Alice (1990)

by - sábado, noviembre 01, 2014

 


El personaje de Alice representa muchas de las cosas que me gustaría tener, pero, al mismo tiempo, es una de esas personas que siempre trato de evitar. 

Alice Smith (Mia Farrow) es una ama de casa que vive llena de lujos gracias al trabajo de su marido, Doug Tate (William Hurt); llevan quince años casados, tienen dos hijos y son ese clásico matrimonio que parece perfecto cuando, en realidad, ambos viven bastante amargados. Cierto día y, luego de varios dolores musculares, Alice decide visitar a un curandero japonés que todas sus amigas le han recomendado. Se trata del doctor Yang (Keye Luke), un hombre que trabaja con medicina alternativa y de quien Alice desconfía en un principio, pero, debido a que quiere intentar cosas nuevas, se atreve a probar ciertas hierbas. 

Uno de los primeros cambios se ve en su personalidad: puede coquetearle a Joe Ruffalo (Joe Mantegna) , el padre de una compañera de colegio de sus hijos, y puede estar a punto de revelarle ciertas intenciones que, como mujer católica casada, Alice jamás habría dicho. Otro de los efectos (y el más divertido, porque es el detalle fantasía que le da el toque Woody Allen) es que Alice puede ser invisible durante cierto tiempo. Es de esa manera que se entera de un par de secretos, tanto de Joe como de su propio marido. Y, junto con toda esta crisis amorosa que sorprende incluso a la misma Alice, ella también va sufriendo una crisis personal: se aleja de su hermana, la vida llena de lujos ya no la hace feliz, quiere inculcarles mejores valores a sus hijos y también intenta ser escritora, pero las cosas no le resultan siempre a su favor. 

Más de alguna vez he sufrido una crisis de identidad, ya sea por distintas razones o por razones muy parecidas a las de Alice Tate; no habría imaginado que a las personas mayores de treinta y cinco años, con una vida ya formada, también pudiesen sufrir crisis así de fuertes. Esa idea asusta un poco. Woody Allen siempre asusta, ya sea con la idea de que todo el mundo engaña o con la idea de que ni siquiera los adultos saben muy bien lo que están haciendo con su vida. 

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