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We'll always have Paris

 


El cine de Kelly Reichardt se mueve a un paso muy diferente del resto de las películas de hoy en día; me quedó más que claro con Certain Women, película en donde sus historias principales son historias calmadas, silenciosas, que muestran un lado de la vida que muchas veces ignoramos, porque no es el lado agradable con el que queramos lidiar. 

En The Mastermind, Reichardt retoma ese ritmo para contar una historia sobre robos de arte y, de manera más profunda, una historia sobre la frustración y el fracaso durante la época de los setenta en Estados Unidos. JB Mooney (Josh O’Connor) es un hombre casado y desempleado que planifica el robo de tres cuadros del pintor Arthur Dove en un museo de Massachusetts; no lo hace por dinero, ya que viene de una familia acomodada, sino que lo hace más por un tema de orgullo, tratando de probar que su vida es mucho más que la monótona rutina en la que se ha convertido y que su persona vale mucho más de lo que su padre cree.

Más allá de ser una película sobre un robo perfectamente planificado, al estilo de otras películas como Ocean’s Eleven o Inside Man, Reichardt desarrolla la historia alrededor de las consecuencias del robo; desde el principio, las cosas se complican para JB, pero gracias a su privilegio, es capaz de evadir cosas que sus compañeros de robo no pueden. JB no va a la cárcel, pero puede esconderse; JB no enfrenta un juicio, sino que enfrenta la realidad de su fracaso y la frustración que conlleva no haber logrado el único propósito que tenía. No podemos esperar que The Mastermind se transforme en un thriller lleno de acción o de misterio, pero sí podemos esperar una historia que solo gire alrededor de su personaje principal.

Durante un contexto en el que la guerra de Vietnam está fuertemente presente, podemos ver imágenes en las calles o escuchar noticias en la televisión, el personaje de JB puede darse el lujo de ignorar la realidad, utilizar su privilegio para escapar de sus responsabilidades y rebelarse contra la aburrida vida de la clase media. Reichardt explicó que quiso retratar también la idea de poder separarse de lo que está pasando alrededor; JB puede, demostrando su egoísmo e individualismo al mismo tiempo. Puede ser una historia de hace más de treinta años, pero personajes como el de JB existen hasta el día de hoy.
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Con las últimas noticias de una nueva adaptación de La Casa de los Espíritus, me acordé de otra novela latinoamericana que también había tenido una adaptación durante los años noventa, quizás con mayor éxito y mejor recepción. También pensaba que estaba corriendo un riesgo: bajo la mirada de esta época, la versión de La Casa de los Espíritus, dirigida por Bille August, no es más que una pobre apropiación cultural llena de actores gringos fingiendo ser chilenos cuando apenas podía pronunciar nombres como Esteban o Clara; al menos Como agua para chocolate tuvo mejor suerte.

Mucha de esa suerte recayó en que la propia escritora de la novela, Laura Esquivel, estuvo a cargo del guión de la película, dirigida por su marido Alfonso Arau; la producción quedó en manos mexicanas, por lo que la adaptación resalta todos los aspectos del realismo mágico que aparece en la obra y se mantiene bastante fiel al libro. Como agua para chocolate comienza con la narración de Lucía Brown (Arcelia Ramírez), quien nos contará sobre las desventuras de su familia durante la época de la revolución mexicana.

Doña Elena (Regina Torné) era la estricta y fría jefa del hogar, quien manejaba su casona junto a la ayuda de sus tres hijas: Rosaura (Yareli Arizmendi), Gertrudis (Claudette Maillé) y Tita (Lumi Cavazos). Siendo la hija menor, Tita está obligada a cuidar de su madre hasta que ella muriera, por lo que su amor con Pedro (Marco Leonardi) es imposible; él no se resigna, pero no se le ocurre nada mejor que casarse con Rosaura solo para estar cerca de Tita. Ambos enamorados viven de roces, miradas y de comidas preparadas con toques de su amor prohibido, comidas que provocan de todo en las personas que las prueban: si Tita cocina con tristeza, su comida cae mal, pero si Tita cocina con amor, su comida es capaz de llevar a Gertrudis a una gran revolución sexual que obliga a su madre a casi desheredarla.

El realismo mágico se hace presente en cada receta del personaje principal y en las consecuencias que sufren los demás, mientras que la realidad para Tita se vuelve cada vez más cruel e injusta. Al mismo tiempo, Como agua para chocolate se siente una adaptación fidedigna, ya que transmite varios aspectos de tradiciones mexicanas y latinas de la manera correcta, haciendo imposible no sentir nostalgia de ciertos olores, sabores o hasta rincones de alguna casa familiar. Esos detalles me llegaron mucho más que la historia romántica, el tema principal de la película, pero creo que se debe a cosas como el doblaje que necesitó el actor italiano más que a un tema de desarrollo.

Por suerte, para más desarrollo, Como agua para chocolate también tiene su merecida adaptación en formato de serie.

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Siendo sincera, siempre confundí el título de I’m Thinking of Ending Things con el de la película anterior, Sometimes I Think About Dying; ambos podrían referirse hasta sobre el mismo tema si no sabemos el trasfondo de cada película, pero, a pesar de la similitud, las dos son muy diferentes entre sí. Mientras Sometimes I Think About Dying se trata de la soledad de la protagonista, I’m Thinking of Ending Things es más bien un análisis surrealista sobre problemas de pareja.

La película gira en torno a una joven (Jessie Buckley) que decide viajar a conocer a los padres de su novio, Jake (Jesse Plemons), a pesar de que está pensando en terminar su relación con él. Durante el viaje, escuchamos el monólogo interno de la protagonista: a pesar de que siempre es interrumpido por Jake, de todas maneras, podemos observar la dinámica de la pareja; no se trata de una relación tóxica ni de una complicada, se trata solo de que la protagonista se siente completamente aburrida e insatisfecha con la presencia de Jake.

Una vez que los protagonistas llegan a la casa de los padres de Jake, las cosas se van poniendo bastante intensas e incómodas y la realidad se va mezclando con la fantasía, muy al estilo de su director, Charlie Kaufman. La trama principal se va mezclando con escenas sobre un conserje, con personajes envejeciendo cada vez más, con cambios de nombre de Lucy a Louisa y también con cambios a la historia de cómo los protagonistas se conocieron. Entiendo que este elemento sea la técnica de Kaufman, pero su estilo no es para mí.

El año pasado, vi Synecdoche, New York y, a pesar de que todo partió bien, desde la mitad de la película en adelante mi interés murió y terminar la cinta se convirtió en un trámite; solo las actuaciones te pueden ayudar a alivianar la carga, pero una película no puede sobrevivir solamente gracias a ese recurso. Lo mismo pasó ahora con I’m Thinking of Ending Things: comienza muy bien, luego todo se convierte en una confusión muy aburrida y las actuaciones la mantienen a penas a flote.
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Hay una escena en True Romance en la que Alabama y Clarence van a comer pie después de haber visto una película en el cine. Metas. Y cuando estaba viendo Sometimes I Think About Dying no pude evitar pensar en aquella escena cuando los personajes de Fran (Daisy Ridley) y Robert (Dave Merheje) hacen lo mismo después de lo que parece ser una primera cita. Por supuesto, el contexto es diferente: Alabama y Clarence vivían rodeados de crimen, mientras que Fran y Robert son dos compañeros de oficina en un trabajo muy normal y aburrido.

Sometimes I Think About Dying, dirigida por Rachel Lambert, nos muestra una ciudad gris y fría en donde Fran vive tranquilamente; de inmediato podemos ver que es una joven solitaria, tranquila y apegada a la rutina de su trabajo y de su tiempo libre, uno en donde disfruta de comer queso cottage y jugar sudoku, pero también aprendemos que a Fran le gusta perderse en sus pensamientos y en sus ideas sobre la muerte. Más que imaginar eventos trágicos, Fran solo se imagina ya fallecida en distintos contextos o situaciones que podrían llevarla a la muerte, siendo uno de sus favoritas la imagen de la grúa que está frente a una de las ventanas de su trabajo.

La rutina de Fran es interrumpida cuando aparece Robert, un nuevo compañero de trabajo que brilla por sus habilidades sociales y por su amor por el cine. No hay más fácil que hacer amigos a través de las películas. Gracias al personaje de Robert, vamos aprendiendo más de Fran, ya que la película, hasta ese momento, no nos muestra mucho más allá de su personalidad, pero es exactamente porque Fran es así: le cuesta abrirse con los demás, y hablar de su vida o de sus sentimientos. No es que sea completamente asocial, ya que sus compañeros de trabajo no la consideran ni rara ni mal educada; no es que ella esté incómoda junto a su soledad, pero sí se nota un dejo de insatisfacción frente a su vida en el que tampoco podremos indagar, porque ni la película ni Fran nos contarán.

Alrededor de la tristeza que puede embargar a Fran y alrededor del ambiente gris del lugar, Sometimes I Think About Dying se las arregla para también mostrar una calidez tanto en las interacciones de sus personajes como en la idea de una realidad más esperanzadora para la protagonista. Pensé que me encontraría con una historia mucho más melancólica o depresiva según lo que sugería su título, pero Sometimes I Think About Dying es una película adorable que habla de lo difícil que puede ser vulnerable, pero también de lo reconfortante que es encontrar a otras personas.

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Hay una escena en Looking for Mr. Goodbar en la que el personaje de Theresa Dunn, interpretado por Diane Keaton, va a un bar, pide una copa de vino, prende un cigarro y se pone a leer El Padrino. Ahí iba una distinta, pero aquel easter egg solo podía verse así de genial de la mano de Diane Keaton: totalmente natural, chic, interesante y hermosa. Metas. 

Aquella era una de las rutinas con las que Theresa disfrutaba de su vida en la gran ciudad durante los años setenta, una época de exploración y revolución sexual, decorada con drogas y mucha música disco. Basada en el libro del mismo nombre, escrito por Judith Rossner, Looking for Mr. Goodbar muestra las experiencias de la joven Theresa mientras comienza su vida de manera independiente. Durante el día, Theresa es profesora de niños sordos, una profesora empática y dulce, mientras que, por las noches, disfruta de nuevas aventuras con distintos hombres en distintos entornos. Theresa es uno de esos personajes complejos que tienen varios matices, uno que era difícil de encontrar en aquella época en donde las mujeres solo podrían interpretar madres o prostitutas, todo blanco y negro, nada en el medio.

Para su padre, Theresa era un caso perdido; para sus alumnos, Theresa era una profesora amable y preocupada; para los hombres con los que salía, Theresa era otra aventura más y, para ella misma, Theresa era una mujer más, sobreviviendo el día a día y disfrutando de su independencia y juventud. Diane Keaton interpreta cada capa del personaje de manera genuina y hasta aspiracional, a pesar de que la historia castiga a su protagonista, pero eso se debe al contexto en el que se da la historia: si una mujer era demasiado libre, era un mal ejemplo y había que restringirla de alguna manera para que las niñas no siguieran aquel camino de perdición. Theresa había crecido como una de esas niñas, pero se rebeló desde siempre, desde que estuvo en contra de los regaños de su padre hasta los arrebatos del último hombre al que conoció.

Theresa Dunn es un personaje increíble y que, por suerte, Diane Keaton encontró y convirtió en una prueba más de su gran talento y de que, en la década de los setenta, su trabajo fue mucho más que The Godfather u otras películas con el innombrable.

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Catalina.
Basada en hechos reales.

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