como David y a otros bastante homofóbicos, quienes piensan que la ayuda de LGSM sólo les traerá burlas y atraerá una mala reputación.

Son aquellas interacciones entre los mineros y los integrantes de LGSM lo realmente maravilloso de ver y lo que llena el corazón. Hay curiosidad y miedo, pero pronto todo va quedando atrás y la historia da paso a varias tramas secundarias tan hermosas como la trama principal. La amistad entre Gwen (Menna Trussler) y las lesbianas, lo acogedores que son Hefina (Imelda Staunton) y Cliff (Bill Nighy), el concierto que organizan, la salida entre los miembros de LGSM y las señoras de Gales a los bares gays de Londres, cada escena se transforma en un momento más que especial.

“Pride” es una de esas películas calificadas como feel-good movies, la cual, sin caer en estereotipos ni clichés, te saca una sonrisa y te emociona al mismo tiempo. Ideal para ver durante el mes del orgullo 🌈
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Mientras estudiaba en NYU, la directora Emma Seligman notó la existencia de una comunidad de sugar babies, participantes de aquella práctica que involucra a una persona mayor, de preferencia millonaria, y a otra más joven que necesita ayuda financiera. Decidió tomar esta situación como inspiración para una historia, la cual expandió agregando experiencias de su propia bisexualidad, y creó “Shiva Baby”.

En “Shiva Baby” la protagonista es Danielle (Rachel Sennott), una estudiante universitaria que todavía no sabe muy bien qué hacer con su vida. Está estudiando una carrera relacionada a los estudios de género o a los negocios, un típico título prometedor que después, lamentablemente, no nos sirve de mucho; la verdad es que ni ella misma ni su familia entienden mucho de qué le pueda servir.

Las cosas podrían ser más fáciles si Danielle no tuviera que explicar sus estudios o sus planes a futuro cada vez que se encuentra en alguna situación social, pero estas son inevitables y Danielle debe presentarse a una ceremonia de shiva junto a sus padres, Debbie (Polly Draper) y Joel (Fred Melamed), en donde los comentarios y preguntas realizados por sus familiares y conocidos son tan recurrentes que Danielle escapa al baño durante cada oportunidad que se le presenta.

Además de esta insoportable situación, Danielle debe lidiar con la presencia de Maya (Molly Gordon), una ex novia a quien toda la comunidad judía adora y quien tiene, al parecer, un mejor futuro laboral que la protagonista; y también con la presencia de Max (Danny Deferrari), su sugar daddy. Max no sólo había sido colega del padre de Danielle años antes, sino que también está casado y acaba de tener una bebé. Para empeorar las cosas, la esposa de Max, Kim Becket (Dianna Agron), también aparece en la incómoda ceremonia de shiva.

Gracias a que la mayoría de las escenas fueron grabadas con cámara en mano, la atmósfera de la película es una claustrofóbica e inquieta experiencia. La ansiedad que experimenta Danielle queda perfectamente retratada en cada escena y el ambiente del hogar parece hacerse cada vez más pequeño, casi como si las paredes o el techo pudieran encogerse. “Shiva Baby” no sólo es un gran ejemplo de la ansiedad en persona, sino que también es un gran reflejo de la incomodidad de ciertas situaciones sociales, en donde secretos pueden salir a la luz o en donde preguntas que llevan a respuestas complicadas nos pueden provocar aquella sensación de encierro tan difícil de olvidar.

Emma Seligman presentó el corto de “Shiva Baby” como tesis final de su carrera en NYU. Espero que le hayan dado la distinción máxima.
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The Florida Project era el nombre original que se tenía pensado para Disney World; hoy en día, es el nombre que recibe un complejo de moteles que sirven también como viviendas para aquellas personas con menor suerte. Este complejo se encuentra en las afueras de Disney, por lo que es fácil para algunos turistas confundirse y reservar, por accidente, un fin de semana en estos moteles y no en los hoteles de lujo que están dentro del parque.

Sean Baker, escritor y director de “The Florida Project”, se basó en este lugar para contar la historia de Moonee (Brooklynn Prince) y de Halley (Bria Vinaite). Moonee es una pequeña niña de seis años, hija de Halley, una joven madre soltera que trata de arreglárselas como puede para cuidar de Moonee. Halley tiene problemas tanto para encontrar trabajo como para mantener uno, pero nada afecta la amorosa y unida relación entre ella y su hija.

“The Florida Project”, además de mostrarnos los problemas económicos de Halley, también nos muestra las aventuras de Moonee alrededor los edificios. Ella tiene dos pequeños amigos, Scooty (Christopher Rivera) y Jancey (Valeria Cotto), con quienes juega todo el día, pasea por el lugar o, simplemente, se mete en varias travesuras. Los tres no están bajo mayor supervisión parental, pero el conserje del lugar, Bobby Hicks (Willem Dafoe), siempre está atento a sus movimientos; Bobby tiene poca paciencia y, la mayor parte del tiempo, está gritándoles, pero no lo piensa dos veces cuando se trata de defenderlos de pervertidos que pasean cerca de los edificios, por ejemplo.

Como sociedad, tendemos a criticar y a juzgar a quienes viven en lugares como The Florida Project, sin entender cada una de sus historias. Esta película nos hace empatizar con Halley y entender el porqué de sus decisiones; no son las mejores decisiones, pero dentro de un contexto como el de ella, son las decisiones que están a mano. Quizás sea difícil para algunos estar de su lado, ya que es una joven conflictiva e irresponsable, pero todos los esfuerzos que hace, los hace con tal de cuidar de Moonee; la relación entre ambas es una tan divertida como especial y es muy triste suponer el final que tendrá, un final que no es muy diferente a los cosas que se dan en nuestra sociedad también.

Gracias a que ambas protagonistas no tenían experiencia previa en la actuación, “The Florida Project” se siente un relato mucho más natural y realista, en donde los problemas y juegos de cada día son el contraste de lo que pasa tan sólo a un par de cuadras cerca de su hogar, en el lugar más feliz del mundo.
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Hace unos días, leí la noticia de que Kevin Spacey había encontrado un flamante nuevo trabajo; el actor, denunciado por acoso y abuso sexual de menores, se encuentra grabando una película en Europa, continente predilecto, al parecer, de quienes coleccionan denuncias en su contra y que desean continuar su carrera lejos del centro de la atención.

Cada vez que un hombre es acusado de este tipo de mal conductas, tanto él como sus defensores, de inmediato lamentan que tales acusaciones arruinen por completo su reputación y su carrera. Tras la aparición de estas acusaciones en la prensa, Roman Polanski ha ganado un premio Óscar y premios César como Mejor Director, Chris Brown continúa haciendo música, Casey Affleck ganó un Oscar como Mejor Actor y Donald Trump se convirtió en presidente de Estados Unidos. Que una acusación arruine para siempre la carrera de un hombre es algo que, lamentablemente, está lejos de ser una realidad. Kevin Spacey es, ahora, un ejemplo más.

No suelo separar al autor de la obra, por lo que he evitado cualquier película o serie en donde aparezca Spacey; todo iba bien, hasta que decidí ver “L.A. Confidential”, película estrenada en 1997 y ambientada en Los Ángeles, durante los años cincuenta. Siendo completamente sincera, no sabía de la participación de Spacey en esta película, por lo que me sorprendió su aparición dentro de los primeros minutos. El lado positivo es que, al menos, su personaje, Jack Vincennes, no es uno de los protagonistas.

La historia se centra en las investigaciones llevadas a cabo por dos detectives: Bud White (Russell Crowe) y Ed Exley (Guy Pearce). Por un lado, Bud investiga una empresa llamada Fleur-de-Lis, un servicio de prostitutas que transforma a sus trabajadoras en mujeres increíblemente parecidas a estrellas de cine; por el otro, Ed investiga un homicidio múltiple ocurrido en un café llamado Nite Owl, en donde dos de las víctimas unen a Bud con el caso.

Entiendo que “L.A. Confidential” sea, para algunos, un gran ejemplo de películas modernas sobre el género neo-noir, pero la participación de actores denunciados no me deja disfrutar, por completo, la experiencia. Podría aferrarme a la historia, pero no me pareció tan llamativa o pude haberme concentrado en el resto de los personajes, pero ninguno es merecedor de mayor atención tampoco.

Creo que, a estas alturas, ya no quiero perder mi tiempo viendo películas en las que participen abusadores o películas que tengan sólo de adorno al único personaje femenino con algo de relevancia.
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Una de las cosas que más me gusta de la corta filmografía de Gillian Robespierre es la capacidad que tiene para transformar un momento insoportable de vivir en uno soportable de ver. En su primera cinta, “Obvious Child”, cubrió el tema del aborto sin darle un enfoque prejuicioso ni extremadamente dramático, pero, al mismo tiempo, sin restarle importancia a la decisión de la mujer. Para su segunda película, “Landline”, la directora decidió tomar la trama del divorcio y mostrarnos cómo este afecta de manera diferente a cada uno de los involucrados.

Gillian escribió el guión de esta película junto a Elisabeth Holm, quien también produjo “Obvious Child”; ambas aportaron algo de sus propias experiencias para crear la historia de la familia Jacobs. Ambientada en Nueva York durante el año 1995, “Landline” nos muestra a una típica y común familia ítalo-judía, conformada por los padres y dos hijas. Dana (Jenny Slate) es la hija mayor, quien parece tenerlo todo: un lindo departamento, un buen trabajo y un futuro marido bastante decente; Ali (Abby Quinn), en cambio, se encuentra en la etapa rebelde de la adolescencia y sus padres no saben muy bien cómo controlarla.

Es Ali quien descubre que su padre, Alan (John Turturro), está teniendo un romance con una desconocida apodada, simplemente, “C”. Ali decide no contarle a su madre, Pat (Edie Falco), pero sí confía en Dana; es, durante esos momentos, que la diferencia de edad y de personalidad entre ambas hermanas desaparece y son capaces de confesarse algunos de sus más íntimos secretos. Por ejemplo, Dana le cuenta a Ali que cometió el mismo error que su padre y que no sabe cómo remediarlo. La relación entre hermanos es una bastante peculiar; pueden ser las dos personas más distintas del mundo, pueden hasta llevarse mal, pero existe una confianza única. Recuerdo algunas escenas entre Cersei y Tyrion Lannister, escenas de una época en donde “Games of Thrones” era una serie bien escrita, como un ejemplo perfecto de esa confianza.

Aunque la historia de "Landline" se enfoca mucho más en la mirada de las hermanas Jacobs, el secreto de su padre tampoco pasa desapercibido ante su madre. La triste realidad es que, tras decidir encararlo, Pat por fin puede tener una conversación sincera tanto con su esposo como con sus hijas. “Landline” recuerda que, a veces, un quiebre matrimonial puede unir mucho más a los integrantes de una familia de lo que podría alejarlos.

Decorada con una nostálgica estética noventera, “Landline” no es mejor obra que “Obvious Child”, pero sí es una que sigue el mismo camino del estilo dramedy. No todo tiene que ser tan dramático, no todo tiene que pasar a convertirse en una experiencia traumática, no toda separación tiene que ser tan “The Squid and the Whale”; también hay momentos en los que podemos reírnos un poco de nuestros errores.

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Durante el año 1999, la oficial estadounidense Kathryn Bolkovac trabajaba para la empresa DynCorp, empresa que se dedicaba a contratar y capacitar a agentes de policía con el fin de enviarlos a Bosnia para que monitorearan ciertas actividades, ya que la situación del país europeo era bastante complicada durante aquella época. Mientras ayudaba en un caso de violencia doméstica, Kathryn terminó descubriendo una red de corrupción que traficaba adolescentes para prostituirlas, cuyos facilitadores eran nada menos que oficiales de la mismísima ONU.

Este caso inspiró a la directora Larysa Kondracki para filmar su primera película, “The Whistleblower”. La cineasta estaba al tanto de las realidades de esta pandemia de tráfico, ya que su madre provenía de Ucrania, pero ella no quería mostrar solamente la cruda realidad de las víctimas, sino que también la corrupción y el encubrimiento que rodean a este tipo de crímenes. La injusticia que Kathryn atestiguó era el enfoque que la directora necesitaba para poder desarrollar esta historia.

Kathryn, interpretada por Rachel Weisz, había aceptado aquel trabajo en Bosnia como un medio para poder ganar más dinero, ya que se encontraba en la mitad de una batalla por la custodia de su hija. Durante su primer caso de violencia doméstica, se da cuenta del sexismo, misoginia y xenofobia con los que se trata a las víctimas, pero logra conseguir justicia para Zlata, una mujer que había sido apuñalada por su marido. Tras el triunfo en este caso, Kathryn consigue un ascenso y pasa a ser la encargada de Asuntos de Género.

Es así como la agente conoce a Raya (Roxana Condurache) y a Irka (Rayisa Kondracki), dos adolescentes que habían sido vendidas por un pariente a traficantes, quienes las hacían pasar por meseras de un bar. La investigación de Kathryn descubre la realidad de lo que estaba pasando: muchas adolescentes estaban siendo vendidas y forzadas a trabajar como prostitutas, mientras eran maltratadas y obligadas a guardar silencio. La dedicación de Kathryn en el caso es inspiradora, pero también es desolador ver que, más allá de investigar, no es mucho lo que ella pueda hacer.

“The Whistleblower” no retrata no sólo el horror que tienen que vivir aquellas niñas, sino que también demuestra la injusticia frente a este crimen. Debido a que oficiales y hombres de alto rango dentro de la ONU están relacionados con esta red de tráfico, el encubrimiento se hace cada vez más imposible de combatir. Lo triste es que casos como este no son una novedad; están presentes en películas como “La Ciociara” o en noticias como las de este país, en donde aquellos que, supuestamente, son enviados a proteger y a regular, terminan cometiendo crímenes tan horribles como los de aquellos que empezaron cierto conflicto.

Tal corrupción deja una tremenda impotencia hacia el final de la película; es increíble que algunos poderosos sólo se crucen de brazos y los demás sólo tengamos que esperar algún milagro para que estos abusos algún día terminen. La pequeña esperanza que se siente es que cuando el sistema no funciona, siempre estará la prensa. Kathryn Bolkovac se encargó de contar su experiencia en lugares como la BBC y fue, de esa manera, que el mundo pudo enterarse de este específico tráfico en Bosnia. 

Es desgarrador conocer casos como estos, pero al igual que muchas otras historias de abuso, también es necesario saber sobre ellos.

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Hola

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Catalina.
Basada en hechos reales.

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