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We'll always have Paris

 


Hace unos días, leí la noticia de que Kevin Spacey había encontrado un flamante nuevo trabajo; el actor, denunciado por acoso y abuso sexual de menores, se encuentra grabando una película en Europa, continente predilecto, al parecer, de quienes coleccionan denuncias en su contra y que desean continuar su carrera lejos del centro de la atención.

Cada vez que un hombre es acusado de este tipo de mal conductas, tanto él como sus defensores, de inmediato lamentan que tales acusaciones arruinen por completo su reputación y su carrera. Tras la aparición de estas acusaciones en la prensa, Roman Polanski ha ganado un premio Óscar y premios César como Mejor Director, Chris Brown continúa haciendo música, Casey Affleck ganó un Oscar como Mejor Actor y Donald Trump se convirtió en presidente de Estados Unidos. Que una acusación arruine para siempre la carrera de un hombre es algo que, lamentablemente, está lejos de ser una realidad. Kevin Spacey es, ahora, un ejemplo más.

No suelo separar al autor de la obra, por lo que he evitado cualquier película o serie en donde aparezca Spacey; todo iba bien, hasta que decidí ver “L.A. Confidential”, película estrenada en 1997 y ambientada en Los Ángeles, durante los años cincuenta. Siendo completamente sincera, no sabía de la participación de Spacey en esta película, por lo que me sorprendió su aparición dentro de los primeros minutos. El lado positivo es que, al menos, su personaje, Jack Vincennes, no es uno de los protagonistas.

La historia se centra en las investigaciones llevadas a cabo por dos detectives: Bud White (Russell Crowe) y Ed Exley (Guy Pearce). Por un lado, Bud investiga una empresa llamada Fleur-de-Lis, un servicio de prostitutas que transforma a sus trabajadoras en mujeres increíblemente parecidas a estrellas de cine; por el otro, Ed investiga un homicidio múltiple ocurrido en un café llamado Nite Owl, en donde dos de las víctimas unen a Bud con el caso.

Entiendo que “L.A. Confidential” sea, para algunos, un gran ejemplo de películas modernas sobre el género neo-noir, pero la participación de actores denunciados no me deja disfrutar, por completo, la experiencia. Podría aferrarme a la historia, pero no me pareció tan llamativa o pude haberme concentrado en el resto de los personajes, pero ninguno es merecedor de mayor atención tampoco.

Creo que, a estas alturas, ya no quiero perder mi tiempo viendo películas en las que participen abusadores o películas que tengan sólo de adorno al único personaje femenino con algo de relevancia.
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Una de las cosas que más me gusta de la corta filmografía de Gillian Robespierre es la capacidad que tiene para transformar un momento insoportable de vivir en uno soportable de ver. En su primera cinta, “Obvious Child”, cubrió el tema del aborto sin darle un enfoque prejuicioso ni extremadamente dramático, pero, al mismo tiempo, sin restarle importancia a la decisión de la mujer. Para su segunda película, “Landline”, la directora decidió tomar la trama del divorcio y mostrarnos cómo este afecta de manera diferente a cada uno de los involucrados.

Gillian escribió el guión de esta película junto a Elisabeth Holm, quien también produjo “Obvious Child”; ambas aportaron algo de sus propias experiencias para crear la historia de la familia Jacobs. Ambientada en Nueva York durante el año 1995, “Landline” nos muestra a una típica y común familia ítalo-judía, conformada por los padres y dos hijas. Dana (Jenny Slate) es la hija mayor, quien parece tenerlo todo: un lindo departamento, un buen trabajo y un futuro marido bastante decente; Ali (Abby Quinn), en cambio, se encuentra en la etapa rebelde de la adolescencia y sus padres no saben muy bien cómo controlarla.

Es Ali quien descubre que su padre, Alan (John Turturro), está teniendo un romance con una desconocida apodada, simplemente, “C”. Ali decide no contarle a su madre, Pat (Edie Falco), pero sí confía en Dana; es, durante esos momentos, que la diferencia de edad y de personalidad entre ambas hermanas desaparece y son capaces de confesarse algunos de sus más íntimos secretos. Por ejemplo, Dana le cuenta a Ali que cometió el mismo error que su padre y que no sabe cómo remediarlo. La relación entre hermanos es una bastante peculiar; pueden ser las dos personas más distintas del mundo, pueden hasta llevarse mal, pero existe una confianza única. Recuerdo algunas escenas entre Cersei y Tyrion Lannister, escenas de una época en donde “Games of Thrones” era una serie bien escrita, como un ejemplo perfecto de esa confianza.

Aunque la historia de "Landline" se enfoca mucho más en la mirada de las hermanas Jacobs, el secreto de su padre tampoco pasa desapercibido ante su madre. La triste realidad es que, tras decidir encararlo, Pat por fin puede tener una conversación sincera tanto con su esposo como con sus hijas. “Landline” recuerda que, a veces, un quiebre matrimonial puede unir mucho más a los integrantes de una familia de lo que podría alejarlos.

Decorada con una nostálgica estética noventera, “Landline” no es mejor obra que “Obvious Child”, pero sí es una que sigue el mismo camino del estilo dramedy. No todo tiene que ser tan dramático, no todo tiene que pasar a convertirse en una experiencia traumática, no toda separación tiene que ser tan “The Squid and the Whale”; también hay momentos en los que podemos reírnos un poco de nuestros errores.

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Durante el año 1999, la oficial estadounidense Kathryn Bolkovac trabajaba para la empresa DynCorp, empresa que se dedicaba a contratar y capacitar a agentes de policía con el fin de enviarlos a Bosnia para que monitorearan ciertas actividades, ya que la situación del país europeo era bastante complicada durante aquella época. Mientras ayudaba en un caso de violencia doméstica, Kathryn terminó descubriendo una red de corrupción que traficaba adolescentes para prostituirlas, cuyos facilitadores eran nada menos que oficiales de la mismísima ONU.

Este caso inspiró a la directora Larysa Kondracki para filmar su primera película, “The Whistleblower”. La cineasta estaba al tanto de las realidades de esta pandemia de tráfico, ya que su madre provenía de Ucrania, pero ella no quería mostrar solamente la cruda realidad de las víctimas, sino que también la corrupción y el encubrimiento que rodean a este tipo de crímenes. La injusticia que Kathryn atestiguó era el enfoque que la directora necesitaba para poder desarrollar esta historia.

Kathryn, interpretada por Rachel Weisz, había aceptado aquel trabajo en Bosnia como un medio para poder ganar más dinero, ya que se encontraba en la mitad de una batalla por la custodia de su hija. Durante su primer caso de violencia doméstica, se da cuenta del sexismo, misoginia y xenofobia con los que se trata a las víctimas, pero logra conseguir justicia para Zlata, una mujer que había sido apuñalada por su marido. Tras el triunfo en este caso, Kathryn consigue un ascenso y pasa a ser la encargada de Asuntos de Género.

Es así como la agente conoce a Raya (Roxana Condurache) y a Irka (Rayisa Kondracki), dos adolescentes que habían sido vendidas por un pariente a traficantes, quienes las hacían pasar por meseras de un bar. La investigación de Kathryn descubre la realidad de lo que estaba pasando: muchas adolescentes estaban siendo vendidas y forzadas a trabajar como prostitutas, mientras eran maltratadas y obligadas a guardar silencio. La dedicación de Kathryn en el caso es inspiradora, pero también es desolador ver que, más allá de investigar, no es mucho lo que ella pueda hacer.

“The Whistleblower” no retrata no sólo el horror que tienen que vivir aquellas niñas, sino que también demuestra la injusticia frente a este crimen. Debido a que oficiales y hombres de alto rango dentro de la ONU están relacionados con esta red de tráfico, el encubrimiento se hace cada vez más imposible de combatir. Lo triste es que casos como este no son una novedad; están presentes en películas como “La Ciociara” o en noticias como las de este país, en donde aquellos que, supuestamente, son enviados a proteger y a regular, terminan cometiendo crímenes tan horribles como los de aquellos que empezaron cierto conflicto.

Tal corrupción deja una tremenda impotencia hacia el final de la película; es increíble que algunos poderosos sólo se crucen de brazos y los demás sólo tengamos que esperar algún milagro para que estos abusos algún día terminen. La pequeña esperanza que se siente es que cuando el sistema no funciona, siempre estará la prensa. Kathryn Bolkovac se encargó de contar su experiencia en lugares como la BBC y fue, de esa manera, que el mundo pudo enterarse de este específico tráfico en Bosnia. 

Es desgarrador conocer casos como estos, pero al igual que muchas otras historias de abuso, también es necesario saber sobre ellos.

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“Emma Woodhouse, bella, inteligente y rica, con una familia acomodada y un buen carácter, parecía reunir en su persona los mejores dones de la existencia; y había vivido cerca de veintiún años sin que casi nada la afligiera o la enojase”.

Las heroínas de Jane Austen siempre han sido presentadas como mujeres apasionadas, románticas, correctas, inteligentes y llenas de carácter; son perfectos ejemplos de personajes feministas adelantados a su época. Entre estos personajes, destacan Elizabeth Bennet, Elinor Dashwood o Catherine Morland, pero quien se distingue por razones distintas siempre será Emma Woodhouse.

Emma (Anya Taylor Joy) es una joven adinerada, inteligente, hermosa y maternal, pero también es algo malcriada, inmadura, impulsiva y desconsiderada; la misma Jane Austen la describió como "una heroína que no sería del gusto de todo el mundo". La primera impresión de Emma no siempre es la mejor, ya que, debido a sus privilegios, también es algo altanera y sólo confía en su propia visión del mundo. Si no se le comprende a fondo, el personaje puede convertirse en uno insoportable; si en las adaptaciones del libro no se le interpreta correctamente, Emma puede transformarse simplemente en una chiquilla metiche y superficial. Por suerte, no es el caso en la versión de 2020, dirigida por Autumn de Wilde.

En esta nueva adaptación, el carisma y el talento de la protagonista, Anya Taylor Joy, resalta por sobre todas las cosas y es capaz de humanizar a un personaje tan complejo e interesante como el de Emma. Su interpretación también le da vida a una historia que pertenece a un género que, varias veces, es de un ritmo algo más pausado, por lo que la película también se siente como una versión fresca y rejuvenecida de la novela.

Continuando con la historia que Jane Austen nos entregó, la película también se centra en las aventuras de Emma y de aquellos a su alrededor. Emma vive en la hermosa mansión de Hartfield junto a su padre, el señor Woodhouse (Bill Nighy), un hipocondríaco, pero adorable personaje. Debido a que Emma ya había colaborado en establecer la unión entre su institutriz, la señorita Taylor (Gemma Whelan), con el señor Weston (Rupert Graves), la joven cree que también puede conseguir un buen marido para su amiga Harriet Smith (Mia Goth).

Por mucho que Emma piense que está haciendo el bien, porque ella conoce mucho más el mundo que la ingenua y tierna Harriet, sus intentos son un desastre. Completamente ciega frente a la idea de que sus acciones podrían perjudicar a los demás en lugar de ayudarles, Emma sólo es increpada por el señor Knightley (Johnny Flynn); la joven también se ocupa tanto de arreglarle la vida a sus cercanos que ni siquiera tiene una mínima idea acerca de sus propios sentimientos hacia Knightley. Hay una razón por la cual una de las adaptaciones de “Emma” se llama, precisamente, “Clueless”.

Al igual que Cher Horowitz, Emma Woodhouse aprende de sus errores. La joven tiene la capacidad de pedir perdón y asume que cometió varias equivocaciones, una cualidad que la convierte en el personaje complejo que es y la eleva al rango de heroína, una tan atractiva y digna de admiración como el resto de las protagonistas de Jane Austen.

No es sólo su estética y guión lo que convierten a esta película en una de las mejores adaptaciones de “Emma”, sino que también se lo debe a la experiencia de Autumn de Wilde como fotógrafa, detalle que convierte a cada escena en una maravilla visual. El carisma de los personajes secundarios tampoco se queda atrás; cada uno está muy bien desarrollado y perfectamente interpretado. Además, ese desplante de humor durante momentos serios o incómodos siempre será encantador; de hecho, todo lo que tenga relación con “Emma” siempre será encantador.

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Cruella de Vil es uno de los personajes más interesantes dentro del universo de Disney. Tanto en la versión animada de 1961 como en el live action que se estrenó en 1996, la diseñadora se destacó debido a su estilo, a su voz, a su apariencia tenebrosa, pero, por sobre todas sus cualidades, Cruella se destacaba por su increíble maldad, una maldad que no ocultaba y que la impulsaba, incluso, a querer despellejar a un montón de cachorros con tal de hacerse un abrigo de piel.

En este nuevo live action, dirigido por Craig Gillespie (“I, Tonya”), el personaje de Cruella (Emma Stone) se convierte en una versión mucho más suavizada que sus predecesoras, más suave de lo que hubiese esperado; uno de sus fieles acompañantes, por ejemplo, es nada menos que un perro. Es como si trataran de decirnos que no, le agradan las mascotas, así que no terminará asesinando a ninguna, tranquilos, cuando ya sabemos todo acerca de sus futuros planes.

De cierta manera, la película también intenta retratar a Cruella como una figura digna de admiración; es independiente, profesional, segura de sí misma, tiene excelente gusto y, partiendo desde abajo, consigue llegar hasta la cima del negocio de la moda. Cruella podría ser el perfecto ejemplo de una girl boss empoderada que aspiraríamos a ser, pero borran tanto el aspecto de su característica maldad que pareciera que tenemos enfrente a un intento de personaje empoderado que pierde toda la esencia de lo que hace que Cruella sea el ícono malvado que tanto nos deleitó en décadas anteriores.

Fue imposible también sentir cierta contradicción cuando la película criticaba, justamente, lo que Cruella también representa: una mujer vanidosa, egoísta, que no está a favor de nada ni de nadie más que de ella misma. La crítica, en este caso, va dirigida hacia el personaje de Baroness von Hellman (Emma Thompson), una diseñadora tan déspota como autoritaria, tan brillante como ambiciosa. Durante la década de los años setenta, Baroness nota el talento de la joven Cruella y la contrata en su taller. Cruella la admira y la respeta, pero cuando se entera que Baroness estuvo involucrada en la muerte de su madre, la protagonista comienza a planificar su venganza.

Es una venganza llena de momentos fashionistas exquisitos, decorados con canciones claves de aquella época y que amamos hasta el día de hoy. En ese sentido, es un acierto tener a Jenny Beavan a cargo del vestuario; su trabajo es tan destacable que sueño con cada atuendo que Emma Stone luce durante la película. Beavan también estuvo a cargo del vestuario en “A Room with a View” y en “Mad Max: Fury Road”; ambas cintas le valieron un merecido premio Oscar. Mencionando de nuevo a la banda sonora, recalco lo buena que es, pero, lamentablemente, su excesivo uso sólo recuerda otro abuso de soundtrack como el que hubo en “Suicide Squad”.

Excesiva también es la duración de la película; más de dos horas parecen innecesarias para la historia que intentan contarnos. Pero, además de otros detalles que tampoco me gustaron, creo que la verdadera razón por la cual no disfruté “Cruella” es porque no disfruto de aquellas historias que quieren conseguir que empaticemos con el villano. Los villanos existen por una razón. Intentar mostrar un lado más amable o más humano es privarlos de aquella característica por lo que destacan e, incluso, es quitarles el carisma que nos atrae de ellos; me refiero, por supuesto, a villanos ficticios. Personalmente, no quiero sentir lástima por ellos, sólo quiero tratar de entender por qué hacen lo que hacen sin que los presenten como un ex joven ejemplar sobre el cual sus vecinos jamás pensaron mal.

He leído varias comparaciones entre “Cruella” y “Joker”, película dirigida por Todd Phillips. Sólo me hicieron recordar por qué no disfruté esa película tampoco. Dejen que los villanos sean villanos.
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Al son de una de las varias hermosas melodías de Michel Legrand, una cierta nostalgia por el verano aparece en pantalla. Personalmente, el verano es mi estación del año menos preferida, pero la estimación hacia él podría cambiar si también tuviera la oportunidad de pasar aquellos meses en una villa paradisíaca, cerca de Saint Tropez, en compañía de Alain Delon o de Jane Birkin. Claramente, sentiría nostalgia también.

Jean-Paul Leroy (Alain Delon) y Marianne (Romy Schneider) son una pareja que disfruta las maravillas de aquella villa, dentro de una casona que unos amigos les han facilitado; ambos pasan los días tomando sol y bañándose en una piscina tan exquisita que a nadie puede dejar indiferente. Los protagonistas tienen una química increíble, lo que resulta en una relación ficticia tan apasionada como la que tuvieron en la vida real; Alain y Romy estuvieron juntos desde 1958 hasta 1963 y fueron buenos amigos hasta la prematura muerte de la actriz, en 1982. 

Marianne y Jean-Paul reciben la inesperada visita de Harry Lannier (Maurice Ronet), un amigo en común, quien también había sido pareja de Marianne un tiempo atrás. Harry, conocido cantante, trae consigo a Penelope (Jane Birkin), su tímida e inocente hija de dieciocho años. Marianne atiende con alegría tanto a Harry como a su hija, sin embargo, es Jean-Paul quien siente algo de recelo hacia su amigo y hacia su presencia en la casona.

Desde un principio, se siente cierta tensión en el aire: Jean-Paul siente una mezcla de celos y admiración hacia Harry, pero no tiene ningún problema en observar detenidamente a Penelope; Marianne todavía recuerda con cariño a Harry, pero empieza a sentirse molesta al notar una distinta especie de incomodidad en Jean-Paul. Una investigación policial hará que la relación entre ambos sufra todavía más y que la absoluta dedicación que sentían por el otro comience a transformarse en desconfianza y temor.

El acercamiento ahora a la piscina ya no es uno pasional, sino que uno terrorífico; lo que comenzó como una erótica aventura pronto pasa a ser un thriller psicológico, uno en donde las miradas de deseo se convierten en miradas de interrogación. “La Piscine” es una película intensa en cada uno de sus aspectos, desde el drama que desvela pasando por toda esa hermosa estética francesa que no podría tener más idealizada.

Como a veces la vida imita al arte, es inevitable ponerse a pensar en el caso Markovic, caso que también involucró a Alain Delon. Una repentina muerte, un par de sospechosos, ninguna resolución.

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Dearly beloved, we are gathered here today to get through this thing called “Under the Cherry Moon”. 

El primer acercamiento con el cine que tuvo Prince, uno de los mejores músicos de la historia, fue en 1984, cuando protagonizó “Purple Rain”. La película, que no estuvo libre de duras críticas, logró convertirse en un musical esencial de ver para todos los fanáticos de Prince; es tan icónica que el soundtrack, a cargo de Prince & The Revolution, ganó un Oscar como Mejor Banda Sonora.

Su éxito fue tan grande que no debió haber sido sorpresa para nadie que Prince decidiera hacer una segunda película. “Under the Cherry Moon” es una trágica historia de amor ambientada en la hermosa Riviera francesa, historia que tuvo un par de problemas desde sus inicios. La directora original de la cinta iba a ser Mary Lambert, conocida por dirigir videos musicales tanto de Madonna como de Janet Jackson, por ejemplo, y directora también de “Pet Sematary”. Debido a diferencias creativas con Prince, ella fue retirada del proyecto; la dirección, entonces, quedó a cargo del mismísimo.

Y, lamentablemente, se nota. 

La trama no era nada aburrida: Christopher Tracy (Prince) y Tricky (Jerome Benton) son dos amigos (¿primos?, ¿hermanos?) que se dedican a enamorar a mujeres mayores y adineradas, pero luego se fijan en Mary Sharon (Kristin Scott Thomas), una joven heredera que sólo puede cobrar su fideicomiso al momento de contraer matrimonio. Christopher pretende enamorarla y Mary no lo rechaza; el problema es que ambos no tienen nada de esa química que te hace desear que una pareja supere todos sus obstáculos. 

Kristin Scott Thomas y Prince no actúan nada de mal, considerando que era la primera película de la actriz y que él tiene una notoria mejoría tras “Purple Rain”, pero se lucen mucho mejor por separado que durante las escenas en donde aparecen juntos. De hecho, Prince tiene mucha más química con Jerome Benton; algunas de sus escenas, como la del “Wrecka Stow” hasta son graciosas.

Para ser una película protagonizada y dirigida por Prince, no hay suficientes números musicales del cantante como para disfrutar más la hora y media de duración. Hay un momento de alegría cuando suena “Kiss” o cuando los personajes interpretan “Girls and Boys”, pero esta alegría no dura mucho, ya que el momento musical se ve interrumpido. De todos modos, ver bailar a Prince sobre un piano siempre será una obra de arte.

Prince era tan carismático y tan excelente artista que se le puede perdonar el hecho de que no haya sido un excelente director. Tal como sucede con “Purple Rain”, “Under the Cherry Moon” vale la pena para aquellos fanáticos más acérrimos del cantante; “Purple Rain”, obviamente, siempre será mil veces mejor.

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Hola

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Catalina.
Basada en hechos reales.

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