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We'll always have Paris


Tras el estreno de “Poor Things”, leí varios comentarios que hacían alusión a una corriente llamada “Born Sexy Yesterday”. De hecho, hay un video que lo explica, pero se trata de aquellos personajes femeninos que mezclan su inocencia inicial con la mirada masculina tras el transcurso de la trama. Básicamente, este personaje puede ser una mujer adulta en apariencia, pero su mente es la de una niña o una adolescente que apenas está descubriendo el mundo a su alrededor.

Por supuesto que es perturbador notar que exista un personaje masculino atraído hacia esa actitud y por supuesto que la trama de “Poor Things” también suena parecida a un ejemplo del Born Sexy Yesterday. A pesar de que tanto su director, Yorgos Lanthimos, como su protagonista, Emma Stone, han defendido la premisa de la película, la cinta dejó muchos detractores que sólo ha aumentado la curiosidad que tenía de ver esta película, una curiosidad mucho menor que la de Bella Baxter por descubrir todo lo que la rodea, claramente.

Creada en el laboratorio de Godwin Baxter (Willem Dafoe), Bella (Emma Stone) es su más reciente experimento. Godwin, una especie de doctor Frankenstein que heredó tanto el talento de su padre como todas las cicatrices que sus experimentos le provocaron, creó a Bella utilizando el cuerpo de una mujer desconocida, pero intercambiando su cerebro por el de su propio bebé no nacido. Cuando conocemos a Bella, ella apenas está aprendiendo a caminar y a hablar y, es a partir de aquellos primeros momentos, en donde se nota la genialidad de la actuación de Emma Stone, quien nos convence fácilmente de que podría tener dos o tres años.

Godwin le pide ayuda a uno de sus alumnos, Max McCandles (Ramy Youssef), para monitorear el experimento de Bella; Max queda tan fascinado con ella que acepta casarse, pero sus planes son interrumpidos por el abogado Duncan Wedderburn (Mark Ruffalo), quien convence a Bella de escapar con él. A estas alturas de la película, el cerebro de la protagonista parece haber evolucionado: habla mejor, camina mejor y también está en toda aquella etapa de despertar sexual, una que hasta nos trae recuerdos frutales de “Call Me By Your Name”. Aprovechando entonces el momento, Duncan lleva a Bella de viaje por Europa, en donde ella puede saciar su descubrimiento sexual cada cinco minutos. Literalmente.

El viaje de Bella no se queda sólo en los placeres eróticos, sino que también va conociendo a más personajes, quienes despiertan en ella una curiosidad distinta por la lectura, el socialismo y hasta por las injusticias de la vida. A través de sus anécdotas dentro de un barco y dentro de un prostíbulo parisino, el carácter de Bella se va moldeando en uno mucho más compasivo, comprensivo y empático, lo que por supuesto molesta mucho a Duncan. La relación entre ambos es una clara metáfora de aquellas relaciones en donde un hombre mayor busca a una pareja menor para moldearla y manipularla a su gusto; sólo cuando aquella persona menor empieza a cuestionar y a rebelarse es que el mayor se frustra y trata de volver a rebajarla. El personaje de Mark Ruffalo es patético, pero aquel detalle es el que lo hace tan divertido.

“Poor Things” está basada en una historia escrita por Alasdair Gray en 1992; a pesar de no ser una película de la autoría de Yorgos Lanthimos, de todos modos, sí pareciera ser obra de autor. La cinta cuenta con todos los recursos que el director nos ha mostrado en su filmografía, como aquellos planos filmados con un ojo de pez o aquel humor entre negro y grotesco y, definitivamente, aquel diseño de producción que pareciera ser un sueño dentro de una pesadilla o una pesadilla dentro de un sueño.

En cuanto al mensaje de la película y las críticas que ha recibido, no creo que haya sido la intención de “Poor Things” de celebrar una especie de liberación femenina a través de Bella, sino que más bien gira hacia el lado del hedonismo y de la simple curiosidad. La prostitución nunca será una expresión de liberación femenina por más que alguien decidiera ejercerla por voluntad propia; mientras existan personas atrapadas en un círculo de violencia, abuso y explotación, la sexualidad femenina nunca será liberadora bajo aquel contexto. Lo que decepciona, sí, es que “Poor Things” se concentra mucho más en la sexualidad de Bella, como muestra de su crecimiento personal, que en otras cosas más interesantes respecto a su empoderamiento, como la inteligencia que va desarrollando durante su viaje o la empatía que siente hacia cada persona que conoce.

Las películas de Yorgos Lanthimos son provocadores, grotescas, ridículas y caricaturescas; es en aquellas características en donde reside todo su encanto y comenzar a cuestionar más allá sólo nos hará disfrutar menos de sus historias. A veces hay que poner en práctica la actitud de Bella Baxter y abrir la mente hacia diferentes cosas para no correr el riesgo de convertirnos en un mísero abogado Duncan.
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La experiencia de haber visto “Elvis” el año pasado todavía me deja un sabor extraño en la boca; insisto en la idea de que la película quiso elevar su imagen y limpiarla fácilmente, pero su efecto fue todo lo contrario. Mientras más aprendo acerca de la figura de Elvis Presley, más me incomoda su vida personal y su acercamiento a la industria de la música, pero con tanta cinta, comentario o documentales endiosando su imagen, dejando de lado las controversias, una película como “Priscilla” llegó casi en el momento preciso.

Más allá de necesitarla para conocer el otro lado de la personalidad de Elvis, la necesitábamos porque nunca estará de más escuchar la versión de la propia Priscilla Presley acerca de sus años junto al músico; la diferencia de edad entre ambos o el abandono de la joven en la mansión de Graceland siempre fueron tratados como curiosidades o simple trivia pasajera ya parte de la cultura popular y no como los complejos temas que debieron ser incluso en aquella época más conservadora. Gracias al trabajo de Sofia Coppola, al fin pudimos tener la versión de Priscilla en pantalla grande.

Basándose en la autobiografía que Priscilla escribió en 1985, “Elvis and Me”, la película nos cuenta la historia de una joven e ingenua niña llamada Priscilla Beaulieu (Cailee Spaeny) que pasaba los días como una estudiante en una base estadounidense en Alemania mientras su padre se encontraba sirviendo en aquel país. Con apenas catorce años, Priscilla es invitada a la residencia de Elvis Presley (Jacob Elordi), quien no disimula su atracción por la adolescente a pesar de ser diez años mayor que ella. Aun cuando sus padres demuestran algo de desconfianza, Priscilla continúa siendo invitada a las fiestas de Elvis y, cuando cumple diecisiete años, el músico la lleva a vivir a Graceland.

Siempre fue incómodo darse cuenta de la diferencia de edad entre ambos, pero ver aquella diferencia plasmada en cada escena es perturbador; incluso la diferencia de estatura entre ambos actores principales ayuda a resaltar aquel detalle, por lo que no creo haya sido algo elegido a la ligera. Elvis inscribe a Priscilla en un colegio para que termine su último año de secundaria, le aconseja qué colores usar, de qué manera maquillarse y también le da pastillas para mantenerse despierta en clases o para poder dormir luego de un intenso día en casa. La adolescente Priscilla ni siquiera cuestiona estas actitudes, las cuales sabemos perfectamente que pertenecen a la guía básica de un manipulador en cuestión, pero para ella son simplemente cualidades que forman parte de la personalidad de su novio.

A través de escenarios suaves y pasteles, Sofia Coppola crea un contraste entre la inocencia de Priscilla y el abuso de Elvis; el dormitorio completamente rosado de una adolescente, su delicada voz que nunca se altera, su caligrafía infantil y su ingenuidad no van de la mano con la manipulación, los gritos, los engaños y los trasnoches a los que estuvo expuesta, detalles que siempre aparecen para recordarnos la dinámica que había en la pareja. Si la ya conocida diferencia de edad incomodaba, la mayoría de las escenas en “Priscilla” aumenta aquella incomodidad como debió haber sido en épocas anteriores.

El mérito no es sólo de Sofia Coppola, ya que gran parte de lo que consigue que la película funcione son las actuaciones de Cailee Spaeny y de Jacob Elordi. Cailee lleva todo el peso de la cinta sobre sus hombros, pero lo hace con una gracia, delicadeza y fuerza necesaria como para brillar por sí misma; por otro lado, se agradece que Elordi no haya caído en aquellas interpretaciones método que bordean la ridiculez como lo hizo su más cercano antecesor, Austin Butler, quien, con un acento estadounidense sureño y un tono de voz diez veces menor al propio, provocó mucha más vergüenza ajena que admiración. Elordi admitió que sólo sabía de Elvis Presley porque vio “Lilo & Stich” y con eso fue suficiente.

Como buena película biográfica, “Priscilla” no ha estado exenta de polémicas y una de ellas está relacionada con la propia hija de Priscilla y Elvis, Lisa Marie, a quien le parecía que el guión sólo retrataba a su padre como un depredador y un manipulador y que la perspectiva de la historia sólo era una vengativa y despectiva. Imagino que la mayoría de los fanáticos de Elvis pensarán de la misma manera, pero se les olvida que no tienen nada de qué preocuparse; por más que se intente “dañar” la imagen de alguno de los ídolos clásicos de la música o de actores reconocidos, estos intentos son pasajeros y sus reputaciones vuelven a quedar tan intactas como siempre.

A pesar de aquello, películas como “Priscilla” siguen siendo necesarias; podemos entender un punto de vista que no habíamos visto antes y, lamentablemente, debemos recordar que relaciones como a la que Priscilla estuvo expuesta se dan en todos los ámbitos y en todas las épocas. Ahora está en nosotros, como sociedad, evitar que estas historias sigan ocurriendo y poder al fin sentir aquella especie de libertad y de alivio con la que “Priscilla” prefiere cerrar.
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En aquella época en donde las películas de terror estaban completamente prohibidas en casa, tuve un par de oportunidades de salirme con la mía. Pude ver un par de slashers, sobre todo “Scream”, sólo porque esta saga compartía a Courteney Cox con “Friends”, serie que veíamos todos los días; además de “The Exorcist”, esa versión sin censura que se estrenó por allá en 2001, también pude disfrutar de una película llamada “Thirteen Ghosts” que sólo daban durante la madrugada de los fines de semana.

Dirigida por Steve Beck, la película nos mostraba el nuevo hogar que la familia Kriticos heredaba tras la muerte de un misterioso pariente, quien estaba obsesionado con todo lo relacionado a lo paranormal; estaba tan obsesionado que uno de sus pasatiempos era coleccionar fantasmas. Con la ayuda de unos visores especiales, los protagonistas podían ver a los trece fantasmas que convivían en aquel hogar, uno más terrorífico que el siguiente. Además de los efectos especiales que destacaban en cada fantasma, recuerdo que me gustaban mucho también sus historias y las razones de sus violentos decesos. Aparecían casi de la nada a través de las distintas paredes de vidrio y estaban dispuestos a lo peor; por supuesto que veía la película tan fascinada como aterrorizada.

Siempre pensé que la trama de “Thirteen Ghosts” era una idea muy original, pero no fue hasta hace unos días que me enteré que la película es, en realidad, un remake de la cinta de 1960, dirigida por William Castle. Tal y como sucede con muy pocos remakes, de hecho, la versión de 2001 es una versión elevada de la original, ya que se tomó la libertad de modificar la trama, mejorar los efectos especiales y provocar terror gracias a esas técnicas que, a estas alturas del juego, podemos reconocer en la mayoría de las películas de este género.

Si la versión de 2001 contaba la historia de un viudo y sus dos hijos, la versión de 1960 nos muestra a una perfecta e ideal familia estadounidense, digna de un capítulo de The Donna Reed Show. El clan Zorba está compuesto por Cyrus (Donald Woods) y Hilda (Rosemary DeCamp), los padres, además de sus dos hijos, Medea (Jo Morrow) y Buck (Charles Herbert); la familia está pasando por un pésimo momento económico, por lo que aceptan de inmediato el hogar que acaban de heredar tras la muerte de un tío de Cyrus; el abogado a cargo de entregar la herencia no les esconde el hecho de que la casa está embrujada, pero, como buena familia estadounidense, los Zorba se mudan de inmediato e inauguran su estadía con un pequeño juego de ouija.

Tal y como el abogado les advirtió de la presencia de trece fantasmas que deambulan por toda la casa, la película comienza con una advertencia por parte del mismo director de la cinta de que estamos a punto de entrar a un mundo perturbador, muy al estilo de Alfred Hitchcock Presents. William Castle insiste en la idea de utilizar unos lentes que tienen un filtro rojo y otro azul apenas la pantalla cambie del clásico blanco y negro y lamenté no tener unos lentes 3D para poder disfrutar las escenas venideras, pero las restauraciones modernas de la película no los necesitan, por suerte. En ciertas escenas que podemos reconocer como claves, la pantalla cambia de color y los fantasmas aparecen con un intenso color rojo, el cual contrasta de manera perfecta con el color azul de fondo; sólo puedo imaginar la fascinación que se debió sentir ver esta técnica en aquella época y envidio la suerte de algunos, sobre todo cuando mi primera experiencia con lentes 3D fue una película de Marvel que no vale la pena mencionar.

Además de los increíbles efectos de “Thirteen Ghosts”, otro detalle que sobresale increíblemente es la participación de Margaret Hamilton como Elaine Zacharides, la ama de llaves que rehúsa dejar el hogar en donde trabajo durante décadas; los niños bromean y la tratan de bruja, pero Elaine se convertirá en un personaje clave para el entendimiento de los fantasmas y la resolución del conflicto, dándonos incluso un pequeño easter egg al tomar una escoba y sonreír disimuladamente a la cámara. La Malvada Bruja del Oeste estuvo de vuelta al menos por unos minutos.

No sé si ahora pudiera elegir entre una versión u otra, ya que ambas películas tienen elementos rescatables. Por una parte, la cinta de 1960 cuenta con aquella vibra escalofriante del cine de terror en blanco y negro, así como también con efectos que debieron ser todo un logro para la época, pero el remake de 2001 elevó estos efectos de una manera distinta, también acorde al cine de terror de la época, uno más gore y más gráfico que el de la década de los sesenta. La versión de 2001 también dedicó más tiempo a desarrollar un trasfondo para cada uno de los fantasmas, quienes tenían historias tan definidas que cualquiera de ellos podría ser la razón de un spin-off o una serie limitada de cualquier servicio de streaming.

Si es que algún día la huelga de actores y guionistas se resolviera, me encantaría ser ilusionada con una versión de "Thirteen Ghosts" al estilo de "The Haunting of Hill House".
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Cierto país en el que resido está pasando por una especie de crisis ideológica; debe estar pasando por algo peor, pero prefiero adornar el momento con palabras mejores. Desde defender los actos de un dictador, pasando por acusaciones homofóbicas hasta decidir prohibir la práctica del aborto, hemos retrocedido más de cincuenta años y evocado una época en donde las leyes que, supuestamente, deben proteger a sus ciudadanos, estaban en nuestra contra. Aquella época es la que recuerda también “L'Événement”.

Dirigida por Audrey Diwan, la película está ambientada en la década de los sesenta, doce años antes de que el aborto fuese legalizado en Francia y se centra en la experiencia de Anne (Anamaria Vartolomei), una prometedora estudiante de Literatura. Anne vive su vida como una joven normal; disfruta su carrera y disfruta de su vida social, pero un embarazo no deseado amenaza con interponerse en el futuro que había planificado para ella.

Dentro de la mayor discreción, Anne lo intenta todo: pastillas recomendadas por un doctor, palillos para tejer, confiar en sus amigas, confiar en desconocidas, pero nada funciona. El miedo a las represalias legales y a los prejuicios de todos a su alrededor sólo consiguen que Anne intente cada acción en silencio y en una especie de carrera contra el tiempo, lo que también aporta una especie de sensación de película de terror; la tensión aumenta tras cada escena. Todas entendemos su posición, todas entendemos por lo que Anne está pasando y sólo queremos que pueda conseguir su propósito sin tener que sacrificar su propia seguridad. La protagonista no sólo debe lidiar con el estigma de mantener una vida sexual libre y activa, sino que también con el peligro que conlleva la clandestinidad al momento de realizar un aborto.

Con tal de no pasar por aquella “enfermedad que sólo afecta a las mujeres y que las convierte en amas de casa”, Anne llegará hasta las últimas consecuencias. Si bien los métodos que se muestran en “L'Événement” no son gráficos, el mero sonido y el rostro de incomodidad de la protagonista son suficientes como para entender la situación. A pesar de que el contexto de la película es uno que nos podría parecer de hace años luz, la estética tiene una apariencia atemporal, detalle que nos recuerda que, incluso hoy en día, el aborto sigue siendo un tema en varios lugares del mundo y muchas mujeres todavía se encuentran a sí mismas en la situación de Anne.

“L'Événement” es una película empática, aterradora y necesaria; mientras nuestro derecho a elegir sobre nuestro propio cuerpo siga siendo cuestionado, el debate acerca del aborto y la lucha por un procedimiento libre y seguro nunca debería terminar.
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Para mi total sorpresa, este blog cumple diez años. Nunca pensé que pasaría tanto tiempo escribiendo mis humildes impresiones sobre las películas que veo y, a pesar de que tenía otras expectativas, me gusta pasar el tiempo así. Sé que nadie lee lo que escribo, pero me encanta hacerlo, así que espero que este blog pueda cumplir otra década más.

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Mejor Película: Everything Everywhere All At Once
Mejor Director: Daniel Kwan y Daniel Scheinert, Everything Everywhere All At Once
Mejor Actor: Brendan Fraser, The Whale
Mejor Actriz: Michelle Yeoh, Everything Everywhere All At Once
Mejor Actor de Reparto: Ke Huy Quan, Everything Everywhere All at Once
Mejor Actriz de Reparto: Stephanie Hsu, Everything Everywhere All at Once
Mejor Guión Original: Everything Everywhere All at Once
Mejor Guión Adaptado: Women Talking
Mejor Película Extranjera: Argentina, 1985
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Cuando de biopics musicales se trata, la trama siempre es la misma: descubrimiento, ascenso, problemas, caída y regreso al estrellato; la biopic se da de manera rápida y no se permite muchos detalles ni mucha polémica, debido al ánimo de no querer ofender o de no invadir la privacidad del músico al que presenta en pantalla. Ha sucedido antes con “Bohemian Rhapsody” o “Rocketman”, cada una con distintos resultados.

Un resultado muy diferente es el que logra “Her Smell”, película dirigida por Alex Ross Perry, ya que, al crear una banda ficticia, se puede decir y representar mucho más de lo que alcanza una biopic; además, la historia se centra en el comienzo del fin, la decadente carrera musical de la banda Something She, banda que, si antes solía llenar estadios, ahora sólo debe conformarse con tocar en pequeños recintos y soportar los excesos de su vocalista principal, Becky Something (Elisabeth Moss).

Intercalando la caída de Becky con videos caseros sobre los mejores momentos de la banda, aquellos en donde conseguían portadas de revistas o discos de oro, “Her Smell” también muestra las dificultades de aquellos que rodean a Becky; sus compañeras de banda, Marielle Hell (Agyness Deyn) y Ali van der Wolff (Gayle Rankin) ya no pueden lidiar con aquellas actitudes autodestructivas y cuestionan su estadía en el grupo. Danny Something (Dan Stevens), ex pareja de Becky, sufre al ver cómo su pequeña hija, Tama, interactúa con una madre irresponsable y negligente, mientras que Howard Goodman, dueño de la discográfica que contrató a Something She, ve cómo el comportamiento de Becky pone en peligro su empresa y su patrimonio.

A través de cinco actos impredecibles y claustrofóbicos, “Her Smell” nos muestra el peor lado de la personalidad de Becky, uno irresponsable, inmaduro, dependiente de sustancias y de falsos gurús que se aprovechan de su vulnerabilidad, uno que podría hasta arriesgar el futuro musical de Akergirls, una banda compuesta también por tres mujeres que tienen la imagen de Becky sobre un pedestal; nadie sabe qué hacer con Becky y no podemos culpar a sus cercanos cuando confiesan que sólo quieren alejarse de ella. Aquella vida de excesos y música puede ser considerada glamorosa desde el exterior, pero “Her Smell” nos recuerda que sólo es una fachada y una dolorosa e incómoda realidad.

Elisabeth Moss es una protagonista increíble, un hecho que ella demuestra también en televisión, gracias a “The Handmaid’s Tale”; en esta película, Moss es capaz de hacernos aborrecer a un personaje durante sus momentos más caóticos y problemáticos, así como también hacernos sentir compasión durante sus momentos más pacíficos e introspectivos, por ejemplo, cuando el personaje de Becky entona una linda versión de “Heaven” frente a su pequeña hija. La música es una clara protagonista también y el soundtrack, a cargo de Alicia Bognanno y de Keegan DeWitt, atrapa todo ese espíritu punk que las bandas femeninas han sabido demostrar.

A pesar de que “Her Smell” cuenta el clásico descenso de un artista debido a sus propios excesos, me pareció que la película cuenta con un tono original, después de todo; es impredecible, incluso hasta el último momento, y conmueve hasta en los peores momentos de la protagonista. Quizás sea un tanto extensa, pero las actuaciones y la música valen la pena.
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Catalina.
Basada en hechos reales.

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