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We'll always have Paris

 


A pesar de lo mucho que disfrutaba las películas de Yorgos Lanthimos, sus últimos dos estrenos no consiguieron gustarme como le gustaron al resto del mundo. Poor Things no me pareció para nada un relato feminista, aunque sí provocador, y Kinds of Kindness solo era una película que quería provocar, pero que no tenía mucho peso. Tras dos decepciones seguidas, por supuesto que la llegada de Bugonia me daba un poco de esperanza sobre alguna especie de reconciliación… pero tampoco se dio en esta oportunidad.

Bugonia, de partida, es un remake de una película surcoreana llamada Save the Green Planet!, por lo que la historia no se deriva de una idea original de Lanthimos, como otras de sus cintas. La película sigue a Teddy Gatz (Jesse Plemons), un joven conspiranoico que decide secuestrar a Michelle Fuller (Emma Stone), la CEO de una gran empresa farmacéutica. Con la ayuda de su primo, Don (Aidan Delbis), Teddy rapta a Michelle y la lleva hasta su casa, en donde la interroga con tal de que ella le diga que es una extraterrestre que los llevará hasta su nave espacial. La convicción de Teddy es tan grande que le corta todo el cabello a Michelle para que ella no se comunique con la nave y es capaz hasta de torturarla para que Michelle asuma la verdad.

Pero detrás de toda aquella idea y maniobras que bordean lo ridículo, existe un odio contra el mundo corporativo que ya está muy introducido y justificado en la sociedad. Michelle es una CEO que dice estar comprometida con el bienestar de sus empleados, pero beneficios como trabajar menos horas no están definidos por completo; para sorpresa de Michelle, Teddy es uno de sus varios empleados, quien, además, sufre por la enfermedad de su madre (Alicia Silverstone), la cual fue provocada por uno de los fármacos de la empresa de Michelle. A pesar de que se comprometieron con la causa, la madre de Teddy sigue enferma y dependiendo de las máquinas en un hospital.

A pesar de la crítica social y algunos momentos graciosos de las interacciones entre Teddy y Michelle, Bugonia tampoco consiguió conquistarme como lo hizo alguna vez The Favourite o The Lobster; sentí que la película solo se dedicó a mostrar y poco a desarrollar, y que tampoco había nada de aquel espíritu controversial que tanto identifica a Yorgos Lanthimos. Me serviría mucho que se tomara un tiempo más largo entre una película y otra o que dejara la colaboración con Emma Stone descansar por un rato.

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Mientras veía Sorry, Baby, encontré al menos dos cosas con las que pude identificarme inevitablemente. La primera fue todo el debate de una clase que giraba alrededor del significado de Lolita, libro escrito por Vladimir Nabokov; al igual que una de las alumnas, me perturba tratar de analizar aquel libro, aun entendiendo el punto de que el narrador nos cuenta su historia y nos da sus explicaciones y bla blá, no puedo pasar más allá de la página cuarenta. La segunda… fue el resto de la película.

Sorry Baby, escrita, protagonizada y dirigida por Eva Victor, cuenta la historia de Agnes Ward, una profesora de literatura que está tratando de convivir con el trauma que un incidente le dejó años atrás. Agnes tiene una vida normal y genial: vive en una pequeña casa en una zona rural, trabaja en la universidad en donde también estudió, tiene una especie de relación con su vecino y su mejor amiga, Lydie (Naomi Ackie), regresará de Nueva York para pasar unos días con ella. Agnes puede tener una rutina ideal, pero eso no evita que se sienta estancada, viendo cómo la vida de todos avanza y ella sigue viviendo en el mismo lugar en el que vivía cuando era una estudiante… y el mismo lugar en donde ocurrió la cosa mala que Agnes no puede olvidar.

La película está contada en cinco capítulos no lineales, intercambiados entre pasado y presente, mostrando tanto el contexto de la cosa mala como las repercusiones inmediatas que tuvo en la vida de Agnes; desde ser cuestionada fríamente en el hospital hasta ser interrogada en la universidad, pasando por el juicio de una de sus ex compañeras, al menos el personaje de Agnes siempre está acompañada, física y moralmente, por su mejor amiga y eso es uno de los temas más importantes de Sorry, Baby: lo necesario que es acompañar y sentirse acompañada luego de un incidente como el que se da durante la mitad de la película. Lydie es quien siempre está al lado de Agnes, quien la lleva de la mano y quien la consuela, quien la escucha y quien no la juzga cuando Agnes adopta a un gato o cuando muestra intenciones de ir a prender fuego a una oficina.

El acompañamiento y el apoyo también vienen, sorpresivamente, de un completo extraño; en una de mis escenas favoritas de la película, el dueño de una sandwichería, llamado Pete (John Carroll Lynch) ayuda a Agnes mientras ella sufre un ataque de pánico. El consuelo de aquel extraño es tal que la profesora por fin puede hablar en voz alta del incidente, después de años, y confesar cosas como que se siente mal cuando piensa en eso y que se siente culpable cuando no piensa en eso, cosas que a veces solo se le pueden decir a un extraño justamente, ni siquiera a una misma. Durante la película, Agnes también se va dando cuenta de que todo lo que siente es algo con lo que siempre tendrá que convivir, algo que varía de intensidad día a día, pero, lamentablemente, siempre estará presente.

Sorry, Baby trata el tema con sensibilidad, respeto y empatía, enfocándose siempre en la perspectiva del personaje de Agnes y logrando que nosotros, como audiencia, también la acompañemos durante toda su experiencia posterior al incidente. La película cierra con un monólogo tan triste como esperanzador, y es imposible no emocionarse con la manera en que Agnes deja salir varias de las cosas que no había podido frente a alguien que no puede responderle, pero que la contiene de todas formas.

Ya he visto dos películas seguidas que me han destruido el alma, pero que la reconfortan al mismo tiempo; quizás sea una buena señal de las películas que me esperan el resto del año.

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Regreso a este blog con otro desafío de películas completado para ponerme al día con la temporada de premios, como cada principio de año 😊 Ahora comienzo con Sentimental Value, película dirigida por Joachim Trier, quien ya me había conquistado hace cinco años con The Worst Person in the World; nada mejor que una historia sobre una treintañera perdida por la vida para sentirse vista y comprendida.

Esta vez, el director noruego centra su última película en una historia familiar, retratando temas como el trauma generacional, la incapacidad de comunicarse o la inestabilidad emocional. La trama gira alrededor de las hermanas Nora (Renate Reinsve) y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), quienes deben enfrentar la muerte de su madre, además del incómodo reencuentro con su padre, el famoso cineasta Gustav Borg (Stellan Skarsgård), incómodo porque la relación entre los tres ha sido distante y transitoria desde el divorcio de los padres. Gustav usó el divorcio como excusa para mudarse a Suecia y para trabajar sin parar mientras sus hijas crecían en el hogar de su padre, una casa enorme y hermosa que guarda tantos secretos como memorias entre sus paredes, bajo sus suelos y dentro de cada habitación.

La casa funciona hasta como otro personaje más, ya que es testigo de varios momentos que marcan la vida de los protagonistas: el nacimiento de una abuela, la persecución de una tía a manos de los nazis, las discusiones entre los padres, el apoyo entre las hermanas, el velorio de la madre y, finalmente, el reencuentro con el padre. Gustav aparece con las mejores intenciones y le ofrece a Nora el papel de protagonista de su nueva película; la expectativa es grande, ya que Gustav no ha grabado una película en quince años, pero Nora se niego y Gustav le ofrece el papel a una famosa actriz estadounidense, Rachel Kemp (Elle Fanning). La película no es solo motivo de conflicto entre Gustav y Nora, sino que también lo es entre Gustav y Agnes, quien no está de acuerdo en que su hijo, Erik (Øyvind Hesjedal Loven), aparezca en una cinta de su padre, tal y como ella también lo había hecho cuando era pequeña.

Una de las cosas que más me gustó de Sentimental Value es la manera en que Joachim Trier retrata cómo un mismo evento puede marcar de manera muy diferente a dos personas. El abandono de su padre hizo que Nora se convirtiera en una mujer fría, cerrada, resentida y depresiva, una actriz que sufre de hasta ataques de pánico antes de subirse al escenario, mientras que Agnes tiene más fe en las personas, pudo formar una familia y el rencor hacia su padre es mucho menor que el de Nora. Gustav hace lo mejor que puede para recuperar la relación con sus hijas, pero ninguno de sus intentos funciona, ya que no se atreve a lidiar con el tema del abandono primero y trata de barrer todo debajo de la alfombra, casi como si nada hubiera pasado. Él cree que no hizo nada malo y que el divorcio era inevitable, mientras que para sus hijas, a pesar de que la casa sí sentía mucho más ligera una vez que Gustav se había ido, quedaron marcadas para siempre como cierta pared del lugar.

El final de la película llega como un sentimiento de alivio y de tranquilidad momentánea; tanto Nora como Agnes leen el guion de Gustav y consiguen hacer lo mismo que hacemos nosotros frente a la mayoría de las historias que vemos en pantalla: se reconocen frente a otros personajes, reconocen su historia y pueden darle una especie de cierre a la situación con su padre. Por supuesto que nada es perfecto y, la mayoría de las veces no recibimos aquellas disculpas que siempre hemos esperado, pero Nora y Agnes se tenían la una a la otra y aquello siempre les sirvió para seguir adelante. 

Sentimental Value está llena de emociones, de momentos incómodos, de risa incómoda y de discusiones que parecen no llegar a ninguna parte; después de ver tanta película que parece artificial, Sentimental Value sobresale entre varias como una película sobre la vida misma, una historia de llena de matices que me destruyó el corazón y que luego lo consoló con una mezcla entre los recuerdos de Nora y Agnes y los míos.

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Por el momento, estamos aquí: https://peliculasen365.blogspot.com/
¡Vuelvo el próximo año!

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Vivir en una de esas zonas desérticas estadounidenses debe ser una de las experiencias más aburridas de la vida; pareciera que no hay colores, que no existiera la entretención, que las distracciones sólo son para algunos y que las conversaciones se basan en trabajo, casa y trabajo. Aburridísimo. Sin embargo, es la realidad en la que conviven Henrietta (Saoirse Ronan) y Junior (Paul Mescal), un joven matrimonio estancado en una aburrida rutina.

Para entristecer todavía más el panorama, nos encontramos en el año 2065, en un contexto casi postapocalíptico en donde el agua es escasa y los efectos del cambio climático son evidentes, pero el gobierno ha estado desarrollando experimentos que permitirán la vida en el espacio. Junior es seleccionado al azar como uno de los participantes que podrá viajar y comprobar de primera fuente si es posible cambiar a toda la humanidad de planeta, por lo que al hogar llega Terrance (Aaron Pierre), un empleado del gobierno, a registrar pruebas y a observar la dinámica entre Junior y Henrietta.

Como si un viaje al espacio no fuese poco para alterar la ya incómoda rutina entre el matrimonio, Terrance les informa que una réplica de Junior acompañará a Henrietta durante la ausencia del marido para que ella no quede completamente sola en la Tierra. Las cosas comienzan a cambiar entre ellos; si en un principio podíamos notar que había cierta distancia, la idea del viaje y de pasar un año separados comienza a unirlos y aquella llama de los primeros años de matrimonio pareciera volver a encenderse.


Lamentablemente, no es mucho lo que puedan hacer en el desierto, durante la preparación para el viaje o con una historia a la que le falta emoción y acción. Más que un thriller de ciencia ficción, “Foe” parece un drama más sobre el distanciamiento de un matrimonio y la manera en que ambas partes conllevan el conflicto; en ese sentido, al menos las actuaciones de Paul Mescal y de Saoirse Ronan cumplen, pero la película se vuelve larga, lenta y tan apagada como el lugar en donde sus personajes viven. “Foe” no gira alrededor del fin del mundo ni de la verdad acerca del apocalipsis ni tampoco de la tecnología que podríamos tener dentro de cuatro décadas, nada de eso es importante para los personajes principales cuando lo único con lo que deben lidiar es con la crisis de su relación; no hay otros detalles interesantes más allá de un auto que se conduce solo y un par de naves por ahí.

Se supone, además, que la película tiene un plot twist cerca del final, pero todo el desarrollo hacia él se siente vacío y la gran revelación no tiene la emoción necesaria como para causar una impresión de esas que se quedan contigo hasta tiempo después de haber visto la película. Garth Davis, el director, consiguió emocionar más con su cinta anterior, “Lion”, y ya sé que esa historia es una que busca emocionar y sacar lágrimas, pero al menos tenía diálogos y situaciones más cautivantes.

Quizás “Foe” sea de esas películas que no le hacen justicia al libro o quizás haya que leer el libro primero, pero al menos consiguió capturar y traspasar esa atmósfera inerte, aburrida y silenciosa del mismo sector en donde sus personajes esperan seguir viviendo.
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La trama de un narcotraficante que desea comenzar su transición expresada a través de un musical sonaba interesante en un principio; después de todo, un poco más de representación transexual en los medios nunca estará de sobra, pero el desarrollo de “Emilia Pérez” deja bastante que desear. Tras unos primeros minutos en donde consigue llamar la atención, la película pronto comienza a decaer y a quedar en nada más que en una superficial historia hecha a medias.

Manitas del Monte (Karla Sofía Gascón) es un criminal mexicano que contrata a la abogada, Rita Mora Castro (Zoe Saldaña), para que ella le ayude a encontrar a un discreto doctor que practique su anhelada transición. ¿Por qué un narcotraficante de la talla de Manitas necesitaría una abogada? La película no lo explica, pero Rita acepta la oferta, ya que trabaja en una oficina en donde jamás encontrará oportunidades de crecer ni tampoco un mejor sueldo. Tiempo después, siendo ahora Emilia Pérez, la ex criminal crea una organización que ayuda a las familias de personas que han desaparecido por culpa del narcotráfico, personas que incluso desaparecieron por culpa de Manitas. 

Las temáticas de la película son, sin duda, temas bastante presentes tanto en México como en el resto de Latinoamérica, pero “Emilia Pérez” no supo reflejar la realidad de ninguno de sus temas. La película sólo toma estas situaciones casi como una excusa para presentar una historia floja, prejuiciosa e ignorante que no avanza, no emociona y no funciona.

Uno de los mayores problemas debe ser que el director, Jacques Audiard, es francés, que ninguna de las protagonistas es mexicana y que, durante producción, hubo muy pocos latinos involucrados. Al comienzo, le di el beneficio de la duda a Jacques Audiard sólo porque dirigió "Rust and Bone", una de mis películas favoritas de Marion Cotillard, pero él enseguida deja en evidencia lo poco y nada que sabe acerca de la cultura mexicana, por lo que “Emilia Pérez” pasa a ser otra película más que se basa en sólo ideas preconcebidas de cómo los europeos siempre nos han visto. En lugar de haber profundizado en temas como la transexualidad o la violencia, la película trata estos temas de manera superficial; cada escena se siente vacía y es incluso difícil empatizar con los personajes.


Tampoco ayuda el hecho de que cada canción parte de este musical es más aburrida que la anterior; las frases no riman, el ritmo se pierde y, al igual que varias de las escenas, las canciones no consiguen emocionar y sólo parecen un relleno adornado con una bonita fotografía alrededor. En cuanto a las actuaciones, las de Karla Sofía Gascón y de Zoe Saldaña son decentes, pero también bordean la vergüenza ajena en ocasiones. Sin embargo, la peor decisión de casting tiene que ser la de Selena Gómez; primero, es una decisión bastante cuestionable cuando todos sabemos que ella apenas habla español y que es una de los varios actores y cantantes estadounidenses que quieren sumarse a la moda que ahora significa ser latino. Más allá de que su personaje sea una norteamericana que acabó casada con Manitas y que su acento sea el de un gringo promedio, la molestia con Selena Gómez tiene que ver con la apropiación cultural de la que se aprovecha cada vez que quiere sacar a relucir su cuarto de origen latino sólo cuando le conviene; el resto del año, ella sigue siendo estadounidense, una que no se molesta en aprender ni siquiera el idioma de la cultura de la cual dice ser parte.

“Emilia Pérez” arrastraba cierta reputación desde su estreno en el festival de Cannes este año; la película ganó el Premio del Jurado y el premio a Mejor Actriz, el cual se repartió entre las tres protagonistas, un hecho que ya causaba bastante impresión, porque pocas veces esto ha sucedido. Junto con una ovación de nueve minutos luego de su estreno, parecía que "Emilia Pérez" era una película digna de ver, una representación de la cultura latina y una puerta para una actriz transexual... pero no.

Cada año que pasa me doy cuenta de que no se puede confiar en el aplausómetro de Cannes.
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La rivalidad entre Cicerón y Catilina en la antigua Roma fue parte de la inspiración que motivó a Francis Ford Coppola para realizar “Megalopolis”, película que se había convertido en su ambición y obsesión desde hace décadas. Coppola trató durante mucho tiempo encontrar a alguna productora que financiara su proyecto y ya que nadie quiso arriesgarse y confiar en él, el director decidió financiar la cinta por sí mismo, tomando las riendas de su pequeño sueño. Ahora que ya vi "Megalopolis", puedo entender por qué nadie quería perder plata con esta película.

Entiendo que los grandes directores quieran realizar la obra de sus sueños cuando por fin pueden o cuando por fin se sienten listos, pero creo todos podríamos haber seguido viviendo sin “Megalopolis”. A pesar de estar bajo la clara influencia de la estética romana tanto en su trama como en detalles en cuanto a los nombres o a la vestimenta de los personajes, detalles que podrían haberla transformado en una historia que apelara a la estética y al drama, la película deja bastante que desear luego de sólo pasar a ser un ascenso lento y gradual, para luego continuar desinflándose desde la media hora en adelante.

La trama gira en torno a la ciudad ficticia y futurista llamada Nueva Roma, la cual vendría siendo una visión moderna de Nueva York, en donde los rivales Cesar Catilina (Adam Driver) y Franklyn Cicero (Giancarlo Esposito) nunca pueden llegar a un acuerdo en cuanto al avance arquitectónico de la ciudad; mientras que el alcalde Cicero quiere desarrollar el crecimiento en base a casinos y al turismo, Catilina quiere construir una especie de paraíso gracias al megalón, un material de construcción creado por él y el cual le valió un premio Nobel. Para complicar más las cosas entre ellos, Julia (Nathalie Emmanuel), la única hija de Cicero, se involucra románticamente con Catilina y la ex amante del arquitecto, Wow Platinum (Aubrey Plaza) se entromete con el futuro financiero de su familia.


Esta fábula, como los créditos nos la presentan, pareciera no tener más intención que reforzar y sostenerse en grandes efectos especiales y en la vanidad de autor; la grandiosidad con la que quiso desarrollarse no queda en nada más que en un par de imágenes bonitas. Los protagonistas no tienen química, los diálogos quieren sonar irreverentes y filosóficos, pero suenan vacíos y aburridos; quizás la única que destaca, muy a mi pesar, es Aubrey Plaza, quien no tiene problemas para dejarse llevar alrededor de interacciones y lugares tan incómodos como extraños.

Es una lástima por actores como Adam Driver, Giancarlo Esposito o Kathryn Hunter, quienes son de esos actores que siempre consiguen lucirse hasta en las películas más aburridos; en "Megalopolis" cada talento se va hundiendo más y más tras cada escena, a pesar de cada intento de salvar esta película. De nada sirven sus actuaciones cuando la historia crece hasta llegar a nada, a un decepcionante final que, luego de los créditos, nos recuerda que Francis Ford Coppola le dedicó esta película a su reciente fallecido esposa. Entiendo que sea un gesto emotivo, pero ni siquiera ese detalle me consiguió emocionar.

Creo que “Megalopolis” estaba destinada al fracaso desde un principio. Primero, si no pudiste hacer una película en treinta años, ya sea debido al dinero o a la falta de apoyo económico, el mensaje es claro; segundo, a pesar de que ninguna película está libre de alguna polémica, "Megalopolis" se rodeó de dos bastante clichés. Sinceramente, a estas alturas, ¿quién puede seguir trabajando con Shia LaBeouf? Su nombre, más que atraer curiosidad, sólo genera desprecio, pero, ¿a quién queremos engañar? Hollywood trabajará con pedófilos y abusadores antes de contratar a otro actor que sí valga la pena. Y si hablamos de acoso, las acciones por parte de Coppola hacia varias de las actrices durante el rodaje tampoco ayudó a la causa. 

Pero, aun sin todas estas controversias, "Megalopolis" no habría podido salir a flote por sí misma; la vanidad y el ego de un director que nos dio un par de excelentes películas no son cualidades suficientes para crear otra buena película. Más que en los aspectos técnicos, lo mejor hubiese sido concentrarse en entregar una buena historia y unas buenas actuaciones antes de apostar todo el dinero en una farsa aburrida y pseudo filosófica.
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