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We'll always have Paris

 


Siendo sincera, siempre confundí el título de I’m Thinking of Ending Things con el de la película anterior, Sometimes I Think About Dying; ambos podrían referirse hasta sobre el mismo tema si no sabemos el trasfondo de cada película, pero, a pesar de la similitud, las dos son muy diferentes entre sí. Mientras Sometimes I Think About Dying se trata de la soledad de la protagonista, I’m Thinking of Ending Things es más bien un análisis surrealista sobre problemas de pareja.

La película gira en torno a una joven (Jessie Buckley) que decide viajar a conocer a los padres de su novio, Jake (Jesse Plemons), a pesar de que está pensando en terminar su relación con él. Durante el viaje, escuchamos el monólogo interno de la protagonista: a pesar de que siempre es interrumpido por Jake, de todas maneras, podemos observar la dinámica de la pareja; no se trata de una relación tóxica ni de una complicada, se trata solo de que la protagonista se siente completamente aburrida e insatisfecha con la presencia de Jake.

Una vez que los protagonistas llegan a la casa de los padres de Jake, las cosas se van poniendo bastante intensas e incómodas y la realidad se va mezclando con la fantasía, muy al estilo de su director, Charlie Kaufman. La trama principal se va mezclando con escenas sobre un conserje, con personajes envejeciendo cada vez más, con cambios de nombre de Lucy a Louisa y también con cambios a la historia de cómo los protagonistas se conocieron. Entiendo que este elemento sea la técnica de Kaufman, pero su estilo no es para mí.

El año pasado, vi Synecdoche, New York y, a pesar de que todo partió bien, desde la mitad de la película en adelante mi interés murió y terminar la cinta se convirtió en un trámite; solo las actuaciones te pueden ayudar a alivianar la carga, pero una película no puede sobrevivir solamente gracias a ese recurso. Lo mismo pasó ahora con I’m Thinking of Ending Things: comienza muy bien, luego todo se convierte en una confusión muy aburrida y las actuaciones la mantienen a penas a flote.
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La filmografía de Christopher Nolan siempre se encuentra en un estado de in crescendo; ojalá pudiera decir que mientras sus películas van creciendo en cuanto a trama y desarrollo, también van mejorando en cuanto a calidad, pero la repetición de ciertas ideas, la inhabilidad de crear personajes femeninos interesantes e independientes de los personajes masculinos, además de aquella irritable pseudo intelectualidad que rodea tanto a la explicación de sus películas como la de sus fanáticos más fieles, han conseguido que el cine de Nolan cada vez me parezca menos intrigante.

“Tenet”, su última entrega, es de aquellas películas que, si no entendiste o no seguiste el ritmo a la primera, por supuesto que no sabes nada de cine. Utilizando una vez más el concepto del tiempo, Nolan crea una historia sobre cómo el futuro afecta el pasado; el Protagonista (John David Washington), un protagonista sin nombre, parte de la CIA, quien se une a un programa especial llamado TENET. El objetivo de su misión es atrapar a un traficante de armas que fabrica balas con una particular cualidad: van al sentido contrario del tiempo normal.

Con la ayuda de Neil (Robert Pattinson), el Protagonista da con el paradero de un criminal ruso, llamado Andrei Sator (Kenneth Branagh). Para tratar de atraparlo, el Protagonista se acerca a la esposa de Andrei, Kat Barton (Elizabeth Debicki), una tasadora de arte que vive bajo el constante chantaje de su marido, sus reacciones violentas y la amenaza de no volver a ver al hijo que tienen en común. Fingiendo estar interesado en cierto cuadro, el Protagonista consigue dar con el paradero de Andrei y comenzar una intensa persecución que parece ir hacia adelante y hacia atrás.

Es en estos momentos de la trama que la historia comienza a ser cada vez más confusa y menos interesante; además de muchos cambios en muy poco tiempo, las continuas explicaciones de cada uno de los personajes que participan en la persecución se vuelven repetitivas y parecen no tener mayor información de fondo. De por sí, es bastante molesto que un personaje explique la trama en lugar de que la trama se explique por sí sola durante la duración de una película, por lo que en “Tenet” es un recurso bastante insoportable. 

También es bastante insoportable que, tras años de desarrollo de guión, trama y efectos especiales, Christopher Nolan y sus colaboradores todavía no sepan crear al menos un personaje femenino que no esté a merced del protagonista masculino; en el universo de Nolan, las mujeres son sólo esposas fallecidas acechando las mentes de sus maridos, esposas que están peligro a manos de su propio esposo o mujeres que deben guiar al protagonista en cuestión. En lugar de perfeccionar cada detalle de una historia compleja, no estaría mal tomarse un tiempo para perfeccionar ciertos personajes también.

A pesar de todo, no se puede negar que “Tenet” tiene muchos méritos en cuanto a ejecución, escenas de acción y actuaciones; destacan sobre todo aquellas escenas en el aeropuerto o la persecución dentro de una carretera, así como también la participación de Robert Pattinson, quien se luce incluso en un papel secundario, y de Elizabeth Debicki, quien logra darle cierta profundidad a un personaje que no tiene mucho qué hacer, pero estos atributos no son suficientes para combatir la nula emotividad que provoca toda la acción en la que “Tenet” se concentró; mucho enfoque en un solo aspecto de la película y un abandono casi total en otros puntos de vista cuestan.

¿“Tenet” fue una película hecha para mí? No. ¿La seguiré viendo por Robert Pattinson? Sí.

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Mientras estudiaba en NYU, la directora Emma Seligman notó la existencia de una comunidad de sugar babies, participantes de aquella práctica que involucra a una persona mayor, de preferencia millonaria, y a otra más joven que necesita ayuda financiera. Decidió tomar esta situación como inspiración para una historia, la cual expandió agregando experiencias de su propia bisexualidad, y creó “Shiva Baby”.

En “Shiva Baby” la protagonista es Danielle (Rachel Sennott), una estudiante universitaria que todavía no sabe muy bien qué hacer con su vida. Está estudiando una carrera relacionada a los estudios de género o a los negocios, un típico título prometedor que después, lamentablemente, no nos sirve de mucho; la verdad es que ni ella misma ni su familia entienden mucho de qué le pueda servir.

Las cosas podrían ser más fáciles si Danielle no tuviera que explicar sus estudios o sus planes a futuro cada vez que se encuentra en alguna situación social, pero estas son inevitables y Danielle debe presentarse a una ceremonia de shiva junto a sus padres, Debbie (Polly Draper) y Joel (Fred Melamed), en donde los comentarios y preguntas realizados por sus familiares y conocidos son tan recurrentes que Danielle escapa al baño durante cada oportunidad que se le presenta.

Además de esta insoportable situación, Danielle debe lidiar con la presencia de Maya (Molly Gordon), una ex novia a quien toda la comunidad judía adora y quien tiene, al parecer, un mejor futuro laboral que la protagonista; y también con la presencia de Max (Danny Deferrari), su sugar daddy. Max no sólo había sido colega del padre de Danielle años antes, sino que también está casado y acaba de tener una bebé. Para empeorar las cosas, la esposa de Max, Kim Becket (Dianna Agron), también aparece en la incómoda ceremonia de shiva.

Gracias a que la mayoría de las escenas fueron grabadas con cámara en mano, la atmósfera de la película es una claustrofóbica e inquieta experiencia. La ansiedad que experimenta Danielle queda perfectamente retratada en cada escena y el ambiente del hogar parece hacerse cada vez más pequeño, casi como si las paredes o el techo pudieran encogerse. “Shiva Baby” no sólo es un gran ejemplo de la ansiedad en persona, sino que también es un gran reflejo de la incomodidad de ciertas situaciones sociales, en donde secretos pueden salir a la luz o en donde preguntas que llevan a respuestas complicadas nos pueden provocar aquella sensación de encierro tan difícil de olvidar.

Emma Seligman presentó el corto de “Shiva Baby” como tesis final de su carrera en NYU. Espero que le hayan dado la distinción máxima.
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“Emma Woodhouse, bella, inteligente y rica, con una familia acomodada y un buen carácter, parecía reunir en su persona los mejores dones de la existencia; y había vivido cerca de veintiún años sin que casi nada la afligiera o la enojase”.

Las heroínas de Jane Austen siempre han sido presentadas como mujeres apasionadas, románticas, correctas, inteligentes y llenas de carácter; son perfectos ejemplos de personajes feministas adelantados a su época. Entre estos personajes, destacan Elizabeth Bennet, Elinor Dashwood o Catherine Morland, pero quien se distingue por razones distintas siempre será Emma Woodhouse.

Emma (Anya Taylor Joy) es una joven adinerada, inteligente, hermosa y maternal, pero también es algo malcriada, inmadura, impulsiva y desconsiderada; la misma Jane Austen la describió como "una heroína que no sería del gusto de todo el mundo". La primera impresión de Emma no siempre es la mejor, ya que, debido a sus privilegios, también es algo altanera y sólo confía en su propia visión del mundo. Si no se le comprende a fondo, el personaje puede convertirse en uno insoportable; si en las adaptaciones del libro no se le interpreta correctamente, Emma puede transformarse simplemente en una chiquilla metiche y superficial. Por suerte, no es el caso en la versión de 2020, dirigida por Autumn de Wilde.

En esta nueva adaptación, el carisma y el talento de la protagonista, Anya Taylor Joy, resalta por sobre todas las cosas y es capaz de humanizar a un personaje tan complejo e interesante como el de Emma. Su interpretación también le da vida a una historia que pertenece a un género que, varias veces, es de un ritmo algo más pausado, por lo que la película también se siente como una versión fresca y rejuvenecida de la novela.

Continuando con la historia que Jane Austen nos entregó, la película también se centra en las aventuras de Emma y de aquellos a su alrededor. Emma vive en la hermosa mansión de Hartfield junto a su padre, el señor Woodhouse (Bill Nighy), un hipocondríaco, pero adorable personaje. Debido a que Emma ya había colaborado en establecer la unión entre su institutriz, la señorita Taylor (Gemma Whelan), con el señor Weston (Rupert Graves), la joven cree que también puede conseguir un buen marido para su amiga Harriet Smith (Mia Goth).

Por mucho que Emma piense que está haciendo el bien, porque ella conoce mucho más el mundo que la ingenua y tierna Harriet, sus intentos son un desastre. Completamente ciega frente a la idea de que sus acciones podrían perjudicar a los demás en lugar de ayudarles, Emma sólo es increpada por el señor Knightley (Johnny Flynn); la joven también se ocupa tanto de arreglarle la vida a sus cercanos que ni siquiera tiene una mínima idea acerca de sus propios sentimientos hacia Knightley. Hay una razón por la cual una de las adaptaciones de “Emma” se llama, precisamente, “Clueless”.

Al igual que Cher Horowitz, Emma Woodhouse aprende de sus errores. La joven tiene la capacidad de pedir perdón y asume que cometió varias equivocaciones, una cualidad que la convierte en el personaje complejo que es y la eleva al rango de heroína, una tan atractiva y digna de admiración como el resto de las protagonistas de Jane Austen.

No es sólo su estética y guión lo que convierten a esta película en una de las mejores adaptaciones de “Emma”, sino que también se lo debe a la experiencia de Autumn de Wilde como fotógrafa, detalle que convierte a cada escena en una maravilla visual. El carisma de los personajes secundarios tampoco se queda atrás; cada uno está muy bien desarrollado y perfectamente interpretado. Además, ese desplante de humor durante momentos serios o incómodos siempre será encantador; de hecho, todo lo que tenga relación con “Emma” siempre será encantador.

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Cuando se trata de películas que juegan con el concepto del tiempo en forma de loop infinito, es imposible no recordar a “Groundhog Day”, aquella historia en donde Bill Murray sufría la tortura de repetir el día de la Marmota una y otra y otra vez. El personaje de Phil estaba condenado a vivir la misma rutina sin que el resto de las personas alrededor siquiera notara que algo extraño estaba pasando, pero, ¿qué podría pasar si más de una persona estuviera también condenada a algún loop infinito? 

“Palm Springs”, precisamente, cuenta la historia de dos desconocidos que terminan enredados en una misma realidad alternativa durante una boda celebrada en un resorte cerca del desierto. Por un lado, tenemos a Nyles (Andy Samberg), quien es el primero en darnos pistas sobre el lugar en el que se encuentra; Nyles ya está bastante resignado a repetir siempre el mismo día, el nueve de noviembre, por lo que se comporta de manera idiota e irresponsable, sin pensar en las consecuencias de las pequeñas ridiculeces que hace, porque, claro, no habrá consecuencia alguna al día siguiente.

Por otro lado, tenemos a Sarah (Cristin Milioti), la hermana mayor de la novia y una especie de oveja negra dentro del retrato familiar perfecto. Sarah termina en el loop tras seguir a Nyles hasta una cueva, en donde unas luces los llevan de regreso al comienzo del día recién vivido. En un principio, Sarah reacciona como todos reaccionaríamos frente a esta situación y sólo quiere escapar de allí. Intento tras intento, incluyendo suicidios sin mayor resultado, Sarah entiende que no es tan simple volver a la realidad y, resignada, comienza a disfrutar de las infinitas posibilidades que el nueve de noviembre le ofrece.

Junto a Nyles, Sarah disfruta, sin ataduras, el resorte de Palm Springs: pasan horas en la piscina, beben toda la cerveza que quieran, estrenan una rutina de baile y celebran el cumpleaños número un millón de Nyles. Pese a toda la diversión que vivir sin consecuencias puede traer, Sarah no puede ignorar las malas decisiones que continúa tomando y, tras una pelea con Nyles, la joven decide seguir intentando volver a la realidad mientras que él sigue pensando que es mejor quedarse en el loop para siempre.

Este es el mayor conflicto entre los ambos personajes. Mientras Sarah intenta hacer algo nuevo y enmendar su último gran error, Nyles cree que volver a la realidad no tiene sentido. Este estancamiento en el tiempo tiene mucha similitud con los sentimientos que hemos experimentando desde que empezó la cuarentena: algunas personas están desesperadas esperando el término del encierro, mientras que otros estamos más cómodos dentro de una rutina que podemos controlar, de cierta manera. Existen distintas realidades, por supuesto, pero los sentimientos son parecidos. 

La diferencia es que al menos Sarah podía hacer salgo para terminar con su rutina infinita; salir dependía de ella, en cambio nuestro loop infinito está muy lejos de depender de nosotros.

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Durante la reciente ceremonia de los premios Oscars, “Druk” ganó el premio como Mejor Película Extranjera.; generalmente, me tomo un tiempo antes de ver las películas que destacaron en aquella categoría, pero apenas unos días luego del triunfo de “Druk”, Hollywood ya anunciaba que planeaba hacer un remake. No fue el hecho de que, posiblemente, Leonardo DiCaprio protagonice la nueva versión lo que llamó mi atención, si no que, tras cada año que pasa luego del discurso de Bong Joon-ho, se hace demasiado notorio que los estadounidenses no saben leer subtítulos.

Pasó ya en 2015, luego del éxito de “El Secreto de sus Ojos”, que a Hollywood se le ocurrió hacer “Secret in Their Eyes”, un remake que arruinó aquella hermosa temática sobre la pasión y el amor que superan años y años por tratar de reemplazarlo con una historia que incluso algo tenía que ver con el terrorismo del 9/11. Un desastre. Desde ese entonces, decidí optar siempre por el producto original.

“Druk” es una película danesa, dirigida y escrita por Thomas Vinterberg, la cual cuenta la historia de un grupo de profesores decididos a experimentar los efectos positivos del alcohol. El grupo debate la teoría del psiquiatra noruego Finn SkÃ¥rderud, la cual establece que tener un 0.05 % de alcohol en el cuerpo, nos convierte en seres más relajados y creativos. Al centro de este grupo, tenemos a Martin (Mads Mikkelsen), un profesor de historia que está completamente insatisfecho con su vida, algo que le trae problemas tanto en su trabajo como en su hogar. Martin es el primero en motivarse a comprobar la teoría de SkÃ¥rderud y, luego de experimentar los primeros resultados favorables, sus amigos también deciden experimentar y tratan la idea como un trabajo de investigación.

Martin, Tommy (Thomas Bo Larsen), Peter (Lars Ranthe) y Nikolaj (Magnus Millang) ven entonces cómo la rutina de sus vidas pasa a ser una más alegre y satisfactoria. Todos incluso se convierten en mejores profesores, pero es Martin quien ve mayores resultados: retoma la conexión con sus hijos y la relación con su esposa, mientras que su rendimiento en el trabajo mejora un 100%; es como si fuera otra persona. De hecho, durante una clase, hace un ejercicio muy entretenido de votar a ciegas por tres candidatos: un hipertenso que engaña a su mujer, un depresivo que ya ha perdido tres elecciones y un amante de los animales que trata a las mujeres con respeto. Obviamente, todos nos inclinaríamos por el tercer candidato, pero, para nuestra total sorpresa, estaríamos votando por Adolf Hitler.

Más allá de celebrar el consumo de alcohol o de condenar a quienes disfrutan de él, "Druk" se dedica a mostrarnos cómo sus efectos pueden ayudarnos a retomar el gusto por las cosas simples de la vida. En el caso de Martin, él sólo necesitaba un nuevo enfoque para recordar lo que valía la pena; es como si el alcohol hubiera despertado en él un nuevo sentido y las cosas comenzaran a tener un nuevo color, sabor u olor. Martin se avergonzaba, por ejemplo, de su pasado como bailarín, pero durante las últimas escenas vuelve a lucir los pasos de baile que tan bien recordaba.

A pesar de un trágico desenlace, “Druk” nos recuerda que siempre tendremos algo que celebrar u honrar. A veces tenemos que tocar fondo para recordarlo, pero tocar fondo es necesario; sabe mejor con un traguito, de todas formas.

No estoy promocionando el uso excesivo de alcohol.

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Hola

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Catalina.
Basada en hechos reales.

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