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We'll always have Paris

 


El final de la década de los setenta significó un gran caos en la sociedad estadounidense: guerra en Vietnam, violencia en las calles, cultos satánicos al alza tras el caso de Charles Manson y más, situaciones que mantenían al público tanto en alerta como pegados a la pantalla de la televisión. Era el escenario ideal para transmitir todas esas cosas que la gente temía, pero que, al mismo tiempo, despertaban el morbo general. Comprensible; esto sigue sucediendo hasta el día de hoy.

El programa “Night Owls with Jack Delroy” es uno más de los talk shows que no puede competir en sintonía con el ya clásico “The Tonight Show Starring Johnny Carson”; por más que también cuente con un carismático animador y por más que transmita historias raras e interesantes, el programa no puede ganar nunca cuando se trata de ratings. Quien carga con todo el peso de este problema es Jack Delroy (David Dastmalchian), el encantador presentador del programa, quien recientemente ha quedado viudo y la prensa, en lugar de darle espacio, continúa tratando de exponer la conexión de Jack con un grupo ultra secreto llamado The Grove, grupo que también cuenta con políticos y figuras de renombre dentro de sus integrantes.

Tras la muerte de su esposa, Jack regresa recargado a su programa y decide hacer un especial de Halloween, en donde reúne a distintos invitados especiales. Primero, tenemos a Christou (Fayssal Bazzi), un médium que habla con los espíritus del más allá; también asiste Carmichael Haig (Ian Bliss), un mago e hipnotista que, sorpresivamente, es un escéptico en busca de exponer a todos esos personajes que considera unos simples farsantes. Pero el número principal es la presencia de la doctora June Ross-Mitchell (Laura Gordon) y su sujeto de estudio, Lilly (Ingrid Torelli), una niña de once años que fue rescatada de un culto satánico liderado por un tal Szandor D'Abo (Steve Mouzakis), el cual había sido la mente tras un terrible suicidio en masa.

El ambiente en el programa al principio es de diversión y de curiosidad, pero tras ciertos incidentes con Christou, la tensión comienza a formarse. Luego, con la presentación de Lilly y el misterio tras la posesión de su cuerpo a manos de un demonio, el ambiente cambia dramáticamente y una ola de miedo y de suspenso atrapa tanto a los espectadores como a quienes dirigen el programa. La presencia de Lilly es adorable, incómoda e impredecible y la muestra que la doctora June realiza se convierte en el momento que tanto Jack como sus productores esperaban: un aumento en la sintonía. Sin siquiera sospechar de las fuerzas oscuras con las que están jugando, los hombres deciden continuar con el programa a pesar del peligro del que June les advierte.


“Late Night with the Devil” comienza como una especie de documental sobre la carrera de Jack Delroy para luego mostrar el capítulo prohibido de su programa como la cinta que pudo rescatarse hoy en día; es, básicamente, como si estuviéramos viendo un documental más de aquella oscura época en donde lo desconocido era lo más temido. Parece tan real que es imposible no involucrarse de inmediato en la trama y sentir que la película dura apenas media hora; el hecho de que esté presentada de aquella manera me atrapó desde el principio, sintiendo que era una especie de aire fresco entre tanta película de terror tan parecida a la otra.

La tensión también es increíble, pero no deberíamos esperar aquellos sustos baratos que pretenden ser la mejor parte de una película de terror, sino más bien “Late Night with the Devil” escoge ese suspenso que recuerda la analogía de la bomba escondida bajo la mesa que explicaba Alfred Hitchcock, pero en lugar de una bomba, acá podemos tener una daga, una niña o hasta un reloj para hipnotizar hasta al más escéptico. Yo creí en todo lo que “Late Night with the Devil” me contaba y la experiencia de ver esta película fue una que hace tiempo no tenía con una del género.

Todo por el rating es una premisa que continúa siendo parte de la televisión hasta el día de hoy; si no está presente en programas como “Night Owls with Jack Delroy”, está más que presente en cada noticiario de cada canal existente. No sería bueno que pasara lo mismo que pasa durante las escenas finales de “Late Night with the Devil”, pero un buen susto no le haría nada de mal a varios de esos productores.
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Continuando con lo había quedado pendiente hace tres años, Denis Villeneuve ya estrenó “Dune: Part Two”, la continuación de la saga escrita por Frank Herbert y cuyo estreno se vio retrasado debido a la justificada huelga de actores durante 2023. Personalmente, el retraso no me preocupó demasiado, pero sí estaba ansiosa por ver si esta segunda entrega podría provocar algo de emoción en mí, detalle que ni su predecesora ni la versión de David Lynch lo han podido conseguir.

“Dune: Part Two” retoma la historia que concluye en la primera parte, mostrándonos ahora cómo Paul Atreides (Timothée Chalamet) y Lady Jessica (Rebecca Ferguson) se las arreglan para sobrevivir en la inmensidad del desierto tras haber sido ayudados por los Fremen; la mitad de ellos no está a gusto con la idea de convivir con un par de extranjeros, mientras que la otra mitad mantiene sus esperanzas en la figura de Lisan al Gaib, una especie de mesías que los salvará de toda injusticia. Chani (Zendaya) no cree en aquella profecía, pero sí cree en Paul, por lo que se convertirá en su mayor aliada durante su entrenamiento en el desierto.

Al mismo tiempo, el planeta Arrakis es ahora manejado por los Harkonnen, aquel grupo de hombres siniestros que conspiraron para acabar con la dinastía Atreides; mientras el barón Vladimir Harkonnen (Stellan Skarsgård) continúa al mando, la amenazante presencia de su sobrino, Feyd-Rautha (Austin Butler), es temida por todo el universo, incluyendo por el emperador Shaddam IV (Christopher Walken) y su hija, Irulan (Florence Pugh). Quienes no temen de nada continúan siendo las Bene Gesserit, grupo que, gracias a sus poderes y conspiraciones, planean manipular a Feyd-Rautha a través de Lady Margot Fenring (Léa Seydoux).



Tras el entrenamiento de Paul y el ascenso de Lady Jessica al estatus de Reverenda Madre, la guerra entre ambos bandos es inevitable. Gracias a la técnica de Denis Villeneuve y de su cinematógrafo, Greig Fraser, “Dune: Part Two” no decepciona en cuanto a estética se trata, pero la primera entrega me sigue pareciendo mucho más visualmente hermosa. También quiero destacar que, a diferencia de aquella primera parte, esta continuación se siente mucho más cargada de cosas que van pasando, no necesariamente de más acción o de más emoción, pero sí pasan cosas y no son sólo diálogos de lo que va a pasar. 

Luego de una primera hora de película, la cual se concentra en el entrenamiento de Paul, la historia se vuelve mucho más rápida y más interesante, pero el sobre dramatismo de los diálogos continúa tan presente como siempre. Quizás sea algo presente en los libros también y siempre me culpo de no haberlos leído todavía, pero si vamos a hacer una versión cinematográfica, podríamos darle un poco más de emoción.

Las actuaciones, eso sí, no decepcionan. Rebecca Ferguson es tan intimidante como perfecta en su papel de Lady Jessica, Austin Butler se prueba a sí mismo que puede hacer mucho más dejando la voz de Elvis atrás, mientras que a Zendaya ahora sí se le permite lucirse con su interpretación de Chani; si bien la mayoría de los personajes parecen ser seres fríos e inanimados, Chani al menos pareciera ser el corazón de esta historia. Ya que se ha dado pie para una tercera parte, espero también ver más de Florence Pugh en una próxima entrega, pero sobre todo del personaje de Léa Seydoux, quien encaja muy bien dentro de todo este elenco.

A pesar de no haber provocado mucho en mí, “Dune: Part Two” es una clara mejora en cuanto a entretención de trata, pero no una mejor entrega que su predecesora; ambas están a un mismo nivel. Espero que, para un próximo estreno, quizás dentro de dos o tres años, mis expectativas ya sean completamente inexistentes. Y espero haber leído los libros también.
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Hay dos verdades universales cuando de comedias románticas se trata: uno, “La Boda de mi Mejor Amigo” es una de las mejores películas del género y dos, cualquier otra que esté basada en alguna obra de William Shakespeare siempre tendrá un lugar especial en nuestros corazones. Cuando una película es anunciada como otra de las grandes que pertenecerá a esta nueva era de las comedias románticas, cuando se basa en parte en “Much Ado About Nothing” y cuando tiene a dos actores de “La Boda de mi Mejor Amigo” dentro de su reparto, todo lleva a concluir que iremos por un buen camino.

Pero no.

“Anyone But You” terminó siendo otra decepción. Dirigida por Will Gluck, quien también estuvo a cargo de “Easy A”, la película sólo es un conjunto de clichés que no aporta nada al género. No es que el uso de clichés en las comedias románticas sea algo negativo o algo que no se pueda hacer, pero el punto es saber cómo desarrollarlos para que la historia se sienta fresca y novedosa. La trama de “Anyone But You” es la reconocida trama del enemies to lovers que, por lo general, siempre genera conflicto y entretención. 

Bea (Sydney Sweeney) y Ben (Glen Powell) se conocen de manera muy tierna en una cafetería y pasan todo un día juntos, pero un enredo los separa y sólo vuelven a reunirse cuando la hermana de Bea se compromete con la mejor amiga de Ben, situación que los lleva a una de estas destination weddings en Australia. Para no causarle más problemas a las novias, Ben y Bea acceden a fingir que no se odian y a hacerle creer a todo el mundo que están juntos, lo cual podría llevar a más confusiones y a situaciones divertidas, pero tras una hora de película, no tenemos chistes, ni química ni trama.


Lo lamento por Sydney Sweeney, pero pareciera que la comedia no es su fuerte, porque no pudo hacer mucho con su personaje; quizás también se deba al guion, pero el personaje de Bea no es ni interesante ni alguien a quien quieras ver triunfar como la clásica heroína de las comedias románticas. Su compañero, Ben, tampoco tiene mayor gracia, pero Glen Powell hace mucho más por él y, a pesar de que, personalmente, no me provoca nada, es un increíble actor para este género; se nota que lo pasa muy bien y que puede darle algo más de humanidad al personaje principal.

La trama, que sólo pasa de enredo aburrido tras otro enredo aburrido, pronto cansa y los personajes que deberían servirnos como distracción están demasiado concentrados en el conflicto entre Bea y Ben; todo el mundo está pendiente de lo que pasa entre ellos, no tienen otro tema de conversación y nadie pareciera tener otra cosa que hacer, ni siquiera las novias que están a punto de casarse tienen otra preocupación como la torta, los vestidos, una ex novia o una madre narcisista volviéndote loca, por ejemplo.

Me gustaría decir que “Anyone But You” es, al menos, otra comedia romántica más del montón, pero hay otras del montón que tienen incluso una o dos cosas rescatables; este no es el caso.
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En la mitología griega, la figura de una sibila era la figura de una profetisa capaz de ver el futuro; quizás por esa razón fue que Justine Triet escogió quedarse con la forma escrita de “Sibyl” que con la más recurrente “Sybil” para su personaje principal de su película homónima estrenada en 2019. Protagonizada por Virginie Efira, la cinta cuenta la historia de una psicóloga que retoma una carrera como escritora.

Sibyl (Efira) es una psicoterapeuta que decide abandonar su trabajo para dedicarse a escribir a tiempo completo, tratando de recuperar la carrera que había abandonado. Determinada a terminar una novela, Sibyl se despide de la mayoría de sus pacientes y se enfoca en escribir, pero una joven actriz, llamada Margot Vasilis (Adèle Exarchopoulos), la contacta desesperada pidiendo su ayuda. 

Sibyl se siente tan atraída a la situación por la que Margot está pasando que su fascinación bordea la obsesión. Primero, la complicada relación entre Margot y el actor con quien está trabajando en una película, Igor Maleski (Gaspard Ulliel), es utilizada por Sibyl como la principal musa de su nueva novela, por lo que cada sesión con Margot le sirve como fuente de inspiración en una historia que puede controlar a gusto. Luego, cuando Margot la necesita en el set de la película, Sibyl comienza a involucrarse mucho más en el mundo de su paciente, incluso con la directora Mika Sanders (Sandra Hüller), esposa de Igor.


Al mismo tiempo que Sibyl se adentra en todo aquel universo, la película mezcla estas escenas con momentos del pasado que marcaron a la protagonista. La muerte de su madre, su lucha contra el alcoholismo y la presencia de un antiguo novio que, constantemente, aparece en el rostro de su pequeña hija, también continúan atormentando a Sibyl; de hecho, su propia historia es tan interesante que cada situación podría inspirar un libro aparte, pero también se comprende por qué Sibyl protege tanto su intimidad y prefiera involucrarse en la de otros.

Tras la maravillosa experiencia de haber visto “Anatomy of a Fall” y de luego de haber visto “Sibyl”, Justine Triet sólo demuestra lo bien que sabe escribir y dirigir personajes femeninos tan complejos como interesantes, sin que necesariamente sean un ejemplo o un modelo. Sus historias son enredosas, a veces crueles, otras veces frías, pero consiguen retratar la realidad de una manera muy específica. No sé exactamente lo que es, pero debe ser ese sentimiento que provoca ver una película escrita y dirigida por una mujer.

Es un sentimiento muy concreto que hace mucho tiempo estaba buscando y que me alegro de haber encontrado en el cine de Justine Triet.
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VA A GANAR:

• Mejor Película: Oppenheimer
• Mejor Director: Christopher Nolan
• Mejor Actor: Cillian Murphy, Oppenheimer
• Mejor Actriz: Lily Gladstone, Killers of the Flower Moon
• Mejor Actor de Reparto: Robert Downey Jr., Oppenheimer
• Mejor Actriz de Reparto: Da'Vine Joy Randolph, The Holdovers
• Mejor Guión Original: Anatomy of a Fall, Justine Triet y Arthur Harari
• Mejor Guión Adaptado: Oppenheimer, Christopher Nolan
• Mejor Película Internacional: The Zone of Interest
• Mejor Documental: La Memoria Infinita

DEBERÍA GANAR:

• Mejor Película: Anatomy of a Fall
• Mejor Director: Justine Triet
• Mejor Actor: Paul Giamatti, The Holdovers
• Mejor Actriz: Lily Gladstone o Sandra Hüller
• Mejor Actor de Reparto: Ryan Gosling or Mark Ruffalo
• Mejor Actriz de Reparto: Da'Vine Joy Randolph, The Holdovers
• Mejor Guión Original: Anatomy of a Fall, Justine Triet y Arthur Harari
• Mejor Guión Adaptado: Barbie, Greta Gerwig y Noah Baumbach
• Mejor Película Internacional: La Sociedad de la Nieve
• Mejor Documental: La Memoria Infinita
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Tras el estreno de “Poor Things”, leí varios comentarios que hacían alusión a una corriente llamada “Born Sexy Yesterday”. De hecho, hay un video que lo explica, pero se trata de aquellos personajes femeninos que mezclan su inocencia inicial con la mirada masculina tras el transcurso de la trama. Básicamente, este personaje puede ser una mujer adulta en apariencia, pero su mente es la de una niña o una adolescente que apenas está descubriendo el mundo a su alrededor.

Por supuesto que es perturbador notar que exista un personaje masculino atraído hacia esa actitud y por supuesto que la trama de “Poor Things” también suena parecida a un ejemplo del Born Sexy Yesterday. A pesar de que tanto su director, Yorgos Lanthimos, como su protagonista, Emma Stone, han defendido la premisa de la película, la cinta dejó muchos detractores que sólo ha aumentado la curiosidad que tenía de ver esta película, una curiosidad mucho menor que la de Bella Baxter por descubrir todo lo que la rodea, claramente.

Creada en el laboratorio de Godwin Baxter (Willem Dafoe), Bella (Emma Stone) es su más reciente experimento. Godwin, una especie de doctor Frankenstein que heredó tanto el talento de su padre como todas las cicatrices que sus experimentos le provocaron, creó a Bella utilizando el cuerpo de una mujer desconocida, pero intercambiando su cerebro por el de su propio bebé no nacido. Cuando conocemos a Bella, ella apenas está aprendiendo a caminar y a hablar y, es a partir de aquellos primeros momentos, en donde se nota la genialidad de la actuación de Emma Stone, quien nos convence fácilmente de que podría tener dos o tres años.

Godwin le pide ayuda a uno de sus alumnos, Max McCandles (Ramy Youssef), para monitorear el experimento de Bella; Max queda tan fascinado con ella que acepta casarse, pero sus planes son interrumpidos por el abogado Duncan Wedderburn (Mark Ruffalo), quien convence a Bella de escapar con él. A estas alturas de la película, el cerebro de la protagonista parece haber evolucionado: habla mejor, camina mejor y también está en toda aquella etapa de despertar sexual, una que hasta nos trae recuerdos frutales de “Call Me By Your Name”. Aprovechando entonces el momento, Duncan lleva a Bella de viaje por Europa, en donde ella puede saciar su descubrimiento sexual cada cinco minutos. Literalmente.

El viaje de Bella no se queda sólo en los placeres eróticos, sino que también va conociendo a más personajes, quienes despiertan en ella una curiosidad distinta por la lectura, el socialismo y hasta por las injusticias de la vida. A través de sus anécdotas dentro de un barco y dentro de un prostíbulo parisino, el carácter de Bella se va moldeando en uno mucho más compasivo, comprensivo y empático, lo que por supuesto molesta mucho a Duncan. La relación entre ambos es una clara metáfora de aquellas relaciones en donde un hombre mayor busca a una pareja menor para moldearla y manipularla a su gusto; sólo cuando aquella persona menor empieza a cuestionar y a rebelarse es que el mayor se frustra y trata de volver a rebajarla. El personaje de Mark Ruffalo es patético, pero aquel detalle es el que lo hace tan divertido.

“Poor Things” está basada en una historia escrita por Alasdair Gray en 1992; a pesar de no ser una película de la autoría de Yorgos Lanthimos, de todos modos, sí pareciera ser obra de autor. La cinta cuenta con todos los recursos que el director nos ha mostrado en su filmografía, como aquellos planos filmados con un ojo de pez o aquel humor entre negro y grotesco y, definitivamente, aquel diseño de producción que pareciera ser un sueño dentro de una pesadilla o una pesadilla dentro de un sueño.

En cuanto al mensaje de la película y las críticas que ha recibido, no creo que haya sido la intención de “Poor Things” de celebrar una especie de liberación femenina a través de Bella, sino que más bien gira hacia el lado del hedonismo y de la simple curiosidad. La prostitución nunca será una expresión de liberación femenina por más que alguien decidiera ejercerla por voluntad propia; mientras existan personas atrapadas en un círculo de violencia, abuso y explotación, la sexualidad femenina nunca será liberadora bajo aquel contexto. Lo que decepciona, sí, es que “Poor Things” se concentra mucho más en la sexualidad de Bella, como muestra de su crecimiento personal, que en otras cosas más interesantes respecto a su empoderamiento, como la inteligencia que va desarrollando durante su viaje o la empatía que siente hacia cada persona que conoce.

Las películas de Yorgos Lanthimos son provocadores, grotescas, ridículas y caricaturescas; es en aquellas características en donde reside todo su encanto y comenzar a cuestionar más allá sólo nos hará disfrutar menos de sus historias. A veces hay que poner en práctica la actitud de Bella Baxter y abrir la mente hacia diferentes cosas para no correr el riesgo de convertirnos en un mísero abogado Duncan.
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La experiencia de haber visto “Elvis” el año pasado todavía me deja un sabor extraño en la boca; insisto en la idea de que la película quiso elevar su imagen y limpiarla fácilmente, pero su efecto fue todo lo contrario. Mientras más aprendo acerca de la figura de Elvis Presley, más me incomoda su vida personal y su acercamiento a la industria de la música, pero con tanta cinta, comentario o documentales endiosando su imagen, dejando de lado las controversias, una película como “Priscilla” llegó casi en el momento preciso.

Más allá de necesitarla para conocer el otro lado de la personalidad de Elvis, la necesitábamos porque nunca estará de más escuchar la versión de la propia Priscilla Presley acerca de sus años junto al músico; la diferencia de edad entre ambos o el abandono de la joven en la mansión de Graceland siempre fueron tratados como curiosidades o simple trivia pasajera ya parte de la cultura popular y no como los complejos temas que debieron ser incluso en aquella época más conservadora. Gracias al trabajo de Sofia Coppola, al fin pudimos tener la versión de Priscilla en pantalla grande.

Basándose en la autobiografía que Priscilla escribió en 1985, “Elvis and Me”, la película nos cuenta la historia de una joven e ingenua niña llamada Priscilla Beaulieu (Cailee Spaeny) que pasaba los días como una estudiante en una base estadounidense en Alemania mientras su padre se encontraba sirviendo en aquel país. Con apenas catorce años, Priscilla es invitada a la residencia de Elvis Presley (Jacob Elordi), quien no disimula su atracción por la adolescente a pesar de ser diez años mayor que ella. Aun cuando sus padres demuestran algo de desconfianza, Priscilla continúa siendo invitada a las fiestas de Elvis y, cuando cumple diecisiete años, el músico la lleva a vivir a Graceland.

Siempre fue incómodo darse cuenta de la diferencia de edad entre ambos, pero ver aquella diferencia plasmada en cada escena es perturbador; incluso la diferencia de estatura entre ambos actores principales ayuda a resaltar aquel detalle, por lo que no creo haya sido algo elegido a la ligera. Elvis inscribe a Priscilla en un colegio para que termine su último año de secundaria, le aconseja qué colores usar, de qué manera maquillarse y también le da pastillas para mantenerse despierta en clases o para poder dormir luego de un intenso día en casa. La adolescente Priscilla ni siquiera cuestiona estas actitudes, las cuales sabemos perfectamente que pertenecen a la guía básica de un manipulador en cuestión, pero para ella son simplemente cualidades que forman parte de la personalidad de su novio.

A través de escenarios suaves y pasteles, Sofia Coppola crea un contraste entre la inocencia de Priscilla y el abuso de Elvis; el dormitorio completamente rosado de una adolescente, su delicada voz que nunca se altera, su caligrafía infantil y su ingenuidad no van de la mano con la manipulación, los gritos, los engaños y los trasnoches a los que estuvo expuesta, detalles que siempre aparecen para recordarnos la dinámica que había en la pareja. Si la ya conocida diferencia de edad incomodaba, la mayoría de las escenas en “Priscilla” aumenta aquella incomodidad como debió haber sido en épocas anteriores.

El mérito no es sólo de Sofia Coppola, ya que gran parte de lo que consigue que la película funcione son las actuaciones de Cailee Spaeny y de Jacob Elordi. Cailee lleva todo el peso de la cinta sobre sus hombros, pero lo hace con una gracia, delicadeza y fuerza necesaria como para brillar por sí misma; por otro lado, se agradece que Elordi no haya caído en aquellas interpretaciones método que bordean la ridiculez como lo hizo su más cercano antecesor, Austin Butler, quien, con un acento estadounidense sureño y un tono de voz diez veces menor al propio, provocó mucha más vergüenza ajena que admiración. Elordi admitió que sólo sabía de Elvis Presley porque vio “Lilo & Stich” y con eso fue suficiente.

Como buena película biográfica, “Priscilla” no ha estado exenta de polémicas y una de ellas está relacionada con la propia hija de Priscilla y Elvis, Lisa Marie, a quien le parecía que el guión sólo retrataba a su padre como un depredador y un manipulador y que la perspectiva de la historia sólo era una vengativa y despectiva. Imagino que la mayoría de los fanáticos de Elvis pensarán de la misma manera, pero se les olvida que no tienen nada de qué preocuparse; por más que se intente “dañar” la imagen de alguno de los ídolos clásicos de la música o de actores reconocidos, estos intentos son pasajeros y sus reputaciones vuelven a quedar tan intactas como siempre.

A pesar de aquello, películas como “Priscilla” siguen siendo necesarias; podemos entender un punto de vista que no habíamos visto antes y, lamentablemente, debemos recordar que relaciones como a la que Priscilla estuvo expuesta se dan en todos los ámbitos y en todas las épocas. Ahora está en nosotros, como sociedad, evitar que estas historias sigan ocurriendo y poder al fin sentir aquella especie de libertad y de alivio con la que “Priscilla” prefiere cerrar.
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Hola

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Catalina.
Basada en hechos reales.

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