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We'll always have Paris

 


Hay una escena en True Romance en la que Alabama y Clarence van a comer pie después de haber visto una película en el cine. Metas. Y cuando estaba viendo Sometimes I Think About Dying no pude evitar pensar en aquella escena cuando los personajes de Fran (Daisy Ridley) y Robert (Dave Merheje) hacen lo mismo después de lo que parece ser una primera cita. Por supuesto, el contexto es diferente: Alabama y Clarence vivían rodeados de crimen, mientras que Fran y Robert son dos compañeros de oficina en un trabajo muy normal y aburrido.

Sometimes I Think About Dying, dirigida por Rachel Lambert, nos muestra una ciudad gris y fría en donde Fran vive tranquilamente; de inmediato podemos ver que es una joven solitaria, tranquila y apegada a la rutina de su trabajo y de su tiempo libre, uno en donde disfruta de comer queso cottage y jugar sudoku, pero también aprendemos que a Fran le gusta perderse en sus pensamientos y en sus ideas sobre la muerte. Más que imaginar eventos trágicos, Fran solo se imagina ya fallecida en distintos contextos o situaciones que podrían llevarla a la muerte, siendo uno de sus favoritas la imagen de la grúa que está frente a una de las ventanas de su trabajo.

La rutina de Fran es interrumpida cuando aparece Robert, un nuevo compañero de trabajo que brilla por sus habilidades sociales y por su amor por el cine. No hay más fácil que hacer amigos a través de las películas. Gracias al personaje de Robert, vamos aprendiendo más de Fran, ya que la película, hasta ese momento, no nos muestra mucho más allá de su personalidad, pero es exactamente porque Fran es así: le cuesta abrirse con los demás, y hablar de su vida o de sus sentimientos. No es que sea completamente asocial, ya que sus compañeros de trabajo no la consideran ni rara ni mal educada; no es que ella esté incómoda junto a su soledad, pero sí se nota un dejo de insatisfacción frente a su vida en el que tampoco podremos indagar, porque ni la película ni Fran nos contarán.

Alrededor de la tristeza que puede embargar a Fran y alrededor del ambiente gris del lugar, Sometimes I Think About Dying se las arregla para también mostrar una calidez tanto en las interacciones de sus personajes como en la idea de una realidad más esperanzadora para la protagonista. Pensé que me encontraría con una historia mucho más melancólica o depresiva según lo que sugería su título, pero Sometimes I Think About Dying es una película adorable que habla de lo difícil que puede ser vulnerable, pero también de lo reconfortante que es encontrar a otras personas.

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Hay una escena en Looking for Mr. Goodbar en la que el personaje de Theresa Dunn, interpretado por Diane Keaton, va a un bar, pide una copa de vino, prende un cigarro y se pone a leer El Padrino. Ahí iba una distinta, pero aquel easter egg solo podía verse así de genial de la mano de Diane Keaton: totalmente natural, chic, interesante y hermosa. Metas. 

Aquella era una de las rutinas con las que Theresa disfrutaba de su vida en la gran ciudad durante los años setenta, una época de exploración y revolución sexual, decorada con drogas y mucha música disco. Basada en el libro del mismo nombre, escrito por Judith Rossner, Looking for Mr. Goodbar muestra las experiencias de la joven Theresa mientras comienza su vida de manera independiente. Durante el día, Theresa es profesora de niños sordos, una profesora empática y dulce, mientras que, por las noches, disfruta de nuevas aventuras con distintos hombres en distintos entornos. Theresa es uno de esos personajes complejos que tienen varios matices, uno que era difícil de encontrar en aquella época en donde las mujeres solo podrían interpretar madres o prostitutas, todo blanco y negro, nada en el medio.

Para su padre, Theresa era un caso perdido; para sus alumnos, Theresa era una profesora amable y preocupada; para los hombres con los que salía, Theresa era otra aventura más y, para ella misma, Theresa era una mujer más, sobreviviendo el día a día y disfrutando de su independencia y juventud. Diane Keaton interpreta cada capa del personaje de manera genuina y hasta aspiracional, a pesar de que la historia castiga a su protagonista, pero eso se debe al contexto en el que se da la historia: si una mujer era demasiado libre, era un mal ejemplo y había que restringirla de alguna manera para que las niñas no siguieran aquel camino de perdición. Theresa había crecido como una de esas niñas, pero se rebeló desde siempre, desde que estuvo en contra de los regaños de su padre hasta los arrebatos del último hombre al que conoció.

Theresa Dunn es un personaje increíble y que, por suerte, Diane Keaton encontró y convirtió en una prueba más de su gran talento y de que, en la década de los setenta, su trabajo fue mucho más que The Godfather u otras películas con el innombrable.

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El caso de Mary Kay Letourneau causó conmoción durante la década de los ’90, ya que se trataba de una profesora de 34 años que había violado a uno de sus alumnos, Vili Fualaau, quien tenía apenas doce años. Por supuesto que Letourneau fue a la cárcel, pero el abuso contra su alumno no terminó y dio a luz a dos hijas durante el tiempo en el que estuvieron juntos; ella siempre insistió en que estaban enamorados y que su relación fue consensuada, pero cualquier persona normal sabe que eso no es cierto.

Casos así son difíciles de abordar o de conversar, pero para eso están las películas y la historia sirvió de inspiración para May December, película dirigida por Todd Haynes. Como su título lo sugiere, la cinta habla de la diferencia de edad en una relación, pero la diferencia es tan grande que la primera interacción entre Gracie (Julianne Moore) y Joe (Charles Melton) parece la de una madre con su hijo. Luego vamos aprendiendo que ambos son una pareja bastante establecida y vamos aprendiendo al mismo tiempo que Elizabeth Berry (Natalie Portman), una famosa actriz que interpretará a Gracie en una nueva película sobre su particular caso.

A través de las incómodas conversaciones e interacciones que Natalie mantiene con la familia Atherton-Yoo y otros involucrados, nos enteramos que Gracie tenía 36 años cuando abusó de Joe, quien tenía trece años y estaba en el mismo curso que el hijo mayor de su ahora esposa. Gracie fue a la cárcel, en donde dio a luz a la primera hija de ambos, para luego salir en libertad, retomar su relación con Joe y tener dos hijos más, los gemelos Mary (Elizabeth Yu) y Charlie (Gabriel Chung), y vivir en una comunidad de Savannah casi como si nada hubiera pasado. Grace es considerada, por algunos, como una parte esencial de la comunidad, mientras que al mismo tiempo todavía recibe cajas con excremento en la entrada de su casa. Joe, por su parte, parece vivir en su propio mundo y se ve siempre tímido, tenso y nervioso, como si se hubiera quedado en aquella turbulenta etapa de su niñez. 

Pronto las intenciones de Elizabeth sobrepasan el morbo y el prejuicio y es increíble ver cómo el personaje se va hasta mimetizando con el personaje de Gracie: comienza a copiar sus manierismos, su tono de voz e incluso intenta a acercarse a Joe de la manera en que ella cree que Gracie lo hubiera hecho; la película nos muestra cómo algunas líneas se van borrando durante las interacciones entre los protagonistas, tal y como lo define Elizabeth en algún momento, ya que puede ser difícil diferenciar entre la realidad y el deseo. Y da gusto ver un desarrollo así en el cine, uno complejo, sin sentencias y que nos de el espacio para analizar un tema que, en la vida real, no siempre se puede analizar con la misma libertad. 

May December me cautivó desde el principio hasta el final; las actuaciones son increíbles y la dirección de Todd Haynes califica de inmediato que su película gira en torno a un abuso específico, pero también le permite a cada uno de los personajes principales abarcar aquel tema de una manera directa, confrontacional y a veces dolorosa. La escena de “¿quién estaba a cargo?” se quedará conmigo por un largo tiempo.
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Las críticas a Wuthering Heights comenzaron desde el momento en que se anunció una nueva adaptación de la obra de Emily Brontë; después aparecieron las primeras fotos de las grabaciones y las críticas continuaron: que era una adaptación innecesaria, que Emerald Fennell no era la directora adecuada, que el casting de Margot Robbie y Jacob Elordi no pegaba para nada, que quizás sería otro tipo de adaptación y miles de comentarios y artículos casi todos los días. Y estuve de acuerdo con todo.

Incluso antes del lanzamiento del tráiler, las imágenes de la película no tenían ningún sentido, pero también es cierto que hay que esperar hasta ver una película antes de caer solo en críticas negativas. Eso tampoco funcionó. Primero, si la directora hubiese elegido un “película inspirada en…” antes de un “película basada en…”, todos nos habríamos ahorrado el mal rato; Fennell explicó en entrevistas que quiso hacer la versión que ella imaginaba de Wuthering Heights cuando lo leía de adolescente y esa explicación me suena claramente a fan fiction. Si se hubiera atrevido a crear algo distinto, inspirada justamente en la historia de Brontë, quizás la película habría sido algo más entretenida y consistente.

Esta versión de Wuthering Heights tiene un par de cambios, como cualquier adaptación anterior en donde, por ejemplo, omiten la segunda parte del libro; acá, el personaje abusivo del hermano de Catherine (Margot Robbie) pasa a ser solamente el personaje de su padre, Isabella Linton (Alison Oliver) parece haber sufrido de una lobotomía y la relación entre Catherine y Heathcliff (Jacob Elordi) alcanza otros niveles. Entendible hasta ahí, pero la película nos quiere dar una historia provocativa y sensual que nunca alcanza a entregar. Los cambios de tono a los que Emerald Fennell apuesta nunca se cumplen y culpo a la falta de química entre sus protagonistas, la cual también se ve mal influenciada por la diferencia de edad; sin querer discriminar por ese tema, pero la diferencia es demasiado notoria y también desencaja en características como en la personalidad de Catherine, quien es una adolescente a veces malcriada, y es algo muy fuera de lugar ver actitudes así por parte de una actriz de 35 años. 

Volviendo al tono sensual que Fennell pretendía, este tampoco se explora, porque no hay nada provocativo, solo sugerente. La película comienza con el ahorcamiento de un personaje y una visible erección que su cuerpo no puede controlar, como si esta escena quisiera establecer las pautas de lo que se viene… pero no queda en nada. Hay escenas un tanto explícitas, pero la más obvia no es ni siquiera entre los personajes principales, lo que tampoco tuvo sentido para mí. Por otro lado, el personaje de Isabella recae en una dinámica de dom-sub con Heathcliff, lo cual es una extraña decisión cuando la relación de ambos en el libro es una más de abuso; idealizar una relación así no es ser controversial o demostrar que se puede ser provocativo, sino que recae hasta en la ignorancia. 

Sin conseguir despertar ningún sentimiento de ¿fogosidad? como se pretendía, Wuthering Heights también falla en un detalle que no puedo dejar pasar: el casting. Ya es un tema la presencia de Margot Robbie como Catherine, por más que su actuación sea decente, pero Jacob Elordi tampoco pertenece en una historia en donde siempre se ha descrito a Heathcliff como un hombre que no era blanco; una decisión así también es insensata cuando decides contratar a un actor de color para el personaje de Edgar Linton (Shazad Latif), a quien nos presentan como el obstáculo entre Heathcliff y Catherine; ¿debemos odiar o estar en contra del único personaje de color que impide que los dos protagonistas blancos estén juntos? Como diría Tatianna, that was a choice.

Wuthering Heights quiso provocar, pero ni siquiera incomoda, solo se siente vergüenza ajena. Podría destacar la música, la producción o el vestuario, pero todo eso se ve opacado por una historia que no tiene sentido y que se vuelve aburrida desde el momento en que tratan de construir algo entre los personajes principales. Por suerte, no perdí mi tiempo viéndola en el cine.
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Cuando sigues a un actor que estuvo buscando el tan codiciado éxito después de pasar años y décadas haciendo películas independientes o interpretando pequeños papeles en televisión, luego es muy difícil encontrar todo ese material, incluso cuando tenemos todo el internet a nuestra disposición, pero por suerte, hace unos días una de que aquellas películas de Pedro Pascal estuvo disponible en streaming. Al fin.

Burning Bridges fue dirigida en 1996 y significó el debut de Pedro en el cine, durante una época en la que usaba el nombre de Pedro Balmaceda. La película cuenta la historia de Jeremy (Pascal), un adolescente de buen corazón, pero muy rebelde, quien es expulsado del internado al que asiste; su familia es privilegiada, pero sus padres se odian y apenas le dedican atención a su hijo, razones por las cuales Jeremy es de la manera que es. Aquel día en el que es expulsado, Jeremy conoce a Kara (Sarah Graham Hayes), una joven ama de casa que sufre los abusos de su marido alcohólico; tratando de ayudarla, Jeremy se ve involucrado en toda esa tóxica situación.

A pesar de ser un cortometraje, Burning Bridges cubre y muestra lo suficiente como para darse cuenta de lo talentoso que Pedro Pascal siempre ha sido; no es porque sea mi compatriota, pero siendo muy objetiva, Hollywood de verdad se farreó a Pedro todos estos años. En una historia con muchas vibras de The Catcher in the Rye, Pascal demuestra esa clásica sensibilidad del actor debutante que me recordó mucho a James Dean y que disfruté también a pesar de que nunca me ha gustado The Catcher in the Rye.
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Mientras el resto del mundo disfrutaba del estreno de Jaws en 1977, en Brasil la dictadura continuaba arruinando el panorama del país y las vidas de sus habitantes. Uno de ellos, Armando Solimões (Wagner Moura), debe huir y esconderse en la ciudad de Recife con tal de sobrevivir a los hombres que lo persiguen; más que un activista, Armando era un profesor universitario que había enfrentado al hombre que quería hacer recortes en la universidad, pero eso le costó su seguridad.

El título de El Agente Secreto puede ser engañoso, porque nos puede llevar a imaginar un thriller lleno de acción e intriga, pero no estamos viendo una película gringa y su director, Kleber Mendonça Filho nos lleva a un lugar mucho más cotidiano y familiar alrededor del mismo género del thriller. El personaje de Armando llega a Recife durante la época del carnaval y consigue la ayuda de doña Sebastiana (Tânia Maria), quien le da un techo y una nueva identidad: Marcelo. Marcelo, entonces, comienza a trabajar en una oficina y divide el tiempo que puede en visitar a su pequeño hijo, Fernando, quien vive con sus abuelos maternos.

Marcelo cree que puede comenzar desde cero o que tendrá oportunidad de salir del país, pero quienes lo persiguen siempre están cerca, acechando y sembrando el miedo, tal y como las pesadillas de Jaws que tiene Fernando o como la noticia de aquella extremidad encontrada dentro de un tiburón que ataca a las personas durante las noches. El Agente Secreto es una película que muestra pequeñas historias entrañables para compensar otras más dolorosas, como el destino de Fátima (Alice Carvalho), esposa de Armando, o la realidad del resto de los asilados en casa de doña Sebastiana, así como también la realidad brasilera de la época.

En una película llena de buenas actuaciones, el director también se luce al mostrar el trauma generacional que dejan los actos de una dictadura. Aquellas últimas escenas me pillaron de sorpresa, casi sacándome de la historia de Armando/Marcelo, para luego mostrarme cómo su historia continuaba viva a través de las heridas abiertas de Fernando. Es tragicómico que una historia tan particular pueda ser tan reconocida en aquellos países en donde las dictaduras dejaron consecuencias con las que tenemos que lidiar hasta el día de hoy; es triste que tengamos esas cosas en común, pero cada uno elige lidiar con ellas como pueda.

El Agente Secreto entró a mi lista de favoritas, al igual que Sentimental Value; dos películas compitiendo en la categoría de mejor película extranjera que son demasiado para esas premiaciones gringas, pero la primera también fue un muy buen regalo de cumpleaños en esta oportunidad.
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En el mundo minero existe una superstición que prohíbe a las mujeres entrar a trabajar a las minas, ya que cualquier presencia femenina podría provocar un derrumbe. La región de Río Turbio no era la excepción y fue allá en donde se desarrolló la historia de Carla Rodríguez, una mujer trans que se convirtió en la primera mujer en trabajar en la minera del pueblo.

Agustina Macri, directora argentina, decidió llevar la historia de Carlita, como todos la llamaban, a la pantalla grande de la mano de Lux Pascal en el rol protagónico. La película muestra la vida de Carla, desde que era una adolescente discriminada por sus padres y apoyada por otras mujeres trans del lugar, hasta que comienza a trabajar en la minera y cumple su sueño de transicionar. El proceso es lento y significativo, pero el sueño de Carla también choca con su sueño de trabajar en la mina por culpa de la superstición; no solo debe lidiar con los prejuicios sobre su cuerpo y su derecho a existir, sino que también debe luchar por su derecho a trabajar.

A pesar de los complicados momentos que vive el personaje, su mundo está rodeado de dulces compañías, como las de sus amigas o la de un compañero de trabajo, Antonio (Paco León); las amistades de Carla son quienes siempre la acompañan y consuelan en todos sus procesos, porque siempre podemos encontrar el apoyo de otras mujeres en los lugares más inesperados. Rescato mucho aquellos detalles de la película, pero me hubiese gustado que Miss Carbón profundizara mucho más cada tema que presentaba: la discriminación, el trato en el trabajo, los cambios en el cuerpo de Carla, la batalla para seguir trabajando en la minera, siento que todo era presentado y no desarrollado.

De todos modos, Miss Carbón compensa con la ternura presente en cada una de sus escenas y con la esperanza que nos dan también hacia el final; Lux Pascal interpreta a Carla con sencillez y valentía, a pesar de que a veces la perdía por los intentos de dominar el acento argentino. La película también me enseñó sobre aquella superstición de los mineros y del avance del movimiento trans en Argentina y, si hay algo que también me gusta de las películas, es cuando me enseñan y cuando desarrollan la tan necesitada inclusión.
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Desde que Pillion se estrenó en el pasado festival de Cannes, estaba muy entusiasmada por verla, ya que Alexander Skarsgård no le teme a nada y siempre está corriendo riesgos; a estas alturas, la trama de la película no debería ser consideraba controversial, pero los temas que Pillion trata pueden ser todavía tabúes para la sociedad más conservadora.

La película está basada en el libro Box Hill, escrito por Adam Mars-Jones, y fue dirigida por Harry Lighton, lo que marca también su debut como director; ambas obras se centran en la relación BDSM entre un inexperto joven y un intenso motoquero. Colin (Harry Melling) es tímido, ingenuo y sensible; vive con sus padres, forma parte de un grupo de canto y su sexualidad no es un secreto para nadie, por lo que la historia no se convierte en una de autoaceptación o de discriminación, y tampoco se transforma en una historia de amor imposible y, por suerte, tampoco recae en la tropa de bury your gays.

Cierta noche, Colin conoce a Ray (Alexander Skarsgård), quien es todo lo contrario a él: alto, seguro, intimidante y convencionalmente hermoso; algo en Colin llama la atención de Ray y, aunque Colin quiera describirla como una especie de pololeo, ambos comienzan una relación de dom y sub. Paralelamente a sus intentos de ganar el corazón de Ray, Colin también comienza meterse cada vez más en aquel mundo de las motocicletas, el cuero y las relaciones BDSM: Ray lo incluye en su grupo, le ordena cómo vestirse y cómo peinarse, le impide dormir en la misma cama con él y niega cualquier acercamiento amoroso, detalles que Colin obedece de inmediato y así se va dando cuenta de que tiene una aptitud para la devoción. El conflicto se da cuando Colin quiere más de aquella relación, pero no toma en cuenta que, si el dom debe respetar al sub, el sub debe hacer lo mismo por su parte.

La palabra pillion se refiere, básicamente, al asiento trasero de una motocicleta, lugar en donde Colin se aferra a Ray, en donde es feliz de estar y en donde, precisamente, Ray lo quiere; es hasta triste, y a veces gracioso, ver los intentos que Colin hace por cambiar la dinámica, pero Ray no cede. La película gira alrededor de aquella problemática y del autodescubrimiento de Colin, por lo que perfectamente puede ser considerada dentro del género del coming of age y concuerdo con que corresponde mucho más a ese género que a un drama o a una comedia romántica. Con lo que no estoy de acuerdo es con que algunos comentarios giren solamente alrededor de la apariencia física de Colin (o de su actor); la película no se trata de si Colin es lo suficientemente atractivo o no como para estar con alguien como Ray, se trata de si el personaje tiene o no la suficiente capacidad como para entregarse al tipo de relación que Ray busca. Prefiero quedarme con esa segunda parte.

En cuanto a las escenas que provocaron la atención alrededor de “Pillion”, me parecieron cero controversiales y, al contrario de varios contenidos heterosexuales, sí servían a la trama y al viaje del personaje de Colin. Como mencioné al principio, Alexander Skarsgård no le teme a nada, pero Harry Lighton se las arregló para crear una atmósfera segura y curiosa, nunca cayendo en el morbo ni tampoco en la sobre exposición. Cuando es así, se agradece una nueva mirada dentro de este género.
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Más películas sobre la maternidad, por favor. 

Cuando pensaba que Die My Love era un retrato completamente estresante sobre la maternidad, If I Had Legs I'd Kick You me golpeó tan fuerte como las olas que también golpean a la protagonista durante una escena de la película.  La cinta fue escrita y dirigida por Mary Bronstein y cuenta con Rose Byrne en el rol protagónico de Linda, una psicoterapeuta que lleva mucho tiempo lidiando sola con la desconocida enfermedad de su pequeña hija; su rutina se basa en cuidarla día y noche mientras también trata de mantenerse profesional en el trabajo.

La rutina no es fácil de por sí, debido a lo complicada y dependiente que es la enfermedad de la hija, pero pareciera que las cosas en la vida de Linda van de mal en peor; mientras su marido está fuera por temas de trabajo, el techo de su casa se derrumba y Linda se ve obligada a pasar unos días en un motel de no muy buena calidad. Su hija no está cumpliendo las metas para poder dejar de ser alimentada a través de un tubo, algo que la haría más independiente, y una de las pacientes de Linda, Caroline (Danielle Macdonald), está pasando por una depresión post parto tan grande que abandona a su bebé en la oficina de Linda. Junto con los caprichos y gritos de su hija, las peleas por el celular, el mal dormir y la presión del trabajo, el día a día de Linda se vuelve cada vez más caótico.

Rose Byrne interpreta al personaje de una manera cruda y honesta, ya que está a cargo de una persona que falla constantemente y que falla por culpa de las presiones de la sociedad y porque también vive en una sociedad que no permite que las madres se equivoquen; la presión por ser perfectas ha acabado con la sanidad de muchas personas. La película también se encarga de hacernos sentir esta presión gracias a sus tomas claustrofóbicas y estresantes, en donde podemos observar el estrés y la desesperación de Linda frente a cada problema con el que tiene que lidiar por sí misma; son minutos agotadores, pero también es refrescante ver a una madre siendo mala en lo que hace, ya que siempre se nos ha enseñado a esperar lo contrario.

En ese sentido, If I Had Legs I'd Kick You no tiene miedo a incomodar ni de someter a su audiencia a otra cara de la maternidad, la cara de la que menos se habla y la que más debería ser discutida; los diálogos no temen cuestionar qué hay más allá de la maternidad o qué hubiera pasado si hubieras abortado a este hijo y no al anterior, porque son justamente conversaciones necesarias que siempre han sido tratadas como tabúes y, al menos el cine, da un espacio para que esas conversaciones se luzcan.

A pesar de lo incómoda y estresante que es, If I Had Legs I'd Kick You merece ser vista precisamente por esas razones; su representación de la maternidad es correcta, dura, errónea y agobiante, una representación que apenas vemos en el cine y que apenas discutimos en la vida real y que merece tener su espacio y ser tratada con compresión y empatía. No podemos quedarnos solamente con el lado bonito e idealizado de las cosas.

Rose Byrne es, hasta ahora, mi favorita en la carrera para los Oscars, pero todavía me quedan varias películas por ver.

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Las películas que giran alrededor de la maternidad siempre serán algunas de las más interesantes, porque el tema siempre es uno complicado e intenso y, además, se trata muy poco debido a que cualquier mención negativa sobre la maternidad es tratada con prejuicio, como si fuese un tabú; las madres no tienen derecho a quejarse, ni siquiera a comentar que alguna parte de la maternidad no les gustó. Es un tema muy poco explorado, tanto en la ficción como en la realidad, por lo que cuando apenas aparece una película que se enfoque en este conflicto, pasa altiro a mi lista de pendientes… aunque eso incluya tener que ver a Jennifer Lawrence.

Basada en el libro del mismo nombre, escrito por Ariana Harwicz, Die My Love fue adaptada y dirigida por Lynne Ramsay, quien ya tiene experiencia en conflictos maternales con películas como We Need to Talk About Kevin, un verdadero anticonceptivo. Die My Love cuenta la historia de la joven pareja compuesta por Grace (Jennifer Lawrence) y Jackson (Robert Pattinson), quienes se mudan desde Nueva York a una lejana casa en Montana para que Grace pueda escribir tranquila y para que ambos puedan disfrutar mucho más de su embarazo y de la próxima llegada de su hijo. Las cosas van bien al principio, pero luego del nacimiento, la situación se complica tanto para Grace como para Jackson.

Jackson trabaja todo el día y Grace se queda en casa cuidando al pequeño bebé, lidiando también con sentimientos de soledad, abandono y aburrimiento; la responsabilidad absoluta de su hijo no le da tiempo para sí misma, mucho menos para escribir, y como si fuera poco, Grace descubre que Jackson se acuesta con otras mujeres. Tanta presión empieza a afectar el comportamiento de Grace: no toma nada en serio, camina con cuchillos, se acuesta con un extraño y atraviesa violentamente un ventanal. Su actitud errática es completamente comprensible, a pesar de lo que el resto de los personajes digan; la película nunca deja que juzguemos a Grace, no es la idea tampoco, pero me costó mucho ver cada nueva manía del personaje siendo interpretado por Jennifer Lawrence, ya que sentía que no estaba haciendo nada muy diferente de lo que hace en una entrevista cualquiera.

La personalidad de Lawrence es conocida por ser histriónica e impredecible, detalle que la hace muy querida, pero que a mí siempre me aburre, por lo que tuve problemas algunas veces en separar a la actriz del personaje, ya que la veía haciendo gestos o muecas parecidas. La trama, como mencionaba, es interesante y mantuvo siempre mi atención, incluso aquel final medio surrealista me gustó, pero no podía dejar de pensar en lo mucho que Lawrence se esforzaba en entregar una actuación como las de Gena Rowlands y eso es algo que jamás sucederá.
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Siguiendo con la temporada de premios, por supuesto que la próxima película sería la de uno de mis directores favoritos; si somos sinceros, ha pasado sin pena ni gloria, pero qué importan los galardones cuando lo que importa es la historia. Y la historia gira alrededor del mundo de las acusaciones y las consecuencias que los involucrados deben enfrentar; la temática podría resonar con los casos que, lamentablemente, vemos casi a diario, así como también con otras películas tan buenas como Tár.

After The Hunt es protagonizada por Alma Imhoff (Julia Roberts), una de las profesoras más estimadas y respetadas de la universidad de Yale. Alma es culta, elegante e inteligente, tiene un departamento de ensueño y está casada con Frederik Mendelssohn (Michael Stuhlbarg), un psiquiatra que trabaja desde casa. Luego de una junta casual en el departamento, Alma se ve en medio de la disputa entre Hank Gibson (Andrew Garfield) y Maggie Resnick (Ayo Edebiri), quien acusa a Hank de acoso sexual.

Hank no solo es colega de Alma, sino que también es uno de sus amigos más cercanos, mientras que Maggie es la protegida de Alma, una de sus estudiantes favoritas, por lo que cuando Maggie le cuenta lo que Hank había hecho, Alma no sabe muy bien cómo reaccionar. Sería más fácil para la historia que Alma hubiese creído ciegamente en Maggie, pero Luca Guadagnino decide agregarle más capas al conflicto, tal y como en la vida real: Maggie estaba algo ebria, Hank también había tomado, Maggie había copiado su tesis final y Hank lo había descubierto, Hank ya había tenido conductas así con otras alumnas, Alma vive pensando en una situación parecida por lo que había pasado en su juventud y más de aquellos prejuicios, enredos y confusiones que las personas crean para confiar en la versión que ellos creen. 

Una de las capas que más me interesó fue la que venía del personaje de Frederik respecto al resentimiento hacia generaciones más jóvenes: él pone en duda la aflicción de Maggie, porque la ve como una niña rica privilegiada que hizo trampa y que no tiene otros problemas con los cuales lidiar; la actitud de Frederik es un clásico, siempre presente en estos casos. Luca Guadagnino tiene cuidado al lidiar con cada perspectiva, nos hace dudar y nos hace creer en cada personaje al mismo tiempo, por lo que el conflicto siempre está presente; no premia ni castiga a sus protagonistas, tal y como pasa, lamentablemente, en la vida real, pero no incomoda lo suficiente tampoco y quizás se pudieron haber tomado más riesgos. El eslogan de la película es “no todo debería hacerte sentir cómodo”, pero creo que, por no incomodar a ningún grupo, la cinta cae en su propia trampa.

De todos modos, el cine de Luca Guadagnino jamás me decepcionará y After The Hunt no es la pésima película que la mayoría dice que es. Solo espero que esa elección de fuente en los créditos sea un guiño a cierto director y no una nueva costumbre.

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A pesar de lo mucho que disfrutaba las películas de Yorgos Lanthimos, sus últimos dos estrenos no consiguieron gustarme como le gustaron al resto del mundo. Poor Things no me pareció para nada un relato feminista, aunque sí provocador, y Kinds of Kindness solo era una película que quería provocar, pero que no tenía mucho peso. Tras dos decepciones seguidas, por supuesto que la llegada de Bugonia me daba un poco de esperanza sobre alguna especie de reconciliación… pero tampoco se dio en esta oportunidad.

Bugonia, de partida, es un remake de una película surcoreana llamada Save the Green Planet!, por lo que la historia no se deriva de una idea original de Lanthimos, como otras de sus cintas. La película sigue a Teddy Gatz (Jesse Plemons), un joven conspiranoico que decide secuestrar a Michelle Fuller (Emma Stone), la CEO de una gran empresa farmacéutica. Con la ayuda de su primo, Don (Aidan Delbis), Teddy rapta a Michelle y la lleva hasta su casa, en donde la interroga con tal de que ella le diga que es una extraterrestre que los llevará hasta su nave espacial. La convicción de Teddy es tan grande que le corta todo el cabello a Michelle para que ella no se comunique con la nave y es capaz hasta de torturarla para que Michelle asuma la verdad.

Pero detrás de toda aquella idea y maniobras que bordean lo ridículo, existe un odio contra el mundo corporativo que ya está muy introducido y justificado en la sociedad. Michelle es una CEO que dice estar comprometida con el bienestar de sus empleados, pero beneficios como trabajar menos horas no están definidos por completo; para sorpresa de Michelle, Teddy es uno de sus varios empleados, quien, además, sufre por la enfermedad de su madre (Alicia Silverstone), la cual fue provocada por uno de los fármacos de la empresa de Michelle. A pesar de que se comprometieron con la causa, la madre de Teddy sigue enferma y dependiendo de las máquinas en un hospital.

A pesar de la crítica social y algunos momentos graciosos de las interacciones entre Teddy y Michelle, Bugonia tampoco consiguió conquistarme como lo hizo alguna vez The Favourite o The Lobster; sentí que la película solo se dedicó a mostrar y poco a desarrollar, y que tampoco había nada de aquel espíritu controversial que tanto identifica a Yorgos Lanthimos. Me serviría mucho que se tomara un tiempo más largo entre una película y otra o que dejara la colaboración con Emma Stone descansar por un rato.

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Mientras veía Sorry, Baby, encontré al menos dos cosas con las que pude identificarme inevitablemente. La primera fue todo el debate de una clase que giraba alrededor del significado de Lolita, libro escrito por Vladimir Nabokov; al igual que una de las alumnas, me perturba tratar de analizar aquel libro, aun entendiendo el punto de que el narrador nos cuenta su historia y nos da sus explicaciones y bla blá, no puedo pasar más allá de la página cuarenta. La segunda… fue el resto de la película.

Sorry Baby, escrita, protagonizada y dirigida por Eva Victor, cuenta la historia de Agnes Ward, una profesora de literatura que está tratando de convivir con el trauma que un incidente le dejó años atrás. Agnes tiene una vida normal y genial: vive en una pequeña casa en una zona rural, trabaja en la universidad en donde también estudió, tiene una especie de relación con su vecino y su mejor amiga, Lydie (Naomi Ackie), regresará de Nueva York para pasar unos días con ella. Agnes puede tener una rutina ideal, pero eso no evita que se sienta estancada, viendo cómo la vida de todos avanza y ella sigue viviendo en el mismo lugar en el que vivía cuando era una estudiante… y el mismo lugar en donde ocurrió la cosa mala que Agnes no puede olvidar.

La película está contada en cinco capítulos no lineales, intercambiados entre pasado y presente, mostrando tanto el contexto de la cosa mala como las repercusiones inmediatas que tuvo en la vida de Agnes; desde ser cuestionada fríamente en el hospital hasta ser interrogada en la universidad, pasando por el juicio de una de sus ex compañeras, al menos el personaje de Agnes siempre está acompañada, física y moralmente, por su mejor amiga y eso es uno de los temas más importantes de Sorry, Baby: lo necesario que es acompañar y sentirse acompañada luego de un incidente como el que se da durante la mitad de la película. Lydie es quien siempre está al lado de Agnes, quien la lleva de la mano y quien la consuela, quien la escucha y quien no la juzga cuando Agnes adopta a un gato o cuando muestra intenciones de ir a prender fuego a una oficina.

El acompañamiento y el apoyo también vienen, sorpresivamente, de un completo extraño; en una de mis escenas favoritas de la película, el dueño de una sandwichería, llamado Pete (John Carroll Lynch) ayuda a Agnes mientras ella sufre un ataque de pánico. El consuelo de aquel extraño es tal que la profesora por fin puede hablar en voz alta del incidente, después de años, y confesar cosas como que se siente mal cuando piensa en eso y que se siente culpable cuando no piensa en eso, cosas que a veces solo se le pueden decir a un extraño justamente, ni siquiera a una misma. Durante la película, Agnes también se va dando cuenta de que todo lo que siente es algo con lo que siempre tendrá que convivir, algo que varía de intensidad día a día, pero, lamentablemente, siempre estará presente.

Sorry, Baby trata el tema con sensibilidad, respeto y empatía, enfocándose siempre en la perspectiva del personaje de Agnes y logrando que nosotros, como audiencia, también la acompañemos durante toda su experiencia posterior al incidente. La película cierra con un monólogo tan triste como esperanzador, y es imposible no emocionarse con la manera en que Agnes deja salir varias de las cosas que no había podido frente a alguien que no puede responderle, pero que la contiene de todas formas.

Ya he visto dos películas seguidas que me han destruido el alma, pero que la reconfortan al mismo tiempo; quizás sea una buena señal de las películas que me esperan el resto del año.

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Regreso a este blog con otro desafío de películas completado para ponerme al día con la temporada de premios, como cada principio de año 😊 Ahora comienzo con Sentimental Value, película dirigida por Joachim Trier, quien ya me había conquistado hace cinco años con The Worst Person in the World; nada mejor que una historia sobre una treintañera perdida por la vida para sentirse vista y comprendida.

Esta vez, el director noruego centra su última película en una historia familiar, retratando temas como el trauma generacional, la incapacidad de comunicarse o la inestabilidad emocional. La trama gira alrededor de las hermanas Nora (Renate Reinsve) y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), quienes deben enfrentar la muerte de su madre, además del incómodo reencuentro con su padre, el famoso cineasta Gustav Borg (Stellan Skarsgård), incómodo porque la relación entre los tres ha sido distante y transitoria desde el divorcio de los padres. Gustav usó el divorcio como excusa para mudarse a Suecia y para trabajar sin parar mientras sus hijas crecían en el hogar de su padre, una casa enorme y hermosa que guarda tantos secretos como memorias entre sus paredes, bajo sus suelos y dentro de cada habitación.

La casa funciona hasta como otro personaje más, ya que es testigo de varios momentos que marcan la vida de los protagonistas: el nacimiento de una abuela, la persecución de una tía a manos de los nazis, las discusiones entre los padres, el apoyo entre las hermanas, el velorio de la madre y, finalmente, el reencuentro con el padre. Gustav aparece con las mejores intenciones y le ofrece a Nora el papel de protagonista de su nueva película; la expectativa es grande, ya que Gustav no ha grabado una película en quince años, pero Nora se niego y Gustav le ofrece el papel a una famosa actriz estadounidense, Rachel Kemp (Elle Fanning). La película no es solo motivo de conflicto entre Gustav y Nora, sino que también lo es entre Gustav y Agnes, quien no está de acuerdo en que su hijo, Erik (Øyvind Hesjedal Loven), aparezca en una cinta de su padre, tal y como ella también lo había hecho cuando era pequeña.

Una de las cosas que más me gustó de Sentimental Value es la manera en que Joachim Trier retrata cómo un mismo evento puede marcar de manera muy diferente a dos personas. El abandono de su padre hizo que Nora se convirtiera en una mujer fría, cerrada, resentida y depresiva, una actriz que sufre de hasta ataques de pánico antes de subirse al escenario, mientras que Agnes tiene más fe en las personas, pudo formar una familia y el rencor hacia su padre es mucho menor que el de Nora. Gustav hace lo mejor que puede para recuperar la relación con sus hijas, pero ninguno de sus intentos funciona, ya que no se atreve a lidiar con el tema del abandono primero y trata de barrer todo debajo de la alfombra, casi como si nada hubiera pasado. Él cree que no hizo nada malo y que el divorcio era inevitable, mientras que para sus hijas, a pesar de que la casa sí sentía mucho más ligera una vez que Gustav se había ido, quedaron marcadas para siempre como cierta pared del lugar.

El final de la película llega como un sentimiento de alivio y de tranquilidad momentánea; tanto Nora como Agnes leen el guion de Gustav y consiguen hacer lo mismo que hacemos nosotros frente a la mayoría de las historias que vemos en pantalla: se reconocen frente a otros personajes, reconocen su historia y pueden darle una especie de cierre a la situación con su padre. Por supuesto que nada es perfecto y, la mayoría de las veces no recibimos aquellas disculpas que siempre hemos esperado, pero Nora y Agnes se tenían la una a la otra y aquello siempre les sirvió para seguir adelante. 

Sentimental Value está llena de emociones, de momentos incómodos, de risa incómoda y de discusiones que parecen no llegar a ninguna parte; después de ver tanta película que parece artificial, Sentimental Value sobresale entre varias como una película sobre la vida misma, una historia de llena de matices que me destruyó el corazón y que luego lo consoló con una mezcla entre los recuerdos de Nora y Agnes y los míos.

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