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We'll always have Paris

 


Cuando de biopics musicales se trata, la trama siempre es la misma: descubrimiento, ascenso, problemas, caída y regreso al estrellato; la biopic se da de manera rápida y no se permite muchos detalles ni mucha polémica, debido al ánimo de no querer ofender o de no invadir la privacidad del músico al que presenta en pantalla. Ha sucedido antes con “Bohemian Rhapsody” o “Rocketman”, cada una con distintos resultados.

Un resultado muy diferente es el que logra “Her Smell”, película dirigida por Alex Ross Perry, ya que, al crear una banda ficticia, se puede decir y representar mucho más de lo que alcanza una biopic; además, la historia se centra en el comienzo del fin, la decadente carrera musical de la banda Something She, banda que, si antes solía llenar estadios, ahora sólo debe conformarse con tocar en pequeños recintos y soportar los excesos de su vocalista principal, Becky Something (Elisabeth Moss).

Intercalando la caída de Becky con videos caseros sobre los mejores momentos de la banda, aquellos en donde conseguían portadas de revistas o discos de oro, “Her Smell” también muestra las dificultades de aquellos que rodean a Becky; sus compañeras de banda, Marielle Hell (Agyness Deyn) y Ali van der Wolff (Gayle Rankin) ya no pueden lidiar con aquellas actitudes autodestructivas y cuestionan su estadía en el grupo. Danny Something (Dan Stevens), ex pareja de Becky, sufre al ver cómo su pequeña hija, Tama, interactúa con una madre irresponsable y negligente, mientras que Howard Goodman, dueño de la discográfica que contrató a Something She, ve cómo el comportamiento de Becky pone en peligro su empresa y su patrimonio.

A través de cinco actos impredecibles y claustrofóbicos, “Her Smell” nos muestra el peor lado de la personalidad de Becky, uno irresponsable, inmaduro, dependiente de sustancias y de falsos gurús que se aprovechan de su vulnerabilidad, uno que podría hasta arriesgar el futuro musical de Akergirls, una banda compuesta también por tres mujeres que tienen la imagen de Becky sobre un pedestal; nadie sabe qué hacer con Becky y no podemos culpar a sus cercanos cuando confiesan que sólo quieren alejarse de ella. Aquella vida de excesos y música puede ser considerada glamorosa desde el exterior, pero “Her Smell” nos recuerda que sólo es una fachada y una dolorosa e incómoda realidad.

Elisabeth Moss es una protagonista increíble, un hecho que ella demuestra también en televisión, gracias a “The Handmaid’s Tale”; en esta película, Moss es capaz de hacernos aborrecer a un personaje durante sus momentos más caóticos y problemáticos, así como también hacernos sentir compasión durante sus momentos más pacíficos e introspectivos, por ejemplo, cuando el personaje de Becky entona una linda versión de “Heaven” frente a su pequeña hija. La música es una clara protagonista también y el soundtrack, a cargo de Alicia Bognanno y de Keegan DeWitt, atrapa todo ese espíritu punk que las bandas femeninas han sabido demostrar.

A pesar de que “Her Smell” cuenta el clásico descenso de un artista debido a sus propios excesos, me pareció que la película cuenta con un tono original, después de todo; es impredecible, incluso hasta el último momento, y conmueve hasta en los peores momentos de la protagonista. Quizás sea un tanto extensa, pero las actuaciones y la música valen la pena.
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¿Qué más se puede decir de una película que ha sido analizada a diestra y siniestra desde el momento de su estreno? Junto con “Citizen Kane”, “Persona” debe ser una de las películas más estudiadas en la historia del cine. Tanto actores como directores la citan como una de las cintas que han influenciado su carrera o que marcó algún momento de sus vidas; existen innumerables ensayos y pasajes de libros dedicados a analizar la técnica de Ingmar Bergman o los temas que se tratan en esta película, por lo que una opinión más es casi irrelevante.

Es tan grande la reputación de “Persona” que es de esas películas que no pueden faltar en la lista de cualquier persona que disfrute del cine, ya que todo el mundo se ha encargado de darle un estatus de icónica. A pesar de no ser mi primera película de Bergman, este sí era mi segundo intento de ver “Persona” sin morir de aburrimiento en el intento. Entiendo que el director sea un director respetado y que su estilo sea único, pero es inevitable pensar que es uno de aquellos directores que sólo presentan una trama y un estilo que parecen complejos, el cual al final no termina diciendo mucho; sigue en mi menta la idea de que su dirección no es más que otro intento de presentar algo complicado para hacerlo pasar como algo intelectual.

De todos modos, esta vez pude ver “Persona” sin interrupciones y pude llegar hasta el final. Más allá de un par de imágenes iniciales que no parecen tener conexión con nada, la película comienza contándonos la historia de Elisabet Vogler (Liv Ullmann), una actriz de teatro que ha dejado de hablar y de moverse, y de Alma (Bibi Andersson), la enfermera que está a cargo de su cuidado. El doctor de Elisabet recomienda que la actriz continúe su proceso de recuperación cerca del mar, por lo que ella y Alma se mudan a una pequeña cabaña en la costa. Sin mucho qué hacer, Alma se desahoga con Elisabet y le cuenta varias anécdotas acerca de su vida que le dan un carácter mucho más interesante a la película.

Más allá de tratar de analizar los temas filmográficos de “Persona”, siempre será mucho más entretenido analizar los temas valóricos que ambos personajes nos presentan. Ingmar Bergman dijo una vez que prefería que la película no fuese tan analizada, sino que más bien fuese sentida y que cada uno sacáramos nuestras propias conclusiones. Siguiendo aquella línea, las temáticas de la maternidad y el aborto deben ser las más interesantes de comprender; tanto Alma como Elisabet tienen distintas miradas respecto al tema, pero a cada una la idea de la maternidad las marcó para siempre. Es un logro que, para la época, “Persona” haya podido retratar ambos temas con tanta libertad y quizás sea lo que más rescato de la experiencia de haber visto esta película.

También es destacable todo ese ambiente de thriller psicológico que rodea a la segunda parte de “Persona”, cuando el silencio se transforma en un elemento de desconfianza entre Alma y Elisabet; no sólo eso, la trama también bordea el tema de una posible psicosis o esquizofrenia que ataca a uno de los personajes, lo cual explicaría el problema de su trauma más presente. La relación entre Alma y Elisabet es otro de los puntos interesantes, ya que su relación pasa por distintas etapas durante la película; comienza casi como una amistad, la cual crece durante sus momentos en la cabaña, hasta llegar a una especie de resentimiento, rencor y confusión que termina revelando mucho de ambas.

En varios de los análisis que he leído sobre “Persona”, la atención sólo se concentraba en la cinematografía y en los elementos que siempre se han destacado en el cine de Ingmar Bergman, pero poco leí sobre los temas que me llamaron la atención. Prefiero mucho más quedarme con estos que comenzar un repetitivo y aburrido análisis de todo lo que ya se ha analizado. “Persona” es, claramente, una película experimental, pero que trata temas muchos más interesantes que la decisión de interponer imágenes engorrosas o grabar una historia en blanco y negro sólo porque sí.
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No es ninguna novedad que el cine de Pedro Almodóvar se centra alrededor de historias femeninas, como la maternidad, los desamores o la amistad, por ejemplo, pero en “Madres Paralelas” el cineasta decidió agregarle una subtrama política que tanto abre como concluye esta nueva historia de dos mujeres cuyos caminos jamás se hubiesen cruzado si no hubiese sido por la llegada abrupta de la maternidad.

Janis Martínez (Penélope Cruz) es una renombrada fotógrafa que, actualmente, se encuentra trabajando en un proyecto para exhumar una tumba dentro de la cual podrían encontrarse los restos de varias víctimas de la Guerra Civil Española, incluyendo la de su bisabuelo. Janis y el arqueólogo a cargo del proyecto, Arturo (Israel Elejalde), se involucran sentimentalmente y, como resultado, ella queda embarazada. La situación es complicada, ya que Arturo está casado y, a pesar del contexto, Janis desea tener al bebé.

Por otro lado, Ana (Milena Smit) es una dulce adolescente que no cuenta con el apoyo de ninguno de sus padres y se ve obligada a enfrentar la maternidad sola, incluso tras aquella traumatizante experiencia sexual. Es en el hospital en donde las vidas de Janis y de Ana comienzan a correr en paralelo, ya que ambas dan a luz el mismo día, algo que las hace compartir habitaciones e historias. Janis tiene a Cecilia, mientras que Ana tiene a la pequeña Anita y, desde aquel momento, ambas madres deciden mantener el contacto.

En una atmósfera que parece algo tensa, casi bordeando el género del thriller, “Madres Paralelas” continúa su trama a través de revelaciones tan grandes que podrían acabar con el espíritu de cualquier persona, pero los personajes de Janis y de Ana son tan resilientes como las interpretaciones de sus actrices en sí y continúan con sus propósitos a través de todo. Cada reconocimiento que ha recibido Penélope Cruz, incluyendo la nominación al Oscar, es totalmente justificable, pero también destaco mucho la actuación de Milena Smit, cuya sensibilidad es el verdadero corazón de “Madres Paralelas”.

La película también se toma su tiempo en mostrar distintos tipos de maternidad. En el caso de Janis, nos muestran una maternidad algo tardía, pero deseada; en el caso de Ana, ella enfrenta una maternidad no deseada e inesperada, pero la que no la hace amar menos a su pequeña hija. Por otra parte, también podemos observar la maternidad de Teresa (Aitana Sánchez-Gijón), la propia madre de Ana, cuya decisión de cumplir sus sueños y postergar el cuidado de su hija siempre será un tema lleno de prejuicios que la sociedad preferirá juzgar en lugar de tratar de comprender.

A medida que la historia llega a su resolución, tras todos esos enredos y vuelcos, también llega una resolución para el caso del bisabuelo de Janis. Es inevitable aprender sobre aquel tema y recordar la propia historia de Chile durante y después de la dictadura; todas esas fosas comunes, todos esos cuerpos sin nombre, todas las víctimas que, lamentablemente, no tuvieron justicia. Así como el término de una vida da comienzo a “Madres Paralelas”, el comienzo de otra es la esperanza que motiva a sus participantes a seguir, la única esperanza que al final muchas de aquellos involucrados en casos de dictadura también tienen.
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“The French Dispatch” no es sólo el nombre de la última película de Wes Anderson, sino que también es el nombre del célebre periódico al que hace alusión a lo largo de la cinta. Inspirado en aquellas míticas publicaciones de antaño, en donde el trabajo periodístico de investigación era una profesión estimada, Anderson entrega tres segmentos que destacan tanto una historia en particular como a un carismático periodista que se hace cargo de darle la dedicación que su historia merece.

El primer segmento, llamado "The Concrete Masterpiece", nos muestra a Moses Rosenthaler (Benicio del Toro), un torturado artista que pasa sus días encarcelado y vigilado por Simone (Léa Seydoux), quien luego se convierte en su musa; la sección está narrada por la periodista J.K.L. Berensen (Tilda Swinton). El segundo segmento es “Revisions to a Manifesto”, el cual cuenta la historia de la periodista Lucinda Krementz (Frances McDormand), quien se vio involucrada en las protestas estudiantiles de los años ’60; lo interesante de este segmento es la lucha de Lucinda contra la neutralidad periodística a la que siempre se ha aliado.

Por última, la tercera historia se llama “The Private Dining Room of the Police Commissioner”; protagonizada por Roebuck Wright (Jeffrey Wright), un periodista culinario, esta sección nos narra las desaventuras del secuestro del hijo de un policía, incluidas las negociaciones y su resolución. Además de estas tres secciones, la película cuenta con un epílogo, en donde Herbsaint Sazerac (Owen Wilson) se destaca como el periodista viajero, y también con un obituario, el cual nos hace saber que el editor de The French Dispatch, Arthur Howitzer Jr. (Bill Murray), ha fallecido. Es debido a esta razón que el grupo de periodistas que trabaja en la publicacón se pone en marcha y decide publicar sus reportajes más destacados a modo de homenaje a su director.

Si se pudiera definir a “The French Dispatch” en una sola frase, esta podría ser una oda al periodismo; siempre con un toque tan nostálgico como idealizado, Wes Anderson parece presentar la profesión ideal ante el mundo y tocar la más profunda de mis frustraciones sólo para que no pueda sentir más que ternura e idolatría por su último trabajo. Más allá de la belleza estética presente en “The French Dispatch”, la cual debe ser el guiño más notorio de su filmografía a la nouvelle vague, la película también logra capturar aquel sentido de respeto hacia la profesión del periodismo en una época en donde en verdad importaban mucho más las historias por sobre todo aquel sensacionalismo tan básico. Los periodistas de cada segmento cuestionan su neutralidad periodística, se involucran tanto en el contexto como en sus protagonistas, y entregan reportajes de una calidad entrañable; cada segmento es tan interesante y entretenido que cada uno podría ser su propia película aparte sin ningún problema.

En cuanto a dirección y a actuaciones, podemos esperar lo que siempre recibimos de una película de Wes Anderson; si nos gusta su estilo, nada podría fallar, pero se entiende que otros cuestionen estos detalles cada vez que el director estrena una nueva película. A pesar de seguir esta dinámica ya desde hace años pensando que algún día me aburriría, “The French Dispatch”, gracias a su estética y a su pasión por el periodismo, consiguió ganarse mi corazón tan rápido como la primera vez que “The Royal Tenenbaums”.

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Varias han sido las adaptaciones fílmicas y televisivas que nos han acercado a la vida de Diana Spencer, princesa de Gales, desde el momento en que entró a la realeza hasta la noche de su trágica muerte; la vida de Diana ha sido tan revisitada que ha sido imposible no crear una especie de mito alrededor de su persona. Todos creemos entender lo que le pasaba, todos creemos saber lo que en realidad estaba sucediendo detrás de cuatro paredes, pero nunca sabremos la verdad por completo.

Frente a figuras de este tipo, tan públicas como misteriosas, no hay más opción que continuar con la fantasía que las rodea. Pablo Larraín decidió dirigir una nueva historia acerca de Diana Spencer desde la base de una fábula, una ilusión en donde animales u objetos inanimados rodean al protagonista y su trama siempre nos entrega una moraleja durante los momentos finales. Siendo seguidora de aquella imagen mítica de la princesa de Gales, la idea de desarrollar una película de aquel modo puede ser lo más parecido a lo que tengo de estar de acuerdo con algún Larraín.

En “Spencer”, Pablo Larraín nos muestra un fin de semana clave durante la vida de Diana (Kristen Stewart): el fin de semana en donde, finalmente, decide ponerle fin a su matrimonio con el príncipe Charles (Jack Farthing). En la propiedad de Sandringham, la familia real se reúne para festejar la Navidad de 1991; el lugar parece frío e inmenso, lo cual, curiosamente, provoca desde el comienzo de la historia una sensación de incomodidad y claustrofobia, una que aumenta tras acompañar el recorrido de Diana por aquellos pasillos.

Diana decide llegar tarde y conduciendo sola, rompiendo los protocolos que tanto odiaba y consiguiendo nuevamente la apatía de la familia real, cuyos integrantes podrían pasar inadvertidos como cualquier otra de las estatuas que decoran Sandringham, siempre tan rigurosos y silenciosos. Nadie habla con Diana más allá de dos empleados y de sus pequeños hijos, William (Jack Nielen) y Harry (Freddie Spry); la princesa se ve obligada a pasar otra celebración familiar más entre miradas prejuiciosas e interacciones gélidas, situación que sólo la agobia y la hace extrañar la presencia de Maggie (Sally Hawkins), la empleada en la que más confía.

Aquella sensación de ahogo es la que más resalta durante toda la película; gracias al entorno encerrado y a los primeros planos que siguen a Diana a través de toda la propiedad, “Spencer” se transforma en un cuento claustrofóbico, sofocante y ansioso. La actuación de Kristen Stewart también consigue demostrar todas aquellas emociones sin la necesidad de crear una actuación cliché ni una que bordee la lástima; siempre me sorprendió el revuelo que causó el casting de Stewart como la princesa Diana, pero la figura pública de Kristen también tiene cierto parecido con la de Lady Di. Ambas son personas tímidas que se toparon con una fama que no buscaban; guardando las proporciones, Stewart podría entender perfectamente la magnitud del acoso y del juicio de Diana vivió.

Todo el peso de “Spencer” recae sobre los hombros de Kristen Stewart y ella sabe cómo sobrellevarlo; no es sorpresa tanta nominación durante esta temporada de premios. La dirección de Pablo Larraín también es muy buena y, aunque es inevitable recordar el estilo que rodeó a “Jackie”, me pareció que “Spencer” fue una mejor entrega. Es curioso que tanto Jackie O como Diana Spencer hicieran su aparición en la vida pública luego de casarse con hombres conocidos y de renombre, pero ambas películas se encargan de darles mucha más voz y humanidad, al mismo tiempo que nos ofrecen sus propias miradas acerca de los hechos que cambiaron el rumbo de sus vidas para siempre.

Si bien la historia real de Diana Spencer no tuvo un final feliz, la fábula de "Spencer" nos entrega un final esperanzador que, al menos durante algunos minutos, pudo haber significado el mejor momento para Diana durante toda su vida.
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Además de ser el título de su nueva película, Licorice Pizza era el nombre de una tienda de vinilos que el director Paul Thomas Anderson solía frecuentar cuando vivía en San Fernando Valley; es comprensible que quisiera usar el nombre de un lugar que le recordara su propia adolescencia al momento de retratar una historia ambientada en los años ’70 en su ciudad natal.

“Licore Pizza” gira en torno a las aventuras de Gary Valentine (Cooper Hoffman) y de Alana Kane (Alana Haim); él es un adolescente de quince años, carismático, extrovertido y hablador, mientras que ella es una joven de veinticinco años que todavía no sabe muy bien qué hacer con su vida. Ambos se conocen durante una sesión de fotografía en el colegio de Gary, quien se enamora perdidamente de Alana apenas la ve; ella no lo toma en serio, pero sigue pasando varios momentos junto a él.

El hecho de que una de las ideas principales sea la relación, platónica o no, entre un adolescente y una adulta ya es bastante incómoda; no creo que haya sido la intención de Paul Thomas Anderson el generar una controversia, porque nadie en esta película se toma en serio el tema de la diferencia de edad. Es más, es tratado como algo divertido, algo quirky; basta sólo con hacer un cambio de géneros en los personajes para que la trama variase de inmediato de vibra. Aunque, si somos honestos, a Hollywood y a sus grandes productores esto nunca les ha molestado mucho.

Si logras pasar por alto la incomodidad de las interacciones entre Alana y Gary, nos quedamos con una historia llena de otras minis historias que no tiene cohesión alguna. Gary es un actor infantil consciente de que pronto sus días de mediana fama llegarán a su fin, por lo que se embarca en al menos tres negocios durante el transcurso de la película; Alana lo acompaña en cada aventura económica, pero al no encontrar un propósito, se involucra con actores y políticos con tal de dar con su verdadera vocación. Todo sucede en un ambiente setentero ideal, pero la nula química entre ambos actores principales hace que la película se vuelva tediosa y vacía.

La corta presencia de otros dos actores que no son de mi gusto no ayudó en nada a que pudiera gustarme “Licorice Pizza”, película que ya estaba dejando un mal sabor en la boca con sus arrebatos de nepotismo desde el principio hasta el final. Cooper Hoffman es hijo de Philip Seymour Hoffman, un clásico colaborador de Paul Thomas Anderson; entiendo que el apellido y el parecido con su padre puedan apelar a nuestra nostalgia, pero ambos detalles no son suficientes como para aventurarse en el papel principal de una película y salir airoso en el intento. Cooper no logra crear el personaje carismático que Gary debería haber sido y sólo lo hace parecer insoportable y charlatán; claro que un personaje puede ser insoportable y charlatán, pero al menos debe tener una gracia particular que, lamentablemente, es lo que faltó en esta interpretación.

Por su parte, Alana Haim es una de las integrantes de la banda Haim, grupo con el que Paul Thomas Anderson ya había trabajado antes; la madre de Alana fue profesora de PTA. Además, como si no fuese suficiente, los propios padres y las propias hermanas de Alana también interpretan a la familia de su personaje aportando cero carisma también.

Ojalá pudiera rescatar algo de “Licorice Pizza” más allá de su ambientación o de su soundtrack, pero es muy difícil encontrar otra cosa destacable. A pesar de que todavía no veo “Inherent Vice”, estoy segura de que me acabo de encontrar con la peor película dentro de la filmografía de Paul Thomas Anderson; bueno, ni siquiera él podía tener la filmografía perfecta.
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La obsesión que sufren los artistas al momento de realizar su arte debe ser la única obsesión aceptable con la que me gusta empatizar; la obsesión al trabajo común y corriente o la obsesión con otra persona siempre resultan aburridas y complicadas incluso en la vida real, pero la obsesión que tiene un artista con el perfeccionismo, con los detalles o con el qué dirán, siempre ha sido una emoción mucha más interesante de compartir, aunque su intensidad al final les cueste lo que más les importa.

Basada en una historia de Hans Christian Andersen, “The Red Shoes” nos muestra las consecuencias que provoca la obsesión por el perfeccionismo y la entrega completa hacia una forma de arte. Dirigida por Emeric Pressburger y Michael Powell, la película gira en torno a los integrantes de una compañía de ballet a cargo de Boris Lermontov (Anton Walbrook), la personificación de la obsesión. Para presentar su nueva obra, “Las Zapatillas Rojas”, Lermontov contrata al músico Julian Craster (Marius Goring) y a la bailarina Vicky Paige (Moira Shearer), ambos novatos dentro de las grandes ligas.

Tanto Vicky como Julian tienen sueños de grandeza y de una exitosa vida dedicada al arte, pero para la mala suerte de Lermontov, sus jóvenes promesas acaban enamorándose y Vicky decide sacrificar sus sueños por una vida completamente aburrida y normal al lado de Julian. Por supuesto que es un golpe bajo para Lermontov, quien sólo pedía una entrega y dedicación total al ballet, pero también es una especie de traición a nosotros como espectadores luego de aquella perfecta presentación en donde Vicky nos demuestra por qué es la mejor bailarina de la compañía; es una secuencia hermosa y cautivante, la cual resalta gracias a la dedicada cinematografía de Jack Cardiff, pero el hecho de que Vicky no vuelva a interpretar aquella coreografía es un gran desconsuelo.

El mayor desconsuelo para ella, en cambio, es tener que elegir entre el amor y el ballet. Por más que se vea segura de su decisión y de su vida junto a Julian, la presencia de Lermontov y la adicción a los aplausos de una audiencia siempre estarán acechándola. Tal y como sucede en la primera presentación, durante la última parte de la película hay una vibra de suspenso alrededor del ballet; es una obra hermosa, pero que en cualquier momento podría transformarse en algo terrorífico, como sucede también en la más contemporánea “Black Swan”.

Si buen el cuento de Hans Christian Andersen en el que “The Red Shoes” está basada es mucho más oscuro y cuenta con un final mucho más gore, esta película también nos deja con un final desolador y abierto a la interpretación. Las zapatillas rojas que tanta gloria le entregaron a Vicky y las cuales eran el símbolo de la perfección, también personifican el lado más triste de la constante y absoluta obsesión, todo envuelto en una hermosa cinematografía para que, al menos, nos fascinemos con ver aquel descenso desde una luz diferente.
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Hola

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Catalina.
Basada en hechos reales.

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