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We'll always have Paris

 


“The French Dispatch” no es sólo el nombre de la última película de Wes Anderson, sino que también es el nombre del célebre periódico al que hace alusión a lo largo de la cinta. Inspirado en aquellas míticas publicaciones de antaño, en donde el trabajo periodístico de investigación era una profesión estimada, Anderson entrega tres segmentos que destacan tanto una historia en particular como a un carismático periodista que se hace cargo de darle la dedicación que su historia merece.

El primer segmento, llamado "The Concrete Masterpiece", nos muestra a Moses Rosenthaler (Benicio del Toro), un torturado artista que pasa sus días encarcelado y vigilado por Simone (Léa Seydoux), quien luego se convierte en su musa; la sección está narrada por la periodista J.K.L. Berensen (Tilda Swinton). El segundo segmento es “Revisions to a Manifesto”, el cual cuenta la historia de la periodista Lucinda Krementz (Frances McDormand), quien se vio involucrada en las protestas estudiantiles de los años ’60; lo interesante de este segmento es la lucha de Lucinda contra la neutralidad periodística a la que siempre se ha aliado.

Por última, la tercera historia se llama “The Private Dining Room of the Police Commissioner”; protagonizada por Roebuck Wright (Jeffrey Wright), un periodista culinario, esta sección nos narra las desaventuras del secuestro del hijo de un policía, incluidas las negociaciones y su resolución. Además de estas tres secciones, la película cuenta con un epílogo, en donde Herbsaint Sazerac (Owen Wilson) se destaca como el periodista viajero, y también con un obituario, el cual nos hace saber que el editor de The French Dispatch, Arthur Howitzer Jr. (Bill Murray), ha fallecido. Es debido a esta razón que el grupo de periodistas que trabaja en la publicacón se pone en marcha y decide publicar sus reportajes más destacados a modo de homenaje a su director.

Si se pudiera definir a “The French Dispatch” en una sola frase, esta podría ser una oda al periodismo; siempre con un toque tan nostálgico como idealizado, Wes Anderson parece presentar la profesión ideal ante el mundo y tocar la más profunda de mis frustraciones sólo para que no pueda sentir más que ternura e idolatría por su último trabajo. Más allá de la belleza estética presente en “The French Dispatch”, la cual debe ser el guiño más notorio de su filmografía a la nouvelle vague, la película también logra capturar aquel sentido de respeto hacia la profesión del periodismo en una época en donde en verdad importaban mucho más las historias por sobre todo aquel sensacionalismo tan básico. Los periodistas de cada segmento cuestionan su neutralidad periodística, se involucran tanto en el contexto como en sus protagonistas, y entregan reportajes de una calidad entrañable; cada segmento es tan interesante y entretenido que cada uno podría ser su propia película aparte sin ningún problema.

En cuanto a dirección y a actuaciones, podemos esperar lo que siempre recibimos de una película de Wes Anderson; si nos gusta su estilo, nada podría fallar, pero se entiende que otros cuestionen estos detalles cada vez que el director estrena una nueva película. A pesar de seguir esta dinámica ya desde hace años pensando que algún día me aburriría, “The French Dispatch”, gracias a su estética y a su pasión por el periodismo, consiguió ganarse mi corazón tan rápido como la primera vez que “The Royal Tenenbaums”.

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Varias han sido las adaptaciones fílmicas y televisivas que nos han acercado a la vida de Diana Spencer, princesa de Gales, desde el momento en que entró a la realeza hasta la noche de su trágica muerte; la vida de Diana ha sido tan revisitada que ha sido imposible no crear una especie de mito alrededor de su persona. Todos creemos entender lo que le pasaba, todos creemos saber lo que en realidad estaba sucediendo detrás de cuatro paredes, pero nunca sabremos la verdad por completo.

Frente a figuras de este tipo, tan públicas como misteriosas, no hay más opción que continuar con la fantasía que las rodea. Pablo Larraín decidió dirigir una nueva historia acerca de Diana Spencer desde la base de una fábula, una ilusión en donde animales u objetos inanimados rodean al protagonista y su trama siempre nos entrega una moraleja durante los momentos finales. Siendo seguidora de aquella imagen mítica de la princesa de Gales, la idea de desarrollar una película de aquel modo puede ser lo más parecido a lo que tengo de estar de acuerdo con algún Larraín.

En “Spencer”, Pablo Larraín nos muestra un fin de semana clave durante la vida de Diana (Kristen Stewart): el fin de semana en donde, finalmente, decide ponerle fin a su matrimonio con el príncipe Charles (Jack Farthing). En la propiedad de Sandringham, la familia real se reúne para festejar la Navidad de 1991; el lugar parece frío e inmenso, lo cual, curiosamente, provoca desde el comienzo de la historia una sensación de incomodidad y claustrofobia, una que aumenta tras acompañar el recorrido de Diana por aquellos pasillos.

Diana decide llegar tarde y conduciendo sola, rompiendo los protocolos que tanto odiaba y consiguiendo nuevamente la apatía de la familia real, cuyos integrantes podrían pasar inadvertidos como cualquier otra de las estatuas que decoran Sandringham, siempre tan rigurosos y silenciosos. Nadie habla con Diana más allá de dos empleados y de sus pequeños hijos, William (Jack Nielen) y Harry (Freddie Spry); la princesa se ve obligada a pasar otra celebración familiar más entre miradas prejuiciosas e interacciones gélidas, situación que sólo la agobia y la hace extrañar la presencia de Maggie (Sally Hawkins), la empleada en la que más confía.

Aquella sensación de ahogo es la que más resalta durante toda la película; gracias al entorno encerrado y a los primeros planos que siguen a Diana a través de toda la propiedad, “Spencer” se transforma en un cuento claustrofóbico, sofocante y ansioso. La actuación de Kristen Stewart también consigue demostrar todas aquellas emociones sin la necesidad de crear una actuación cliché ni una que bordee la lástima; siempre me sorprendió el revuelo que causó el casting de Stewart como la princesa Diana, pero la figura pública de Kristen también tiene cierto parecido con la de Lady Di. Ambas son personas tímidas que se toparon con una fama que no buscaban; guardando las proporciones, Stewart podría entender perfectamente la magnitud del acoso y del juicio de Diana vivió.

Todo el peso de “Spencer” recae sobre los hombros de Kristen Stewart y ella sabe cómo sobrellevarlo; no es sorpresa tanta nominación durante esta temporada de premios. La dirección de Pablo Larraín también es muy buena y, aunque es inevitable recordar el estilo que rodeó a “Jackie”, me pareció que “Spencer” fue una mejor entrega. Es curioso que tanto Jackie O como Diana Spencer hicieran su aparición en la vida pública luego de casarse con hombres conocidos y de renombre, pero ambas películas se encargan de darles mucha más voz y humanidad, al mismo tiempo que nos ofrecen sus propias miradas acerca de los hechos que cambiaron el rumbo de sus vidas para siempre.

Si bien la historia real de Diana Spencer no tuvo un final feliz, la fábula de "Spencer" nos entrega un final esperanzador que, al menos durante algunos minutos, pudo haber significado el mejor momento para Diana durante toda su vida.
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Además de ser el título de su nueva película, Licorice Pizza era el nombre de una tienda de vinilos que el director Paul Thomas Anderson solía frecuentar cuando vivía en San Fernando Valley; es comprensible que quisiera usar el nombre de un lugar que le recordara su propia adolescencia al momento de retratar una historia ambientada en los años ’70 en su ciudad natal.

“Licore Pizza” gira en torno a las aventuras de Gary Valentine (Cooper Hoffman) y de Alana Kane (Alana Haim); él es un adolescente de quince años, carismático, extrovertido y hablador, mientras que ella es una joven de veinticinco años que todavía no sabe muy bien qué hacer con su vida. Ambos se conocen durante una sesión de fotografía en el colegio de Gary, quien se enamora perdidamente de Alana apenas la ve; ella no lo toma en serio, pero sigue pasando varios momentos junto a él.

El hecho de que una de las ideas principales sea la relación, platónica o no, entre un adolescente y una adulta ya es bastante incómoda; no creo que haya sido la intención de Paul Thomas Anderson el generar una controversia, porque nadie en esta película se toma en serio el tema de la diferencia de edad. Es más, es tratado como algo divertido, algo quirky; basta sólo con hacer un cambio de géneros en los personajes para que la trama variase de inmediato de vibra. Aunque, si somos honestos, a Hollywood y a sus grandes productores esto nunca les ha molestado mucho.

Si logras pasar por alto la incomodidad de las interacciones entre Alana y Gary, nos quedamos con una historia llena de otras minis historias que no tiene cohesión alguna. Gary es un actor infantil consciente de que pronto sus días de mediana fama llegarán a su fin, por lo que se embarca en al menos tres negocios durante el transcurso de la película; Alana lo acompaña en cada aventura económica, pero al no encontrar un propósito, se involucra con actores y políticos con tal de dar con su verdadera vocación. Todo sucede en un ambiente setentero ideal, pero la nula química entre ambos actores principales hace que la película se vuelva tediosa y vacía.

La corta presencia de otros dos actores que no son de mi gusto no ayudó en nada a que pudiera gustarme “Licorice Pizza”, película que ya estaba dejando un mal sabor en la boca con sus arrebatos de nepotismo desde el principio hasta el final. Cooper Hoffman es hijo de Philip Seymour Hoffman, un clásico colaborador de Paul Thomas Anderson; entiendo que el apellido y el parecido con su padre puedan apelar a nuestra nostalgia, pero ambos detalles no son suficientes como para aventurarse en el papel principal de una película y salir airoso en el intento. Cooper no logra crear el personaje carismático que Gary debería haber sido y sólo lo hace parecer insoportable y charlatán; claro que un personaje puede ser insoportable y charlatán, pero al menos debe tener una gracia particular que, lamentablemente, es lo que faltó en esta interpretación.

Por su parte, Alana Haim es una de las integrantes de la banda Haim, grupo con el que Paul Thomas Anderson ya había trabajado antes; la madre de Alana fue profesora de PTA. Además, como si no fuese suficiente, los propios padres y las propias hermanas de Alana también interpretan a la familia de su personaje aportando cero carisma también.

Ojalá pudiera rescatar algo de “Licorice Pizza” más allá de su ambientación o de su soundtrack, pero es muy difícil encontrar otra cosa destacable. A pesar de que todavía no veo “Inherent Vice”, estoy segura de que me acabo de encontrar con la peor película dentro de la filmografía de Paul Thomas Anderson; bueno, ni siquiera él podía tener la filmografía perfecta.
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La obsesión que sufren los artistas al momento de realizar su arte debe ser la única obsesión aceptable con la que me gusta empatizar; la obsesión al trabajo común y corriente o la obsesión con otra persona siempre resultan aburridas y complicadas incluso en la vida real, pero la obsesión que tiene un artista con el perfeccionismo, con los detalles o con el qué dirán, siempre ha sido una emoción mucha más interesante de compartir, aunque su intensidad al final les cueste lo que más les importa.

Basada en una historia de Hans Christian Andersen, “The Red Shoes” nos muestra las consecuencias que provoca la obsesión por el perfeccionismo y la entrega completa hacia una forma de arte. Dirigida por Emeric Pressburger y Michael Powell, la película gira en torno a los integrantes de una compañía de ballet a cargo de Boris Lermontov (Anton Walbrook), la personificación de la obsesión. Para presentar su nueva obra, “Las Zapatillas Rojas”, Lermontov contrata al músico Julian Craster (Marius Goring) y a la bailarina Vicky Paige (Moira Shearer), ambos novatos dentro de las grandes ligas.

Tanto Vicky como Julian tienen sueños de grandeza y de una exitosa vida dedicada al arte, pero para la mala suerte de Lermontov, sus jóvenes promesas acaban enamorándose y Vicky decide sacrificar sus sueños por una vida completamente aburrida y normal al lado de Julian. Por supuesto que es un golpe bajo para Lermontov, quien sólo pedía una entrega y dedicación total al ballet, pero también es una especie de traición a nosotros como espectadores luego de aquella perfecta presentación en donde Vicky nos demuestra por qué es la mejor bailarina de la compañía; es una secuencia hermosa y cautivante, la cual resalta gracias a la dedicada cinematografía de Jack Cardiff, pero el hecho de que Vicky no vuelva a interpretar aquella coreografía es un gran desconsuelo.

El mayor desconsuelo para ella, en cambio, es tener que elegir entre el amor y el ballet. Por más que se vea segura de su decisión y de su vida junto a Julian, la presencia de Lermontov y la adicción a los aplausos de una audiencia siempre estarán acechándola. Tal y como sucede en la primera presentación, durante la última parte de la película hay una vibra de suspenso alrededor del ballet; es una obra hermosa, pero que en cualquier momento podría transformarse en algo terrorífico, como sucede también en la más contemporánea “Black Swan”.

Si buen el cuento de Hans Christian Andersen en el que “The Red Shoes” está basada es mucho más oscuro y cuenta con un final mucho más gore, esta película también nos deja con un final desolador y abierto a la interpretación. Las zapatillas rojas que tanta gloria le entregaron a Vicky y las cuales eran el símbolo de la perfección, también personifican el lado más triste de la constante y absoluta obsesión, todo envuelto en una hermosa cinematografía para que, al menos, nos fascinemos con ver aquel descenso desde una luz diferente.
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Para Maurizio Gucci, la mañana del 27 de marzo de 1995 era una mañana como cualquier otra, pero mientras subía las escaleras que lo llevarían a las oficinas de su empresa, un asesino a sueldo le disparó a sangre fría, causándole la muerte. Tras las investigaciones, la policía llegó a la conclusión de que el asesino había sido contratado por Patrizia Reggiani, su ex esposa; durante el juicio, se aclaró que sus motivos fueron los celos, el dinero y un creciente resentimiento en contra de Maurizio.

“House of Gucci”, la última película de Ridley Scott, comienza con la secuencia del asesinato de Maurizio (Adam Driver), quien, en ese entonces, era el presidente de Gucci, empresa que había sido fundada por su abuelo décadas antes. La casa de Gucci contaba con mucha popularidad para la época, pero también, debido a la inexperiencia de Maurizio como hombre de negocios, nunca estuvo libres de problemas económicos. Mucho más que centrarse en su figura principal o en la historia de la empresa, “House of Gucci” gira en torno al personaje de Patrizia Reggiani, interpretado por Lady Gaga.

Es increíble que, siendo sólo su segundo rol protagónico en una película, la cantante pueda destacar tanto dentro de un elenco bastante consolidado. La química entre ella y Adam Driver es tan creíble que la primera parte, toda aquella inocente historia de amor que comenzó en una simple fiesta, es muy convincente y consigue capturar nuestra atención por completo. Patrizia y Maurizio se conocen en una fiesta; ella es arriesgada y él es muy tímido, por lo que la joven toma las riendas del asunto y consigue convertir a Maurizio en su novio y luego en su marido.

El padre de Maurizio, Rodolfo (Jeremy Irons), no ve con buenos ojos la relación de su hijo y no teme en tratar a Patrizia de cazafortunas y de, incluso, desheredar a Maurizio; es surreal y divertido ver al futuro presidente de la casa Gucci lavando los camiones de la empresa de su suegro. En aquellos momentos de exilio, aparece el tío Aldo (Al Pacino), quien toma a la pareja bajo su ala y forman una próspera relación creativa, pero la cual trae consigo la presencia de Paolo (Jared Leto), hijo de Aldo. Paolo es un excéntrico personaje que añora diseñar para la marca familiar, pero Patrizia verá en él otra piedra en su zapato.

La ambición de Patrizia pronto aburre a Maurizio y, a medida que la historia avanza, la película se vuelve algo tediosa también; dos horas y media de duración es un tiempo bastante exagerado para contar una historia que no demora siglos en suceder. Quizás la mayor culpa la tienen la frialdad de algunas de las actuaciones y la ridiculez que es la interpretación de Jared Leto. No podría criticar las habilidades de Al Pacino o de Jeremy Irons, por ejemplo, pero sí debemos cuestionar la decisión de usar esos acentos que en nada aportan y que sólo provocan más risas e incomodidad que encanto.

Jared Leto es quien más destaca en cuanto a exageración, ya que su personaje parece una pobre imitación de una pobre imitación que pudo haber aparecido en un programa como “Saturday Night Live”; la escena del diálogo en italiano casi al final de “Inglourious Basterds” es una mejor representación del idioma que la que hizo Jared Leto. Su actuación se basa mucho más en maquillaje prostético y en clichés que en calidad de interpretación, pero, a estas alturas, ¿quién confía en el supuesto talento de Jared Leto?

“House of Gucci” termina siendo otra biopic más del montón, una que al menos siempre recordaré por su impecable soundtrack y por la inolvidable presencia en escena de Lady Gaga.

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La primera vez que leí la reseña de “Lucía y el Sexo” fue en una edición de la revista Cinegrama que me compraban sin falta todos los meses; la reseña, básicamente, decía que se trataba del autodescubrimiento de una joven en cuanto a su sexualidad mientras lidiaba con novios y con la tentación del incesto… por supuesto que la curiosidad llegó hasta ahí. Pero, en tiempos de pandemia, las reseñas cambian y la curiosidad es mayor.

“Lucía y el Sexo” nos cuenta la historia de Lucía (Paz Vega) y de su novio, Lorenzo (Tristán Ulloa). Él es un novelista que está sufriendo de bloqueo de escritor, tras la presión del éxito de su primer libro, mientras que ella es una mesera que está completamente obsesionada con él; se conocen en un café, Lucía es bastante directa y Lorenzo es bastante sensible, por lo que ambos comienzan una intensa relación. Sus escenas son recordatorios de las escenas que causaron controversia en “9 Songs”, pero cuando esa película lograba conmover, “Lucía y el Sexo” sólo consigue incomodar. 

La desconexión entre personajes y entre actores es tan evidente que es imposible llegar a sentir otra cosa que impaciencia; es en aquellos momentos en que la película, para su suerte, nos ofrece un par de historias y personajes secundarios que son mucho más interesantes que los personajes principales. Nos enteramos, por ejemplo, que, tras un loco amor de verano junto a Elena (Najwa Nimri), Lorenzo tuvo una hija, Luna (Silvia Llanos), a quien comienza a espiar. Luna siempre está junto a Belén (Elena Anaya), su niñera, joven que vive con su madre, una actriz pornográfica retirada, y el novio de esta. Lucía, por su parte, decide dejar a Lorenzo luego de que él sufriera un accidente; escapa a las Islas Baleares y, en ese lugar, conoce a Elena.

La incómoda realidad de que el mundo es un simple pañuelo se integra a la trama de “Lucía y el Sexo”, pero, en lugar de convertirse en divertidas anécdotas, pronto se tornan en una desgracia con la cual ningún personaje sabe lidiar; cada uno de ellos vive encerrado en su propio mundo y en su propio dolor, sin siquiera sospechar del vínculo que los une. Bajo la capa de desnudez gratuita de los primeros minutos de película, se esconde una historia mucho más compleja e interesante, pero, de todos modos, no es suficiente como para mejorar la historia en su totalidad. 

La relación entre Lucía y Lorenzo parece artificial y falsa; el personaje de Lucía también parece ser una simple fantasía que un escritor como Lorenzo inventaría para llenar el vacío de su inexistente trabajo. Ambos vivieron una relación intensa y apasionada, pero aquella sensación no dura para siempre; una vez que los secretos salen a la luz, es mucho más fácil alejarse que continuar. Por otro lado, el resto de los personajes siempre vivirá un duelo eterno, pero los peores momentos pueden convertirse en mejores historias.

“Lucía y el Sexo” sólo provoca una idea controversial para llamar la atención, pero luego esa idea se va transformando en algo encantador sólo debido a la presencia de sus personajes secundarios. La película nada tenía que ver tampoco con la reseña que yo había leído en la revista Cinegrama; quizás la confundí con otra película o quizás alguien eligió la fotografía equivocada, pero aquella imagen de Paz Vega en bicicleta no es difícil de reconocer.

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Como decía en la entrada anterior, la expectativa por ver la última entrega de “Scream” era tan alta que ni siquiera pude salvarme de los spoilers que siempre reinan en el terreno de Tumblr; al parecer, nadie podía guardar el secreto por un par de meses más. Y es comprensible, ya que, tras secuelas y secuelas con finales que pueden volverse bastante predecibles en este género en particular, la sorpresa que la quinta versión de “Scream” nos tenía preparada fue totalmente inesperada.

Si la cuarta parte de la saga quería establecer una nueva generación con la cual podríamos obsesionarnos tal y como lo hicimos en los años noventa, esta quinta parte consigue aquel propósito de mejor manera. La historia comienza veinticinco años después de los primeros ataques en Woodsboro por parte de Ghostface, tras el intento de asesinato a Tara Carpenter (Jenna Ortega); la adolescente no es capaz de seguir el juego de películas de terror de este nuevo homicida, ya que ella prefiere el ahora llamado cine de terror elevado, el cual incluye películas como “Hereditary”, “The Babadook” o “The Witch”. En una introducción que, claramente, nos recuerda el prólogo de Casey Becker (Drew Barrymore), Tara corre mejor suerte que la primer víctima y Ghostface no consigue salirse con la suya.

El ataque a Tara provoca que su hermana mayor, Sam (Melissa Barrera), regrese a su ciudad natal en contra de su voluntad; tras enterarse de un secreto familiar, Sam se había alejado de sus más cercanos, pero regresa junto a su novio, Richie (Jack Quaid), para cuidar de Tara. Los amigos de la adolescente también aparecen en escena y, de esta manera, conocemos a Amber (Mikey Madison), Wes (Dylan Minnette), Liv (Sonia Ammar) y a los gemelos, Mindy (Jasmin Savoy Brown) y Chad (Mason Gooding), quienes son sobrinos del querido y entrañable Randy Meeks, parentesco que los conecta con la generación anterior de sobrevivientes. Y bueno, el nombre del personaje de Wes es un claro homenaje a Wes Craven, así como el apellido de las hermanas protagonistas nos recuerda al apellido del director de "Halloween".

Quienes toman el lugar del mítico director de la saga ahora son Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, conocidos por dirigir “Ready or Not”, película que me atrevería a calificar como parte del cine de terror elevado y no como un simple slasher más del montón, por lo que confiaba también en lo que ambos directores harían con la historia de “Scream”. Junto a su fiel guionista, Guy Busick, los encargados de esta nueva entrega reúnen a la nueva generación con Sidney (Neve Campbell), Gale (Courteney Cox) y Dewey (David Arquette), quienes están en etapas bastante diferentes de la vida y diferentes de las que vimos en la película anterior. Sidney está enfocada en su vida familiar, Gale es la conductora de un noticiario y Dewey está casi en la ruina, pero, a pesar de todo, los tres deciden volver a involucrarse con tal de detener a Ghostface.

Tal y como lo explica el personaje de Mindy, en un discurso digno de su tío Randy, el asesino de esta nueva versión intenta hacer una recuela, es decir, quiere conseguir lo mismo que haría una secuela: continuar la historia de la versión original, pero con nuevos personajes. Ghostface ya no tiene un motivo para atacar a Sidney o a sus amigos, por lo que ahora ha escogido nuevas víctimas en la forma de las hermanas Carpenter. Ambas deben unirse, a pesar de haber estado alejadas por un par de años, y seguir los consejos tanto de sus amigos como los de la generación previa con tal de vencer al fanático más tóxico de “Scream”, tarea que será más complicada para Sam, ya que el secreto que desea esconder también la relaciona directamente con los primeros asesinatos que sucedieron en Woodsboro.

Si bien siempre he considerado a “Scream 2” como una de mis secuelas favoritas, a “Scream 3” como una entrega innecesaria y, de manera más reciente, a “Scream 4” como una versión insuficiente, “Scream 5” consiguió emocionarme nuevamente con la idea de un asesino en serie que, influenciado por su fanatismo irracional por las películas de terror, decide dejar su propia marca en la vida de sus más cercanos. La película es entretenida, tiene el suspenso y el misterio suficiente como para llamar la atención de los fanáticos de la saga, así como también la de aquellos recién llegados que pueden verse reflejados en el grupo de los nuevos personajes. Los directores se dieron un gusto e incluyeron referencias que los seguidores del cine pueden tomar como una ironía o como una mala broma; por supuesto que Rian Johnson no iba a pasar desapercibido. La producción se torna mucho más sangrienta que las versiones anteriores de “Scream”, recurso que cae en lo más barato del género slasher; no es necesaria tanta sangre para causar una escena de impacto, así como tampoco lo es [SPOILER] contratar a la misma actriz de “Once Upon a Time in Hollywood” para darle la misma causa de muerte que en aquella película. En lugar de causar sorpresa, sólo consiguió que adivinara mucho más rápido quién era el personaje detrás de la máscara de Ghostface.

Pero, a pesar de aquel par de detalles, “Scream” fue una experiencia mucho mejor que sus antecesoras. Se extraña el estilo de Wes Craven, por supuesto, pero al menos esta nueva generación demostró estar a la altura.

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Hola

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Catalina.
Basada en hechos reales.

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