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We'll always have Paris

 


Vivir en una de esas zonas desérticas estadounidenses debe ser una de las experiencias más aburridas de la vida; pareciera que no hay colores, que no existiera la entretención, que las distracciones sólo son para algunos y que las conversaciones se basan en trabajo, casa y trabajo. Aburridísimo. Sin embargo, es la realidad en la que conviven Henrietta (Saoirse Ronan) y Junior (Paul Mescal), un joven matrimonio estancado en una aburrida rutina.

Para entristecer todavía más el panorama, nos encontramos en el año 2065, en un contexto casi postapocalíptico en donde el agua es escasa y los efectos del cambio climático son evidentes, pero el gobierno ha estado desarrollando experimentos que permitirán la vida en el espacio. Junior es seleccionado al azar como uno de los participantes que podrá viajar y comprobar de primera fuente si es posible cambiar a toda la humanidad de planeta, por lo que al hogar llega Terrance (Aaron Pierre), un empleado del gobierno, a registrar pruebas y a observar la dinámica entre Junior y Henrietta.

Como si un viaje al espacio no fuese poco para alterar la ya incómoda rutina entre el matrimonio, Terrance les informa que una réplica de Junior acompañará a Henrietta durante la ausencia del marido para que ella no quede completamente sola en la Tierra. Las cosas comienzan a cambiar entre ellos; si en un principio podíamos notar que había cierta distancia, la idea del viaje y de pasar un año separados comienza a unirlos y aquella llama de los primeros años de matrimonio pareciera volver a encenderse.


Lamentablemente, no es mucho lo que puedan hacer en el desierto, durante la preparación para el viaje o con una historia a la que le falta emoción y acción. Más que un thriller de ciencia ficción, “Foe” parece un drama más sobre el distanciamiento de un matrimonio y la manera en que ambas partes conllevan el conflicto; en ese sentido, al menos las actuaciones de Paul Mescal y de Saoirse Ronan cumplen, pero la película se vuelve larga, lenta y tan apagada como el lugar en donde sus personajes viven. “Foe” no gira alrededor del fin del mundo ni de la verdad acerca del apocalipsis ni tampoco de la tecnología que podríamos tener dentro de cuatro décadas, nada de eso es importante para los personajes principales cuando lo único con lo que deben lidiar es con la crisis de su relación; no hay otros detalles interesantes más allá de un auto que se conduce solo y un par de naves por ahí.

Se supone, además, que la película tiene un plot twist cerca del final, pero todo el desarrollo hacia él se siente vacío y la gran revelación no tiene la emoción necesaria como para causar una impresión de esas que se quedan contigo hasta tiempo después de haber visto la película. Garth Davis, el director, consiguió emocionar más con su cinta anterior, “Lion”, y ya sé que esa historia es una que busca emocionar y sacar lágrimas, pero al menos tenía diálogos y situaciones más cautivantes.

Quizás “Foe” sea de esas películas que no le hacen justicia al libro o quizás haya que leer el libro primero, pero al menos consiguió capturar y traspasar esa atmósfera inerte, aburrida y silenciosa del mismo sector en donde sus personajes esperan seguir viviendo.
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La rivalidad entre Cicerón y Catilina en la antigua Roma fue parte de la inspiración que motivó a Francis Ford Coppola para realizar “Megalopolis”, película que se había convertido en su ambición y obsesión desde hace décadas. Coppola trató durante mucho tiempo encontrar a alguna productora que financiara su proyecto y ya que nadie quiso arriesgarse y confiar en él, el director decidió financiar la cinta por sí mismo, tomando las riendas de su pequeño sueño. Ahora que ya vi "Megalopolis", puedo entender por qué nadie quería perder plata con esta película.

Entiendo que los grandes directores quieran realizar la obra de sus sueños cuando por fin pueden o cuando por fin se sienten listos, pero creo todos podríamos haber seguido viviendo sin “Megalopolis”. A pesar de estar bajo la clara influencia de la estética romana tanto en su trama como en detalles en cuanto a los nombres o a la vestimenta de los personajes, detalles que podrían haberla transformado en una historia que apelara a la estética y al drama, la película deja bastante que desear luego de sólo pasar a ser un ascenso lento y gradual, para luego continuar desinflándose desde la media hora en adelante.

La trama gira en torno a la ciudad ficticia y futurista llamada Nueva Roma, la cual vendría siendo una visión moderna de Nueva York, en donde los rivales Cesar Catilina (Adam Driver) y Franklyn Cicero (Giancarlo Esposito) nunca pueden llegar a un acuerdo en cuanto al avance arquitectónico de la ciudad; mientras que el alcalde Cicero quiere desarrollar el crecimiento en base a casinos y al turismo, Catilina quiere construir una especie de paraíso gracias al megalón, un material de construcción creado por él y el cual le valió un premio Nobel. Para complicar más las cosas entre ellos, Julia (Nathalie Emmanuel), la única hija de Cicero, se involucra románticamente con Catilina y la ex amante del arquitecto, Wow Platinum (Aubrey Plaza) se entromete con el futuro financiero de su familia.


Esta fábula, como los créditos nos la presentan, pareciera no tener más intención que reforzar y sostenerse en grandes efectos especiales y en la vanidad de autor; la grandiosidad con la que quiso desarrollarse no queda en nada más que en un par de imágenes bonitas. Los protagonistas no tienen química, los diálogos quieren sonar irreverentes y filosóficos, pero suenan vacíos y aburridos; quizás la única que destaca, muy a mi pesar, es Aubrey Plaza, quien no tiene problemas para dejarse llevar alrededor de interacciones y lugares tan incómodos como extraños.

Es una lástima por actores como Adam Driver, Giancarlo Esposito o Kathryn Hunter, quienes son de esos actores que siempre consiguen lucirse hasta en las películas más aburridos; en "Megalopolis" cada talento se va hundiendo más y más tras cada escena, a pesar de cada intento de salvar esta película. De nada sirven sus actuaciones cuando la historia crece hasta llegar a nada, a un decepcionante final que, luego de los créditos, nos recuerda que Francis Ford Coppola le dedicó esta película a su reciente fallecido esposa. Entiendo que sea un gesto emotivo, pero ni siquiera ese detalle me consiguió emocionar.

Creo que “Megalopolis” estaba destinada al fracaso desde un principio. Primero, si no pudiste hacer una película en treinta años, ya sea debido al dinero o a la falta de apoyo económico, el mensaje es claro; segundo, a pesar de que ninguna película está libre de alguna polémica, "Megalopolis" se rodeó de dos bastante clichés. Sinceramente, a estas alturas, ¿quién puede seguir trabajando con Shia LaBeouf? Su nombre, más que atraer curiosidad, sólo genera desprecio, pero, ¿a quién queremos engañar? Hollywood trabajará con pedófilos y abusadores antes de contratar a otro actor que sí valga la pena. Y si hablamos de acoso, las acciones por parte de Coppola hacia varias de las actrices durante el rodaje tampoco ayudó a la causa. 

Pero, aun sin todas estas controversias, "Megalopolis" no habría podido salir a flote por sí misma; la vanidad y el ego de un director que nos dio un par de excelentes películas no son cualidades suficientes para crear otra buena película. Más que en los aspectos técnicos, lo mejor hubiese sido concentrarse en entregar una buena historia y unas buenas actuaciones antes de apostar todo el dinero en una farsa aburrida y pseudo filosófica.
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El final de la década de los setenta significó un gran caos en la sociedad estadounidense: guerra en Vietnam, violencia en las calles, cultos satánicos al alza tras el caso de Charles Manson y más, situaciones que mantenían al público tanto en alerta como pegados a la pantalla de la televisión. Era el escenario ideal para transmitir todas esas cosas que la gente temía, pero que, al mismo tiempo, despertaban el morbo general. Comprensible; esto sigue sucediendo hasta el día de hoy.

El programa “Night Owls with Jack Delroy” es uno más de los talk shows que no puede competir en sintonía con el ya clásico “The Tonight Show Starring Johnny Carson”; por más que también cuente con un carismático animador y por más que transmita historias raras e interesantes, el programa no puede ganar nunca cuando se trata de ratings. Quien carga con todo el peso de este problema es Jack Delroy (David Dastmalchian), el encantador presentador del programa, quien recientemente ha quedado viudo y la prensa, en lugar de darle espacio, continúa tratando de exponer la conexión de Jack con un grupo ultra secreto llamado The Grove, grupo que también cuenta con políticos y figuras de renombre dentro de sus integrantes.

Tras la muerte de su esposa, Jack regresa recargado a su programa y decide hacer un especial de Halloween, en donde reúne a distintos invitados especiales. Primero, tenemos a Christou (Fayssal Bazzi), un médium que habla con los espíritus del más allá; también asiste Carmichael Haig (Ian Bliss), un mago e hipnotista que, sorpresivamente, es un escéptico en busca de exponer a todos esos personajes que considera unos simples farsantes. Pero el número principal es la presencia de la doctora June Ross-Mitchell (Laura Gordon) y su sujeto de estudio, Lilly (Ingrid Torelli), una niña de once años que fue rescatada de un culto satánico liderado por un tal Szandor D'Abo (Steve Mouzakis), el cual había sido la mente tras un terrible suicidio en masa.

El ambiente en el programa al principio es de diversión y de curiosidad, pero tras ciertos incidentes con Christou, la tensión comienza a formarse. Luego, con la presentación de Lilly y el misterio tras la posesión de su cuerpo a manos de un demonio, el ambiente cambia dramáticamente y una ola de miedo y de suspenso atrapa tanto a los espectadores como a quienes dirigen el programa. La presencia de Lilly es adorable, incómoda e impredecible y la muestra que la doctora June realiza se convierte en el momento que tanto Jack como sus productores esperaban: un aumento en la sintonía. Sin siquiera sospechar de las fuerzas oscuras con las que están jugando, los hombres deciden continuar con el programa a pesar del peligro del que June les advierte.


“Late Night with the Devil” comienza como una especie de documental sobre la carrera de Jack Delroy para luego mostrar el capítulo prohibido de su programa como la cinta que pudo rescatarse hoy en día; es, básicamente, como si estuviéramos viendo un documental más de aquella oscura época en donde lo desconocido era lo más temido. Parece tan real que es imposible no involucrarse de inmediato en la trama y sentir que la película dura apenas media hora; el hecho de que esté presentada de aquella manera me atrapó desde el principio, sintiendo que era una especie de aire fresco entre tanta película de terror tan parecida a la otra.

La tensión también es increíble, pero no deberíamos esperar aquellos sustos baratos que pretenden ser la mejor parte de una película de terror, sino más bien “Late Night with the Devil” escoge ese suspenso que recuerda la analogía de la bomba escondida bajo la mesa que explicaba Alfred Hitchcock, pero en lugar de una bomba, acá podemos tener una daga, una niña o hasta un reloj para hipnotizar hasta al más escéptico. Yo creí en todo lo que “Late Night with the Devil” me contaba y la experiencia de ver esta película fue una que hace tiempo no tenía con una del género.

Todo por el rating es una premisa que continúa siendo parte de la televisión hasta el día de hoy; si no está presente en programas como “Night Owls with Jack Delroy”, está más que presente en cada noticiario de cada canal existente. No sería bueno que pasara lo mismo que pasa durante las escenas finales de “Late Night with the Devil”, pero un buen susto no le haría nada de mal a varios de esos productores.
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Continuando con lo había quedado pendiente hace tres años, Denis Villeneuve ya estrenó “Dune: Part Two”, la continuación de la saga escrita por Frank Herbert y cuyo estreno se vio retrasado debido a la justificada huelga de actores durante 2023. Personalmente, el retraso no me preocupó demasiado, pero sí estaba ansiosa por ver si esta segunda entrega podría provocar algo de emoción en mí, detalle que ni su predecesora ni la versión de David Lynch lo han podido conseguir.

“Dune: Part Two” retoma la historia que concluye en la primera parte, mostrándonos ahora cómo Paul Atreides (Timothée Chalamet) y Lady Jessica (Rebecca Ferguson) se las arreglan para sobrevivir en la inmensidad del desierto tras haber sido ayudados por los Fremen; la mitad de ellos no está a gusto con la idea de convivir con un par de extranjeros, mientras que la otra mitad mantiene sus esperanzas en la figura de Lisan al Gaib, una especie de mesías que los salvará de toda injusticia. Chani (Zendaya) no cree en aquella profecía, pero sí cree en Paul, por lo que se convertirá en su mayor aliada durante su entrenamiento en el desierto.

Al mismo tiempo, el planeta Arrakis es ahora manejado por los Harkonnen, aquel grupo de hombres siniestros que conspiraron para acabar con la dinastía Atreides; mientras el barón Vladimir Harkonnen (Stellan Skarsgård) continúa al mando, la amenazante presencia de su sobrino, Feyd-Rautha (Austin Butler), es temida por todo el universo, incluyendo por el emperador Shaddam IV (Christopher Walken) y su hija, Irulan (Florence Pugh). Quienes no temen de nada continúan siendo las Bene Gesserit, grupo que, gracias a sus poderes y conspiraciones, planean manipular a Feyd-Rautha a través de Lady Margot Fenring (Léa Seydoux).



Tras el entrenamiento de Paul y el ascenso de Lady Jessica al estatus de Reverenda Madre, la guerra entre ambos bandos es inevitable. Gracias a la técnica de Denis Villeneuve y de su cinematógrafo, Greig Fraser, “Dune: Part Two” no decepciona en cuanto a estética se trata, pero la primera entrega me sigue pareciendo mucho más visualmente hermosa. También quiero destacar que, a diferencia de aquella primera parte, esta continuación se siente mucho más cargada de cosas que van pasando, no necesariamente de más acción o de más emoción, pero sí pasan cosas y no son sólo diálogos de lo que va a pasar. 

Luego de una primera hora de película, la cual se concentra en el entrenamiento de Paul, la historia se vuelve mucho más rápida y más interesante, pero el sobre dramatismo de los diálogos continúa tan presente como siempre. Quizás sea algo presente en los libros también y siempre me culpo de no haberlos leído todavía, pero si vamos a hacer una versión cinematográfica, podríamos darle un poco más de emoción.

Las actuaciones, eso sí, no decepcionan. Rebecca Ferguson es tan intimidante como perfecta en su papel de Lady Jessica, Austin Butler se prueba a sí mismo que puede hacer mucho más dejando la voz de Elvis atrás, mientras que a Zendaya ahora sí se le permite lucirse con su interpretación de Chani; si bien la mayoría de los personajes parecen ser seres fríos e inanimados, Chani al menos pareciera ser el corazón de esta historia. Ya que se ha dado pie para una tercera parte, espero también ver más de Florence Pugh en una próxima entrega, pero sobre todo del personaje de Léa Seydoux, quien encaja muy bien dentro de todo este elenco.

A pesar de no haber provocado mucho en mí, “Dune: Part Two” es una clara mejora en cuanto a entretención de trata, pero no una mejor entrega que su predecesora; ambas están a un mismo nivel. Espero que, para un próximo estreno, quizás dentro de dos o tres años, mis expectativas ya sean completamente inexistentes. Y espero haber leído los libros también.
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La experiencia de haber visto “Elvis” el año pasado todavía me deja un sabor extraño en la boca; insisto en la idea de que la película quiso elevar su imagen y limpiarla fácilmente, pero su efecto fue todo lo contrario. Mientras más aprendo acerca de la figura de Elvis Presley, más me incomoda su vida personal y su acercamiento a la industria de la música, pero con tanta cinta, comentario o documentales endiosando su imagen, dejando de lado las controversias, una película como “Priscilla” llegó casi en el momento preciso.

Más allá de necesitarla para conocer el otro lado de la personalidad de Elvis, la necesitábamos porque nunca estará de más escuchar la versión de la propia Priscilla Presley acerca de sus años junto al músico; la diferencia de edad entre ambos o el abandono de la joven en la mansión de Graceland siempre fueron tratados como curiosidades o simple trivia pasajera ya parte de la cultura popular y no como los complejos temas que debieron ser incluso en aquella época más conservadora. Gracias al trabajo de Sofia Coppola, al fin pudimos tener la versión de Priscilla en pantalla grande.

Basándose en la autobiografía que Priscilla escribió en 1985, “Elvis and Me”, la película nos cuenta la historia de una joven e ingenua niña llamada Priscilla Beaulieu (Cailee Spaeny) que pasaba los días como una estudiante en una base estadounidense en Alemania mientras su padre se encontraba sirviendo en aquel país. Con apenas catorce años, Priscilla es invitada a la residencia de Elvis Presley (Jacob Elordi), quien no disimula su atracción por la adolescente a pesar de ser diez años mayor que ella. Aun cuando sus padres demuestran algo de desconfianza, Priscilla continúa siendo invitada a las fiestas de Elvis y, cuando cumple diecisiete años, el músico la lleva a vivir a Graceland.

Siempre fue incómodo darse cuenta de la diferencia de edad entre ambos, pero ver aquella diferencia plasmada en cada escena es perturbador; incluso la diferencia de estatura entre ambos actores principales ayuda a resaltar aquel detalle, por lo que no creo haya sido algo elegido a la ligera. Elvis inscribe a Priscilla en un colegio para que termine su último año de secundaria, le aconseja qué colores usar, de qué manera maquillarse y también le da pastillas para mantenerse despierta en clases o para poder dormir luego de un intenso día en casa. La adolescente Priscilla ni siquiera cuestiona estas actitudes, las cuales sabemos perfectamente que pertenecen a la guía básica de un manipulador en cuestión, pero para ella son simplemente cualidades que forman parte de la personalidad de su novio.

A través de escenarios suaves y pasteles, Sofia Coppola crea un contraste entre la inocencia de Priscilla y el abuso de Elvis; el dormitorio completamente rosado de una adolescente, su delicada voz que nunca se altera, su caligrafía infantil y su ingenuidad no van de la mano con la manipulación, los gritos, los engaños y los trasnoches a los que estuvo expuesta, detalles que siempre aparecen para recordarnos la dinámica que había en la pareja. Si la ya conocida diferencia de edad incomodaba, la mayoría de las escenas en “Priscilla” aumenta aquella incomodidad como debió haber sido en épocas anteriores.

El mérito no es sólo de Sofia Coppola, ya que gran parte de lo que consigue que la película funcione son las actuaciones de Cailee Spaeny y de Jacob Elordi. Cailee lleva todo el peso de la cinta sobre sus hombros, pero lo hace con una gracia, delicadeza y fuerza necesaria como para brillar por sí misma; por otro lado, se agradece que Elordi no haya caído en aquellas interpretaciones método que bordean la ridiculez como lo hizo su más cercano antecesor, Austin Butler, quien, con un acento estadounidense sureño y un tono de voz diez veces menor al propio, provocó mucha más vergüenza ajena que admiración. Elordi admitió que sólo sabía de Elvis Presley porque vio “Lilo & Stich” y con eso fue suficiente.

Como buena película biográfica, “Priscilla” no ha estado exenta de polémicas y una de ellas está relacionada con la propia hija de Priscilla y Elvis, Lisa Marie, a quien le parecía que el guión sólo retrataba a su padre como un depredador y un manipulador y que la perspectiva de la historia sólo era una vengativa y despectiva. Imagino que la mayoría de los fanáticos de Elvis pensarán de la misma manera, pero se les olvida que no tienen nada de qué preocuparse; por más que se intente “dañar” la imagen de alguno de los ídolos clásicos de la música o de actores reconocidos, estos intentos son pasajeros y sus reputaciones vuelven a quedar tan intactas como siempre.

A pesar de aquello, películas como “Priscilla” siguen siendo necesarias; podemos entender un punto de vista que no habíamos visto antes y, lamentablemente, debemos recordar que relaciones como a la que Priscilla estuvo expuesta se dan en todos los ámbitos y en todas las épocas. Ahora está en nosotros, como sociedad, evitar que estas historias sigan ocurriendo y poder al fin sentir aquella especie de libertad y de alivio con la que “Priscilla” prefiere cerrar.
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En aquella época en donde las películas de terror estaban completamente prohibidas en casa, tuve un par de oportunidades de salirme con la mía. Pude ver un par de slashers, sobre todo “Scream”, sólo porque esta saga compartía a Courteney Cox con “Friends”, serie que veíamos todos los días; además de “The Exorcist”, esa versión sin censura que se estrenó por allá en 2001, también pude disfrutar de una película llamada “Thirteen Ghosts” que sólo daban durante la madrugada de los fines de semana.

Dirigida por Steve Beck, la película nos mostraba el nuevo hogar que la familia Kriticos heredaba tras la muerte de un misterioso pariente, quien estaba obsesionado con todo lo relacionado a lo paranormal; estaba tan obsesionado que uno de sus pasatiempos era coleccionar fantasmas. Con la ayuda de unos visores especiales, los protagonistas podían ver a los trece fantasmas que convivían en aquel hogar, uno más terrorífico que el siguiente. Además de los efectos especiales que destacaban en cada fantasma, recuerdo que me gustaban mucho también sus historias y las razones de sus violentos decesos. Aparecían casi de la nada a través de las distintas paredes de vidrio y estaban dispuestos a lo peor; por supuesto que veía la película tan fascinada como aterrorizada.

Siempre pensé que la trama de “Thirteen Ghosts” era una idea muy original, pero no fue hasta hace unos días que me enteré que la película es, en realidad, un remake de la cinta de 1960, dirigida por William Castle. Tal y como sucede con muy pocos remakes, de hecho, la versión de 2001 es una versión elevada de la original, ya que se tomó la libertad de modificar la trama, mejorar los efectos especiales y provocar terror gracias a esas técnicas que, a estas alturas del juego, podemos reconocer en la mayoría de las películas de este género.

Si la versión de 2001 contaba la historia de un viudo y sus dos hijos, la versión de 1960 nos muestra a una perfecta e ideal familia estadounidense, digna de un capítulo de The Donna Reed Show. El clan Zorba está compuesto por Cyrus (Donald Woods) y Hilda (Rosemary DeCamp), los padres, además de sus dos hijos, Medea (Jo Morrow) y Buck (Charles Herbert); la familia está pasando por un pésimo momento económico, por lo que aceptan de inmediato el hogar que acaban de heredar tras la muerte de un tío de Cyrus; el abogado a cargo de entregar la herencia no les esconde el hecho de que la casa está embrujada, pero, como buena familia estadounidense, los Zorba se mudan de inmediato e inauguran su estadía con un pequeño juego de ouija.

Tal y como el abogado les advirtió de la presencia de trece fantasmas que deambulan por toda la casa, la película comienza con una advertencia por parte del mismo director de la cinta de que estamos a punto de entrar a un mundo perturbador, muy al estilo de Alfred Hitchcock Presents. William Castle insiste en la idea de utilizar unos lentes que tienen un filtro rojo y otro azul apenas la pantalla cambie del clásico blanco y negro y lamenté no tener unos lentes 3D para poder disfrutar las escenas venideras, pero las restauraciones modernas de la película no los necesitan, por suerte. En ciertas escenas que podemos reconocer como claves, la pantalla cambia de color y los fantasmas aparecen con un intenso color rojo, el cual contrasta de manera perfecta con el color azul de fondo; sólo puedo imaginar la fascinación que se debió sentir ver esta técnica en aquella época y envidio la suerte de algunos, sobre todo cuando mi primera experiencia con lentes 3D fue una película de Marvel que no vale la pena mencionar.

Además de los increíbles efectos de “Thirteen Ghosts”, otro detalle que sobresale increíblemente es la participación de Margaret Hamilton como Elaine Zacharides, la ama de llaves que rehúsa dejar el hogar en donde trabajo durante décadas; los niños bromean y la tratan de bruja, pero Elaine se convertirá en un personaje clave para el entendimiento de los fantasmas y la resolución del conflicto, dándonos incluso un pequeño easter egg al tomar una escoba y sonreír disimuladamente a la cámara. La Malvada Bruja del Oeste estuvo de vuelta al menos por unos minutos.

No sé si ahora pudiera elegir entre una versión u otra, ya que ambas películas tienen elementos rescatables. Por una parte, la cinta de 1960 cuenta con aquella vibra escalofriante del cine de terror en blanco y negro, así como también con efectos que debieron ser todo un logro para la época, pero el remake de 2001 elevó estos efectos de una manera distinta, también acorde al cine de terror de la época, uno más gore y más gráfico que el de la década de los sesenta. La versión de 2001 también dedicó más tiempo a desarrollar un trasfondo para cada uno de los fantasmas, quienes tenían historias tan definidas que cualquiera de ellos podría ser la razón de un spin-off o una serie limitada de cualquier servicio de streaming.

Si es que algún día la huelga de actores y guionistas se resolviera, me encantaría ser ilusionada con una versión de "Thirteen Ghosts" al estilo de "The Haunting of Hill House".
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