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We'll always have Paris

 


Vivir en una de esas zonas desérticas estadounidenses debe ser una de las experiencias más aburridas de la vida; pareciera que no hay colores, que no existiera la entretención, que las distracciones sólo son para algunos y que las conversaciones se basan en trabajo, casa y trabajo. Aburridísimo. Sin embargo, es la realidad en la que conviven Henrietta (Saoirse Ronan) y Junior (Paul Mescal), un joven matrimonio estancado en una aburrida rutina.

Para entristecer todavía más el panorama, nos encontramos en el año 2065, en un contexto casi postapocalíptico en donde el agua es escasa y los efectos del cambio climático son evidentes, pero el gobierno ha estado desarrollando experimentos que permitirán la vida en el espacio. Junior es seleccionado al azar como uno de los participantes que podrá viajar y comprobar de primera fuente si es posible cambiar a toda la humanidad de planeta, por lo que al hogar llega Terrance (Aaron Pierre), un empleado del gobierno, a registrar pruebas y a observar la dinámica entre Junior y Henrietta.

Como si un viaje al espacio no fuese poco para alterar la ya incómoda rutina entre el matrimonio, Terrance les informa que una réplica de Junior acompañará a Henrietta durante la ausencia del marido para que ella no quede completamente sola en la Tierra. Las cosas comienzan a cambiar entre ellos; si en un principio podíamos notar que había cierta distancia, la idea del viaje y de pasar un año separados comienza a unirlos y aquella llama de los primeros años de matrimonio pareciera volver a encenderse.


Lamentablemente, no es mucho lo que puedan hacer en el desierto, durante la preparación para el viaje o con una historia a la que le falta emoción y acción. Más que un thriller de ciencia ficción, “Foe” parece un drama más sobre el distanciamiento de un matrimonio y la manera en que ambas partes conllevan el conflicto; en ese sentido, al menos las actuaciones de Paul Mescal y de Saoirse Ronan cumplen, pero la película se vuelve larga, lenta y tan apagada como el lugar en donde sus personajes viven. “Foe” no gira alrededor del fin del mundo ni de la verdad acerca del apocalipsis ni tampoco de la tecnología que podríamos tener dentro de cuatro décadas, nada de eso es importante para los personajes principales cuando lo único con lo que deben lidiar es con la crisis de su relación; no hay otros detalles interesantes más allá de un auto que se conduce solo y un par de naves por ahí.

Se supone, además, que la película tiene un plot twist cerca del final, pero todo el desarrollo hacia él se siente vacío y la gran revelación no tiene la emoción necesaria como para causar una impresión de esas que se quedan contigo hasta tiempo después de haber visto la película. Garth Davis, el director, consiguió emocionar más con su cinta anterior, “Lion”, y ya sé que esa historia es una que busca emocionar y sacar lágrimas, pero al menos tenía diálogos y situaciones más cautivantes.

Quizás “Foe” sea de esas películas que no le hacen justicia al libro o quizás haya que leer el libro primero, pero al menos consiguió capturar y traspasar esa atmósfera inerte, aburrida y silenciosa del mismo sector en donde sus personajes esperan seguir viviendo.
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La trama de un narcotraficante que desea comenzar su transición expresada a través de un musical sonaba interesante en un principio; después de todo, un poco más de representación transexual en los medios nunca estará de sobra, pero el desarrollo de “Emilia Pérez” deja bastante que desear. Tras unos primeros minutos en donde consigue llamar la atención, la película pronto comienza a decaer y a quedar en nada más que en una superficial historia hecha a medias.

Manitas del Monte (Karla Sofía Gascón) es un criminal mexicano que contrata a la abogada, Rita Mora Castro (Zoe Saldaña), para que ella le ayude a encontrar a un discreto doctor que practique su anhelada transición. ¿Por qué un narcotraficante de la talla de Manitas necesitaría una abogada? La película no lo explica, pero Rita acepta la oferta, ya que trabaja en una oficina en donde jamás encontrará oportunidades de crecer ni tampoco un mejor sueldo. Tiempo después, siendo ahora Emilia Pérez, la ex criminal crea una organización que ayuda a las familias de personas que han desaparecido por culpa del narcotráfico, personas que incluso desaparecieron por culpa de Manitas. 

Las temáticas de la película son, sin duda, temas bastante presentes tanto en México como en el resto de Latinoamérica, pero “Emilia Pérez” no supo reflejar la realidad de ninguno de sus temas. La película sólo toma estas situaciones casi como una excusa para presentar una historia floja, prejuiciosa e ignorante que no avanza, no emociona y no funciona.

Uno de los mayores problemas debe ser que el director, Jacques Audiard, es francés, que ninguna de las protagonistas es mexicana y que, durante producción, hubo muy pocos latinos involucrados. Al comienzo, le di el beneficio de la duda a Jacques Audiard sólo porque dirigió "Rust and Bone", una de mis películas favoritas de Marion Cotillard, pero él enseguida deja en evidencia lo poco y nada que sabe acerca de la cultura mexicana, por lo que “Emilia Pérez” pasa a ser otra película más que se basa en sólo ideas preconcebidas de cómo los europeos siempre nos han visto. En lugar de haber profundizado en temas como la transexualidad o la violencia, la película trata estos temas de manera superficial; cada escena se siente vacía y es incluso difícil empatizar con los personajes.


Tampoco ayuda el hecho de que cada canción parte de este musical es más aburrida que la anterior; las frases no riman, el ritmo se pierde y, al igual que varias de las escenas, las canciones no consiguen emocionar y sólo parecen un relleno adornado con una bonita fotografía alrededor. En cuanto a las actuaciones, las de Karla Sofía Gascón y de Zoe Saldaña son decentes, pero también bordean la vergüenza ajena en ocasiones. Sin embargo, la peor decisión de casting tiene que ser la de Selena Gómez; primero, es una decisión bastante cuestionable cuando todos sabemos que ella apenas habla español y que es una de los varios actores y cantantes estadounidenses que quieren sumarse a la moda que ahora significa ser latino. Más allá de que su personaje sea una norteamericana que acabó casada con Manitas y que su acento sea el de un gringo promedio, la molestia con Selena Gómez tiene que ver con la apropiación cultural de la que se aprovecha cada vez que quiere sacar a relucir su cuarto de origen latino sólo cuando le conviene; el resto del año, ella sigue siendo estadounidense, una que no se molesta en aprender ni siquiera el idioma de la cultura de la cual dice ser parte.

“Emilia Pérez” arrastraba cierta reputación desde su estreno en el festival de Cannes este año; la película ganó el Premio del Jurado y el premio a Mejor Actriz, el cual se repartió entre las tres protagonistas, un hecho que ya causaba bastante impresión, porque pocas veces esto ha sucedido. Junto con una ovación de nueve minutos luego de su estreno, parecía que "Emilia Pérez" era una película digna de ver, una representación de la cultura latina y una puerta para una actriz transexual... pero no.

Cada año que pasa me doy cuenta de que no se puede confiar en el aplausómetro de Cannes.
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La rivalidad entre Cicerón y Catilina en la antigua Roma fue parte de la inspiración que motivó a Francis Ford Coppola para realizar “Megalopolis”, película que se había convertido en su ambición y obsesión desde hace décadas. Coppola trató durante mucho tiempo encontrar a alguna productora que financiara su proyecto y ya que nadie quiso arriesgarse y confiar en él, el director decidió financiar la cinta por sí mismo, tomando las riendas de su pequeño sueño. Ahora que ya vi "Megalopolis", puedo entender por qué nadie quería perder plata con esta película.

Entiendo que los grandes directores quieran realizar la obra de sus sueños cuando por fin pueden o cuando por fin se sienten listos, pero creo todos podríamos haber seguido viviendo sin “Megalopolis”. A pesar de estar bajo la clara influencia de la estética romana tanto en su trama como en detalles en cuanto a los nombres o a la vestimenta de los personajes, detalles que podrían haberla transformado en una historia que apelara a la estética y al drama, la película deja bastante que desear luego de sólo pasar a ser un ascenso lento y gradual, para luego continuar desinflándose desde la media hora en adelante.

La trama gira en torno a la ciudad ficticia y futurista llamada Nueva Roma, la cual vendría siendo una visión moderna de Nueva York, en donde los rivales Cesar Catilina (Adam Driver) y Franklyn Cicero (Giancarlo Esposito) nunca pueden llegar a un acuerdo en cuanto al avance arquitectónico de la ciudad; mientras que el alcalde Cicero quiere desarrollar el crecimiento en base a casinos y al turismo, Catilina quiere construir una especie de paraíso gracias al megalón, un material de construcción creado por él y el cual le valió un premio Nobel. Para complicar más las cosas entre ellos, Julia (Nathalie Emmanuel), la única hija de Cicero, se involucra románticamente con Catilina y la ex amante del arquitecto, Wow Platinum (Aubrey Plaza) se entromete con el futuro financiero de su familia.


Esta fábula, como los créditos nos la presentan, pareciera no tener más intención que reforzar y sostenerse en grandes efectos especiales y en la vanidad de autor; la grandiosidad con la que quiso desarrollarse no queda en nada más que en un par de imágenes bonitas. Los protagonistas no tienen química, los diálogos quieren sonar irreverentes y filosóficos, pero suenan vacíos y aburridos; quizás la única que destaca, muy a mi pesar, es Aubrey Plaza, quien no tiene problemas para dejarse llevar alrededor de interacciones y lugares tan incómodos como extraños.

Es una lástima por actores como Adam Driver, Giancarlo Esposito o Kathryn Hunter, quienes son de esos actores que siempre consiguen lucirse hasta en las películas más aburridos; en "Megalopolis" cada talento se va hundiendo más y más tras cada escena, a pesar de cada intento de salvar esta película. De nada sirven sus actuaciones cuando la historia crece hasta llegar a nada, a un decepcionante final que, luego de los créditos, nos recuerda que Francis Ford Coppola le dedicó esta película a su reciente fallecido esposa. Entiendo que sea un gesto emotivo, pero ni siquiera ese detalle me consiguió emocionar.

Creo que “Megalopolis” estaba destinada al fracaso desde un principio. Primero, si no pudiste hacer una película en treinta años, ya sea debido al dinero o a la falta de apoyo económico, el mensaje es claro; segundo, a pesar de que ninguna película está libre de alguna polémica, "Megalopolis" se rodeó de dos bastante clichés. Sinceramente, a estas alturas, ¿quién puede seguir trabajando con Shia LaBeouf? Su nombre, más que atraer curiosidad, sólo genera desprecio, pero, ¿a quién queremos engañar? Hollywood trabajará con pedófilos y abusadores antes de contratar a otro actor que sí valga la pena. Y si hablamos de acoso, las acciones por parte de Coppola hacia varias de las actrices durante el rodaje tampoco ayudó a la causa. 

Pero, aun sin todas estas controversias, "Megalopolis" no habría podido salir a flote por sí misma; la vanidad y el ego de un director que nos dio un par de excelentes películas no son cualidades suficientes para crear otra buena película. Más que en los aspectos técnicos, lo mejor hubiese sido concentrarse en entregar una buena historia y unas buenas actuaciones antes de apostar todo el dinero en una farsa aburrida y pseudo filosófica.
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A estas alturas de la relación entre Yorgos Lanthimos y yo, ya no debería sorprenderme de nada de lo que salga de su cabeza; sin embargo, si hubiese empezado a ver su filmografía desde sus primeras películas, habría quedado bastante espantada con todo lo que sucede en “Dogtooth”. Es sabido que el cine de Lanthimos busca ser provocador, controversial y muy distinto al resto de sus pares, una intención que aprecio y que muy pocas veces falla.

En “Dogtooth”, Lanthimos nos presenta a una familia que ha decidido criar a los hijos dentro de una burbuja. El padre y la madre tuvieron tres hijos, a quienes llaman simplemente la Mayor (Angeliki Papoulia), el Hijo (Christos Passalis) y la Menor (Mary Tsoni). No sabemos si es una medida de protección extrema o si se trata de un experimento, pero los padres mantienen a sus tres hijos alejados de toda realidad; en la casa no existe la televisión, ni el teléfono, ni siquiera internet. Ellos pasan el día dentro de la generosa propiedad o alrededor del patio, nadando en la piscina o jugando a cualquier distracción que la madre decida por ellos. Los padres han creado una especie de secta, en donde los hijos sólo hacen lo que se les dice y nunca cuestionan nada.

Los padres también llenan la cabeza de sus hijos con historias que ellos ya tienen dentro de su conciencia y que representa la única realidad que conocen; creen que tienen un hermano, a quien le hablan desde la reja del hogar, creen en ciertas palabras que tienen otra definición completamente distinta (zombie es una flor, mientras que teclado es una vagina, por ejemplo), y también creen que sólo estarán listos para salir de casa una vez que pierdan el diente canino. A pesar de lo extraño y hasta ridículo que todo esto pueda parecer, los hijos son felices dentro de su pequeña burbuja, porque eso es todo lo que conocen; no podemos esperar a que comiencen a dudar o a que comiencen a rebelarse, porque, dentro de un contexto así, las personas creemos sólo lo que se nos dice. Nadie cuestiona las cosas que tus padres te dicen en la infancia y, si te siguen tratando con aquella ingenuidad o si no interactúas con el resto del mundo, la mentira se vuelve tu realidad.



La única interrupción a la rutina familiar es la visita esporádica de Christina (Anna Kalaitzidou); no deja de ser curioso el hecho de que los padres arreglen encuentros sexuales sólo para el Hijo. La presencia de Christina, sin embargo, es lo que comienza a despertar la curiosidad de las hijas en cuanto a cosas desconocidas para ellas, como películas u otro tipo de contacto físico. El resto de los días son silenciosos y extraños, pero los padres no pierden oportunidad de seguir lavando el cerebro de sus vástagos; ya que nunca sabemos la verdadera razón tras aquella decisión de crianza, el director puede darse el lujo de llevar la historia hasta los lugares más extremos y hasta las situaciones más incómodas de ver. 

Como el resto de las películas de Lanthimos, “Dogtooth” no se salva de ser incómoda, de causar una risa nerviosa o una mueca de asco, ni de provocar sentimientos o ideas que en un día común jamás aparecerían. Al mismo tiempo que se siente un profundo rechazo hacia los personajes de los padres, también se siente mucha lástima por los pequeños adultos que criaron bajo aquel ambiente tóxico y claustrofóbico, varias veces violento, pero también contradictoriamente cariñoso en ocasiones.

Ya sea para hacer reír o para incomodar, el cine de Lanthimos siempre conseguía hacerme sentir algo distinto y varias veces me entretenía, pero “Dogtooth”, más allá de la pena y el rechazo, no hizo nada más que provocarme aburrimiento; quizás se deba a su ritmo, a su aura silenciosa o quizás al hecho de que las decisiones de Lanthimos ya no me sorprenden como me pasaba en un principio, pero sentí el mismo aburrimiento que me causó “Kinds of Kindness”. 

Espero que Yorgos no retome viejas costumbres ni que tampoco se quede con las últimas y que, algún día, vuelva a lo que hacía con cosas como “The Lobster” o “The Favourite”. 
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El final de la década de los setenta significó un gran caos en la sociedad estadounidense: guerra en Vietnam, violencia en las calles, cultos satánicos al alza tras el caso de Charles Manson y más, situaciones que mantenían al público tanto en alerta como pegados a la pantalla de la televisión. Era el escenario ideal para transmitir todas esas cosas que la gente temía, pero que, al mismo tiempo, despertaban el morbo general. Comprensible; esto sigue sucediendo hasta el día de hoy.

El programa “Night Owls with Jack Delroy” es uno más de los talk shows que no puede competir en sintonía con el ya clásico “The Tonight Show Starring Johnny Carson”; por más que también cuente con un carismático animador y por más que transmita historias raras e interesantes, el programa no puede ganar nunca cuando se trata de ratings. Quien carga con todo el peso de este problema es Jack Delroy (David Dastmalchian), el encantador presentador del programa, quien recientemente ha quedado viudo y la prensa, en lugar de darle espacio, continúa tratando de exponer la conexión de Jack con un grupo ultra secreto llamado The Grove, grupo que también cuenta con políticos y figuras de renombre dentro de sus integrantes.

Tras la muerte de su esposa, Jack regresa recargado a su programa y decide hacer un especial de Halloween, en donde reúne a distintos invitados especiales. Primero, tenemos a Christou (Fayssal Bazzi), un médium que habla con los espíritus del más allá; también asiste Carmichael Haig (Ian Bliss), un mago e hipnotista que, sorpresivamente, es un escéptico en busca de exponer a todos esos personajes que considera unos simples farsantes. Pero el número principal es la presencia de la doctora June Ross-Mitchell (Laura Gordon) y su sujeto de estudio, Lilly (Ingrid Torelli), una niña de once años que fue rescatada de un culto satánico liderado por un tal Szandor D'Abo (Steve Mouzakis), el cual había sido la mente tras un terrible suicidio en masa.

El ambiente en el programa al principio es de diversión y de curiosidad, pero tras ciertos incidentes con Christou, la tensión comienza a formarse. Luego, con la presentación de Lilly y el misterio tras la posesión de su cuerpo a manos de un demonio, el ambiente cambia dramáticamente y una ola de miedo y de suspenso atrapa tanto a los espectadores como a quienes dirigen el programa. La presencia de Lilly es adorable, incómoda e impredecible y la muestra que la doctora June realiza se convierte en el momento que tanto Jack como sus productores esperaban: un aumento en la sintonía. Sin siquiera sospechar de las fuerzas oscuras con las que están jugando, los hombres deciden continuar con el programa a pesar del peligro del que June les advierte.


“Late Night with the Devil” comienza como una especie de documental sobre la carrera de Jack Delroy para luego mostrar el capítulo prohibido de su programa como la cinta que pudo rescatarse hoy en día; es, básicamente, como si estuviéramos viendo un documental más de aquella oscura época en donde lo desconocido era lo más temido. Parece tan real que es imposible no involucrarse de inmediato en la trama y sentir que la película dura apenas media hora; el hecho de que esté presentada de aquella manera me atrapó desde el principio, sintiendo que era una especie de aire fresco entre tanta película de terror tan parecida a la otra.

La tensión también es increíble, pero no deberíamos esperar aquellos sustos baratos que pretenden ser la mejor parte de una película de terror, sino más bien “Late Night with the Devil” escoge ese suspenso que recuerda la analogía de la bomba escondida bajo la mesa que explicaba Alfred Hitchcock, pero en lugar de una bomba, acá podemos tener una daga, una niña o hasta un reloj para hipnotizar hasta al más escéptico. Yo creí en todo lo que “Late Night with the Devil” me contaba y la experiencia de ver esta película fue una que hace tiempo no tenía con una del género.

Todo por el rating es una premisa que continúa siendo parte de la televisión hasta el día de hoy; si no está presente en programas como “Night Owls with Jack Delroy”, está más que presente en cada noticiario de cada canal existente. No sería bueno que pasara lo mismo que pasa durante las escenas finales de “Late Night with the Devil”, pero un buen susto no le haría nada de mal a varios de esos productores.
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Continuando con lo había quedado pendiente hace tres años, Denis Villeneuve ya estrenó “Dune: Part Two”, la continuación de la saga escrita por Frank Herbert y cuyo estreno se vio retrasado debido a la justificada huelga de actores durante 2023. Personalmente, el retraso no me preocupó demasiado, pero sí estaba ansiosa por ver si esta segunda entrega podría provocar algo de emoción en mí, detalle que ni su predecesora ni la versión de David Lynch lo han podido conseguir.

“Dune: Part Two” retoma la historia que concluye en la primera parte, mostrándonos ahora cómo Paul Atreides (Timothée Chalamet) y Lady Jessica (Rebecca Ferguson) se las arreglan para sobrevivir en la inmensidad del desierto tras haber sido ayudados por los Fremen; la mitad de ellos no está a gusto con la idea de convivir con un par de extranjeros, mientras que la otra mitad mantiene sus esperanzas en la figura de Lisan al Gaib, una especie de mesías que los salvará de toda injusticia. Chani (Zendaya) no cree en aquella profecía, pero sí cree en Paul, por lo que se convertirá en su mayor aliada durante su entrenamiento en el desierto.

Al mismo tiempo, el planeta Arrakis es ahora manejado por los Harkonnen, aquel grupo de hombres siniestros que conspiraron para acabar con la dinastía Atreides; mientras el barón Vladimir Harkonnen (Stellan Skarsgård) continúa al mando, la amenazante presencia de su sobrino, Feyd-Rautha (Austin Butler), es temida por todo el universo, incluyendo por el emperador Shaddam IV (Christopher Walken) y su hija, Irulan (Florence Pugh). Quienes no temen de nada continúan siendo las Bene Gesserit, grupo que, gracias a sus poderes y conspiraciones, planean manipular a Feyd-Rautha a través de Lady Margot Fenring (Léa Seydoux).



Tras el entrenamiento de Paul y el ascenso de Lady Jessica al estatus de Reverenda Madre, la guerra entre ambos bandos es inevitable. Gracias a la técnica de Denis Villeneuve y de su cinematógrafo, Greig Fraser, “Dune: Part Two” no decepciona en cuanto a estética se trata, pero la primera entrega me sigue pareciendo mucho más visualmente hermosa. También quiero destacar que, a diferencia de aquella primera parte, esta continuación se siente mucho más cargada de cosas que van pasando, no necesariamente de más acción o de más emoción, pero sí pasan cosas y no son sólo diálogos de lo que va a pasar. 

Luego de una primera hora de película, la cual se concentra en el entrenamiento de Paul, la historia se vuelve mucho más rápida y más interesante, pero el sobre dramatismo de los diálogos continúa tan presente como siempre. Quizás sea algo presente en los libros también y siempre me culpo de no haberlos leído todavía, pero si vamos a hacer una versión cinematográfica, podríamos darle un poco más de emoción.

Las actuaciones, eso sí, no decepcionan. Rebecca Ferguson es tan intimidante como perfecta en su papel de Lady Jessica, Austin Butler se prueba a sí mismo que puede hacer mucho más dejando la voz de Elvis atrás, mientras que a Zendaya ahora sí se le permite lucirse con su interpretación de Chani; si bien la mayoría de los personajes parecen ser seres fríos e inanimados, Chani al menos pareciera ser el corazón de esta historia. Ya que se ha dado pie para una tercera parte, espero también ver más de Florence Pugh en una próxima entrega, pero sobre todo del personaje de Léa Seydoux, quien encaja muy bien dentro de todo este elenco.

A pesar de no haber provocado mucho en mí, “Dune: Part Two” es una clara mejora en cuanto a entretención de trata, pero no una mejor entrega que su predecesora; ambas están a un mismo nivel. Espero que, para un próximo estreno, quizás dentro de dos o tres años, mis expectativas ya sean completamente inexistentes. Y espero haber leído los libros también.
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Hay dos verdades universales cuando de comedias románticas se trata: uno, “La Boda de mi Mejor Amigo” es una de las mejores películas del género y dos, cualquier otra que esté basada en alguna obra de William Shakespeare siempre tendrá un lugar especial en nuestros corazones. Cuando una película es anunciada como otra de las grandes que pertenecerá a esta nueva era de las comedias románticas, cuando se basa en parte en “Much Ado About Nothing” y cuando tiene a dos actores de “La Boda de mi Mejor Amigo” dentro de su reparto, todo lleva a concluir que iremos por un buen camino.

Pero no.

“Anyone But You” terminó siendo otra decepción. Dirigida por Will Gluck, quien también estuvo a cargo de “Easy A”, la película sólo es un conjunto de clichés que no aporta nada al género. No es que el uso de clichés en las comedias románticas sea algo negativo o algo que no se pueda hacer, pero el punto es saber cómo desarrollarlos para que la historia se sienta fresca y novedosa. La trama de “Anyone But You” es la reconocida trama del enemies to lovers que, por lo general, siempre genera conflicto y entretención. 

Bea (Sydney Sweeney) y Ben (Glen Powell) se conocen de manera muy tierna en una cafetería y pasan todo un día juntos, pero un enredo los separa y sólo vuelven a reunirse cuando la hermana de Bea se compromete con la mejor amiga de Ben, situación que los lleva a una de estas destination weddings en Australia. Para no causarle más problemas a las novias, Ben y Bea acceden a fingir que no se odian y a hacerle creer a todo el mundo que están juntos, lo cual podría llevar a más confusiones y a situaciones divertidas, pero tras una hora de película, no tenemos chistes, ni química ni trama.


Lo lamento por Sydney Sweeney, pero pareciera que la comedia no es su fuerte, porque no pudo hacer mucho con su personaje; quizás también se deba al guion, pero el personaje de Bea no es ni interesante ni alguien a quien quieras ver triunfar como la clásica heroína de las comedias románticas. Su compañero, Ben, tampoco tiene mayor gracia, pero Glen Powell hace mucho más por él y, a pesar de que, personalmente, no me provoca nada, es un increíble actor para este género; se nota que lo pasa muy bien y que puede darle algo más de humanidad al personaje principal.

La trama, que sólo pasa de enredo aburrido tras otro enredo aburrido, pronto cansa y los personajes que deberían servirnos como distracción están demasiado concentrados en el conflicto entre Bea y Ben; todo el mundo está pendiente de lo que pasa entre ellos, no tienen otro tema de conversación y nadie pareciera tener otra cosa que hacer, ni siquiera las novias que están a punto de casarse tienen otra preocupación como la torta, los vestidos, una ex novia o una madre narcisista volviéndote loca, por ejemplo.

Me gustaría decir que “Anyone But You” es, al menos, otra comedia romántica más del montón, pero hay otras del montón que tienen incluso una o dos cosas rescatables; este no es el caso.
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En la mitología griega, la figura de una sibila era la figura de una profetisa capaz de ver el futuro; quizás por esa razón fue que Justine Triet escogió quedarse con la forma escrita de “Sibyl” que con la más recurrente “Sybil” para su personaje principal de su película homónima estrenada en 2019. Protagonizada por Virginie Efira, la cinta cuenta la historia de una psicóloga que retoma una carrera como escritora.

Sibyl (Efira) es una psicoterapeuta que decide abandonar su trabajo para dedicarse a escribir a tiempo completo, tratando de recuperar la carrera que había abandonado. Determinada a terminar una novela, Sibyl se despide de la mayoría de sus pacientes y se enfoca en escribir, pero una joven actriz, llamada Margot Vasilis (Adèle Exarchopoulos), la contacta desesperada pidiendo su ayuda. 

Sibyl se siente tan atraída a la situación por la que Margot está pasando que su fascinación bordea la obsesión. Primero, la complicada relación entre Margot y el actor con quien está trabajando en una película, Igor Maleski (Gaspard Ulliel), es utilizada por Sibyl como la principal musa de su nueva novela, por lo que cada sesión con Margot le sirve como fuente de inspiración en una historia que puede controlar a gusto. Luego, cuando Margot la necesita en el set de la película, Sibyl comienza a involucrarse mucho más en el mundo de su paciente, incluso con la directora Mika Sanders (Sandra Hüller), esposa de Igor.


Al mismo tiempo que Sibyl se adentra en todo aquel universo, la película mezcla estas escenas con momentos del pasado que marcaron a la protagonista. La muerte de su madre, su lucha contra el alcoholismo y la presencia de un antiguo novio que, constantemente, aparece en el rostro de su pequeña hija, también continúan atormentando a Sibyl; de hecho, su propia historia es tan interesante que cada situación podría inspirar un libro aparte, pero también se comprende por qué Sibyl protege tanto su intimidad y prefiera involucrarse en la de otros.

Tras la maravillosa experiencia de haber visto “Anatomy of a Fall” y de luego de haber visto “Sibyl”, Justine Triet sólo demuestra lo bien que sabe escribir y dirigir personajes femeninos tan complejos como interesantes, sin que necesariamente sean un ejemplo o un modelo. Sus historias son enredosas, a veces crueles, otras veces frías, pero consiguen retratar la realidad de una manera muy específica. No sé exactamente lo que es, pero debe ser ese sentimiento que provoca ver una película escrita y dirigida por una mujer.

Es un sentimiento muy concreto que hace mucho tiempo estaba buscando y que me alegro de haber encontrado en el cine de Justine Triet.
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VA A GANAR:

• Mejor Película: Oppenheimer
• Mejor Director: Christopher Nolan
• Mejor Actor: Cillian Murphy, Oppenheimer
• Mejor Actriz: Lily Gladstone, Killers of the Flower Moon
• Mejor Actor de Reparto: Robert Downey Jr., Oppenheimer
• Mejor Actriz de Reparto: Da'Vine Joy Randolph, The Holdovers
• Mejor Guión Original: Anatomy of a Fall, Justine Triet y Arthur Harari
• Mejor Guión Adaptado: Oppenheimer, Christopher Nolan
• Mejor Película Internacional: The Zone of Interest
• Mejor Documental: La Memoria Infinita

DEBERÍA GANAR:

• Mejor Película: Anatomy of a Fall
• Mejor Director: Justine Triet
• Mejor Actor: Paul Giamatti, The Holdovers
• Mejor Actriz: Lily Gladstone o Sandra Hüller
• Mejor Actor de Reparto: Ryan Gosling or Mark Ruffalo
• Mejor Actriz de Reparto: Da'Vine Joy Randolph, The Holdovers
• Mejor Guión Original: Anatomy of a Fall, Justine Triet y Arthur Harari
• Mejor Guión Adaptado: Barbie, Greta Gerwig y Noah Baumbach
• Mejor Película Internacional: La Sociedad de la Nieve
• Mejor Documental: La Memoria Infinita
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Tras el estreno de “Poor Things”, leí varios comentarios que hacían alusión a una corriente llamada “Born Sexy Yesterday”. De hecho, hay un video que lo explica, pero se trata de aquellos personajes femeninos que mezclan su inocencia inicial con la mirada masculina tras el transcurso de la trama. Básicamente, este personaje puede ser una mujer adulta en apariencia, pero su mente es la de una niña o una adolescente que apenas está descubriendo el mundo a su alrededor.

Por supuesto que es perturbador notar que exista un personaje masculino atraído hacia esa actitud y por supuesto que la trama de “Poor Things” también suena parecida a un ejemplo del Born Sexy Yesterday. A pesar de que tanto su director, Yorgos Lanthimos, como su protagonista, Emma Stone, han defendido la premisa de la película, la cinta dejó muchos detractores que sólo ha aumentado la curiosidad que tenía de ver esta película, una curiosidad mucho menor que la de Bella Baxter por descubrir todo lo que la rodea, claramente.

Creada en el laboratorio de Godwin Baxter (Willem Dafoe), Bella (Emma Stone) es su más reciente experimento. Godwin, una especie de doctor Frankenstein que heredó tanto el talento de su padre como todas las cicatrices que sus experimentos le provocaron, creó a Bella utilizando el cuerpo de una mujer desconocida, pero intercambiando su cerebro por el de su propio bebé no nacido. Cuando conocemos a Bella, ella apenas está aprendiendo a caminar y a hablar y, es a partir de aquellos primeros momentos, en donde se nota la genialidad de la actuación de Emma Stone, quien nos convence fácilmente de que podría tener dos o tres años.

Godwin le pide ayuda a uno de sus alumnos, Max McCandles (Ramy Youssef), para monitorear el experimento de Bella; Max queda tan fascinado con ella que acepta casarse, pero sus planes son interrumpidos por el abogado Duncan Wedderburn (Mark Ruffalo), quien convence a Bella de escapar con él. A estas alturas de la película, el cerebro de la protagonista parece haber evolucionado: habla mejor, camina mejor y también está en toda aquella etapa de despertar sexual, una que hasta nos trae recuerdos frutales de “Call Me By Your Name”. Aprovechando entonces el momento, Duncan lleva a Bella de viaje por Europa, en donde ella puede saciar su descubrimiento sexual cada cinco minutos. Literalmente.

El viaje de Bella no se queda sólo en los placeres eróticos, sino que también va conociendo a más personajes, quienes despiertan en ella una curiosidad distinta por la lectura, el socialismo y hasta por las injusticias de la vida. A través de sus anécdotas dentro de un barco y dentro de un prostíbulo parisino, el carácter de Bella se va moldeando en uno mucho más compasivo, comprensivo y empático, lo que por supuesto molesta mucho a Duncan. La relación entre ambos es una clara metáfora de aquellas relaciones en donde un hombre mayor busca a una pareja menor para moldearla y manipularla a su gusto; sólo cuando aquella persona menor empieza a cuestionar y a rebelarse es que el mayor se frustra y trata de volver a rebajarla. El personaje de Mark Ruffalo es patético, pero aquel detalle es el que lo hace tan divertido.

“Poor Things” está basada en una historia escrita por Alasdair Gray en 1992; a pesar de no ser una película de la autoría de Yorgos Lanthimos, de todos modos, sí pareciera ser obra de autor. La cinta cuenta con todos los recursos que el director nos ha mostrado en su filmografía, como aquellos planos filmados con un ojo de pez o aquel humor entre negro y grotesco y, definitivamente, aquel diseño de producción que pareciera ser un sueño dentro de una pesadilla o una pesadilla dentro de un sueño.

En cuanto al mensaje de la película y las críticas que ha recibido, no creo que haya sido la intención de “Poor Things” de celebrar una especie de liberación femenina a través de Bella, sino que más bien gira hacia el lado del hedonismo y de la simple curiosidad. La prostitución nunca será una expresión de liberación femenina por más que alguien decidiera ejercerla por voluntad propia; mientras existan personas atrapadas en un círculo de violencia, abuso y explotación, la sexualidad femenina nunca será liberadora bajo aquel contexto. Lo que decepciona, sí, es que “Poor Things” se concentra mucho más en la sexualidad de Bella, como muestra de su crecimiento personal, que en otras cosas más interesantes respecto a su empoderamiento, como la inteligencia que va desarrollando durante su viaje o la empatía que siente hacia cada persona que conoce.

Las películas de Yorgos Lanthimos son provocadores, grotescas, ridículas y caricaturescas; es en aquellas características en donde reside todo su encanto y comenzar a cuestionar más allá sólo nos hará disfrutar menos de sus historias. A veces hay que poner en práctica la actitud de Bella Baxter y abrir la mente hacia diferentes cosas para no correr el riesgo de convertirnos en un mísero abogado Duncan.
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Catalina.
Basada en hechos reales.

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