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We'll always have Paris

 


Venecia debe ser uno de los destinos turísticos más hermosos del mundo y varias son las películas que se han encargado de idealizar la ciudad, pero en el caso de “Don’t Look Now”, Venecia se ve tan sombría y espeluznante que a ningún turista le gustaría quedarse más de dos días por los alrededores; entre días nublados y una seguidilla de asesinatos sin resolver, el matrimonio Baxter trata de superar la muerte de su pequeña hija, Christine, y de fortalecer su vida en pareja.

John (Donald Sutherland) y Laura (Julie Christie) deciden viajar a Venecia luego de que John aceptara restaurar una antigua iglesia de la ciudad; meses antes, ambos sufrieron la pérdida de su hija mejor tras un accidente en su hogar de Inglaterra. Cierto día, los Baxter se topan con dos hermanas algo extrañas; una de ellas dice ser vidente y asegura que tiene un mensaje de Christine desde el más allá. Laura, quien es mucho más sensible y cálida que John, confía de inmediato en la vidente, mientras que él, mucho más práctico y lógico, prefiere ignorar los comentarios y concentrarse en su trabajo.

Sin embargo, John no puede dejar de percibir ciertas visiones de Christine por toda Venecia, una especie de recordatorio de la culpa que todavía siente y que no ha querido afrontar. La imagen de Christine lo persigue durante toda la historia; John ve el abrigo de su hija, de un fuerte color rojo, tanto como nosotros apreciamos aquel color durante cada escena de la película. El agua que rodea a Venecia también es otro recordatorio de la trágica muerte de Christine, así como también lo es la pequeña figura de abrigo rojo que recorre sigilosamente la ciudad y que, incluso, John decide perseguir cierta noche. Por más que el protagonista quiera olvidar la muerte de su hija, todo a su alrededor no hace más que recordársela.

Es difícil catalogar a “Don’t Look Now” sólo como una película dramática o sólo como una película de terror, ya que ambos géneros se presentan y se entremezclan tan bien que la película jamás podrá pertenecer a una sola categoría. “Don’t Look Now” es humana, oscura, aterradora e impactante; su edición puede tender a confundirnos y hacernos creer que pasado, presente y futuro pueden ocurrir al mismo tiempo, pero aquel juego sólo aumenta la curiosidad por la figura misteriosa de Venecia y por el supuesto talento que, según la vidente, John posee. La película también llama la atención debido a su explícita y precursora escena de sexo, la cual le debió censuras y ediciones que sólo aumentaron el misterio y el morbo alrededor de la cinta; incluso existieron rumores que los protagonistas tuvieron sexo de verdad, rumores que tanto ellos como el director, Nicolas Roeg, debieron negar.

Roeg se basó es una historia de la escritora inglesa Daphne du Maurier para darle vida a “Don’t Look Now”; ella ya había tenido buenas experiencias con sus obras siendo adaptadas al cine gracias a Alfred Hitchcock y disfrutó tanto de esta versión de Roeg que le envió una carta al director, felicitándolo por haber sabido capturar la esencia de la relación entre Laura y John. Quienes no apreciaron tanto “Don’t Look Now” fueron los mismísimos venecianos, quienes acusaron a la película de querer espantar la visión turística de la ciudad.

A pesar de haber estado llena de críticas durante su lanzamiento, “Don’t Look Now” logró convertirse en un clásico y ha sido nombrada como una gran influencia en la carrera de directores como Danny Boyle, Lars von Trier, Lynne Ramsay, entre otros. Es innegable su calidad, así como también el miedo y la pena que transmite a lo largo de su duración, sentimientos que nunca son fáciles de superar.

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Durante una escena de “Gilda: No Me Arrepiento de Este Amor”, dirigida por Lorena Muñoz y protagonizada por Natalia Oreiro, unos personajes se acercan a la cantante para pedirle una especie de bendición y también para contarle que una cercana se recuperó de una enfermedad tras escuchar nada más que las canciones que convirtieron a Gilda en una leyenda de la música bailable. Aquella fama sigue a la imagen de Gilda hasta el día de hoy e, incluso, su trágica muerte en una autopista argentina ayudó a que el mito sobre su santidad creciera y creciera.

La imagen de Gilda, la cantante y la mujer, nunca había sido explorada antes, por lo que Lorena Muñoz decidió realizar un retrato honesto y respetuoso de la intérprete; “Gilda: No Me Arrepiento de Este Amor” nos muestra la vida de la cantante, desde sus acercamientos a la música durante su adolescencia hasta que fue alcanzado la fama en los rincones más lejanos de Suramérica. Nacida bajo el nombre de Miriam Bianchi, Gilda ya estaba casada, tenía dos hijos y trabajaba como profesora parvularia cuando decidió que, finalmente, seguiría su pasión y se dedicaría a la música.

Tras asistir a un casting que leyó en un periódico, Miriam conoce a Juan Carlos Giménez (Javier Drolas), mejor conocido como “Toti”, con quien establece una relación compositor-cantante que dura hasta la repentina muerte de la joven. Poco a poco, Miriam comienza a abrirse paso en el machista y sentencioso negocio de la música; consigue un mánager, José Olaya (Roly Serrano), quien le da el nombre artístico de “Gilda”, y comienza a salir de gira con su flamante nueva banda. Al mismo tiempo, Gilda debe enfrentar los problemas que su carrera musical causa en su matrimonio, ya que su marido, Raúl Cagnin (Lautaro Delgado), es bastante crítico de la profesión de su esposa; mientras esta parte de su vida continuaba en ascenso, la vida familiar de Gilda estaba a punto de quebrarse para siempre.

“Gilda: No Me Arrepiento de Este Amor” nos muestra a una Gilda sensible, esforzada y adorable, una mujer capaz de conquistar a cualquiera con tan sólo una sonrisa y una canción, pero también aprendemos acerca de la Gilda que escribía con el corazón roto tras la separación con su marido, de la madre afligida que dejaba a sus hijos en casa mientras viajaba con su banda a otros lugares y de la niña que nunca pudo superar la temprana muerte de su padre. Ni Lorena Muñoz ni Natalia Oreiro caen en la sobre dramatización ni en los clichés; la directora entrega un relato sincero y la actriz no recurre a una simple imitación, sino que a su propia creación de una cantante que también admiraba.

La trágica muerte de Gilda, en septiembre de 1996, ocurrió durante su apogeo artístico, hecho que sólo elevó su estatus de ícono y ayudó a consolidar su figura de santa entre sus más fervientes fanáticos. El accidente automovilístico también se llevó a algunos de sus músicos, a su madre y a su hija mayor y el lugar del choque se ha convertido en una especie de santuario, así como también su tumba en el Cementerio de la Chacarita, lugar hasta donde los creyentes más acérrimos llegan a pedirle favores y milagros.

Para ellos, Gilda murió para hacer milagros. Gilda murió para convertirse en santa y cumplir deseos como un ángel de los pobres. Gilda sigue viva en algún rincón del infinito, envuelta en su vestido azul y bajo un aura de flores.

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Hace unos días, HBO estrenó una nueva adaptación de “Scenes from a Marriage”, aquella serie de televisión sueca que el director Ingmar Bergman desarrolló a principio de los años ’70. Basándose en un par de experiencias personales, Ingmar creó la historia del matrimonio compuesto por Marianne (Liv Ullmann) y por Johan (Erland Josephson), matrimonio que pasa por una fuerte crisis, a pesar de todo el amor que profesan por el otro.

La serie tenía una duración de seis capítulos y fue estrenada en 1973, pero al año siguiente, la historia fue comprimida y reestrenada como una película de tres horas. En un comienzo, Johan y Marianne son una pareja completamente normal y feliz, una que pertenece a la clase alta e intelectual, una que destaca por sobre otras relaciones más complicadas y tristes, como la de sus amigos, por ejemplo. Luego de unos años, Johan decide dejar a su familia por otra mujer, algo que desafía la naturaleza pasiva de ambos; años después, Marianne y Johan se reencuentran y analizan cómo su separación ha afectado sus vidas.

La serie de HBO, protagonizada por Jessica Chastain (Mira) y por Oscar Isaac (Jonathan), captura la misma historia, pero la desarrolla en cinco capítulos y recurre a un par de diferencias para destacar a esta nueva versión. En esta adaptación, es Mira quien decide dejar el hogar y comenzar una vida con otro hombre, para luego enfrentar todo el juicio social que no, necesariamente, hubiese recibido Jonathan de igual manera. Lo destacable de la serie es que supo recoger toda esa maravilla del diálogo intenso, real y cercano que también se da en la película de 1974; gracias a la técnica de los close-ups y a la sinceridad, tanto de la historia como de los personajes, es bastante fácil dejarse llevar e involucrarse con todo lo que está pasando.

Es claro que Johan y Marianne, al igual que Mira y Jonathan, se aman profundamente y que han construido una familia cariñosa y admirable, pero el panorama no siempre es perfecto. Johan y Mira sienten que necesitan otras cosas, cosas que ni Marianne ni Jonathan, debido a su pasividad y conformidad, pueden darles. La inseguridad también se ve reflejada en los personajes que deciden marcharse, ya que, a través de los distintos encuentros a través de los años, nunca se les ve muy confiados de sus decisiones. Las conversaciones entre cada pareja son duras, crueles, pero también reconfortantes y dulces; sólo una pareja que realmente se ama, o un par de actores con mucha química, es capaz de traspasar tantas emociones en el curso de un par de capítulos.

“Scenes from a Marriage”, tanto su primera versión como su última adaptación, también demuestra lo atemporal que estas situaciones son; claro, antes la sola idea del divorcio era algo abominable, pero desde que los movimientos feministas hicieron su aparición durante la década del ’70, las mujeres se dieron cuenta de que tenían muchas más opciones y los hombres, aunque algunos no se dieran cuenta y aun cuando todavía falte mucho, han tenido mucho más espacio para expresar sus sentimientos. Los problemas matrimoniales se presentan en cualquier época, en cualquier estatus social, en cualquier parte de la vida; pueden destruir o pueden unir, pero siempre tendrán, al menos, un lado favorable.

Personalmente, no puedo elegir entre ambas versiones; cada una aporta diálogos y escenas irrepetibles, escenas capaces de hacer sentir, incluso, a aquellos que jamás hayan pasado por un divorcio o a otros como yo, que nunca habían podido ser capaces de llegar al final de alguna producción de Ingmar Bergman.

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“Imagina esto: la cámara muestra a un pistolero de la cintura hacia abajo, sacando su arma y disparándole a un niño que huye; la cámara sube hasta el rostro del pistolero y… es Henry Fonda”. Acostumbrado a interpretar siempre el papel de “el bueno de la película”, el actor Henry Fonda quedó bastante intrigado con la descripción del villano que el director Sergio Leone le ofrecía. Al mismo tiempo, Leone tampoco estaba muy convencido de dirigir otro western; tras el éxito de “The Good, the Bad and the Ugly”, el director estaba listo para dar vuelta la página y concentrarse en “Once Upon a Time in America”, pero Paramount Pictures le hizo una oferta que no pudo rechazar.

Luego de que el estudio le asegurara un buen presupuesto y la presencia de Henry Fonda, su actor favorito, entre el reparto, Sergio Leone comenzó a trabajar en el guión de “Once Upon a Time in the West”; junto a los mismísimos Darío Argento y Bernardo Bertolucci, Leone escribió una historia sobre los problemas que ocurren en una lejana ciudad del viejo Oeste llamada Flagstone, en especial después de la llegada de Jill McBain (Claudia Cardinale) y de un misterioso pistolero que se hace llamar Harmonica (Charles Bronson).

Las vidas de Jill y de Harmonica no tienen nada en común, excepto hasta el momento en que se cruzan con la maldad de Frank (Henry Fonda), líder de una banda de forajidos que siempre atemoriza a los habitantes de Flagstone. Jill es una prostituta que busca rehacer su vida con Brett McBain, un hombre que sueña con crear una estación de trenes dentro de su propiedad, pero apenas llega al pueblo, la flamante nueva señora McBain se entera que ha quedado viuda, ya que Frank ha asesinado tanto a su esposo como a la familia de este. Por otro lado, Harmonica llega al pueblo buscando venganza en contra de Frank y, desde el primer momento en que aparece en la estación de tren, debe enfrentar a los fieles súbditos del pistolero.

Frank no sólo debe enfrentar la amenaza del progreso, personificado en la llegada de la modernidad a través del nuevo sistema de ferrocarriles y en la figura de Jill, sino que también debe enfrentar el regreso de su pasado, a través de la representación de Harmonica. Además, a ambos justicieros también se les suma Cheyenne (Jason Robards), una nueva pieza de ajedrez que también se moverá en contra de Frank y ayudará a derrocar sus planes.

A lo largo del transcurso de tres horas, “Once Upon a Time in the West” nos muestra que la maldad de Frank no tiene límites, así como tampoco los esfuerzos que los protagonistas hacen con tal de que el villano obtenga su merecido. La extensa duración de la película fue criticada en su época, pero la historia no se siente un relato lento ni pesado; a pesar de las tres horas, “Once Upon a Time in the West” cuenta con la suficiente acción y con el suficiente suspenso como para mantener nuestra atención alerta todo el tiempo. Es más que interesante ver a Henry Fonda interpretando a un villano o ver a un personaje femenino como el de Jill McBain no dejarse intimidar por aquellos pistoleros del Viejo Oeste, a pesar de todas las normas del género en cuanto a personajes femeninos se trataba. El misterio acerca del verdadero nombre de Harmonica también es otro gran detalle, ya que cada vez que Frank le pregunta, el justiciero responde siempre con un nombre distinto; no es sólo hasta el final de la cinta que aprendemos el verdadero significado y los motivos de su venganza.

A pesar de las vagas críticas en su momento, “Once Upon a Time in the West” logró convertirse en un clásico del género western y en una gran influencia para otros directores como Martin Scorsese o Quentin Tarantino; es de esas películas que pasa la prueba del tiempo, cuya calidad no decae y cuyo estilo siempre estará vigente.

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Una de las cosas más interesantes del terror es que puede presentarse hasta en el más común de los escenarios: un estudio de ballet, un hotel vacío, Suecia… El director M. Night Shyamalan decidió llevar su último proyecto a las maravillas que sólo una paradisíaca playa podría ofrecer; basándose en la novela gráfica, “Sandcastle”, escrita por Pierre Oscar Levy y Frederik Peeters, Shyamalan construyó una historia que lidia con el paso del tiempo y los misterios que esconde un prestigioso resort.

La trama de “Old” comienza con las vacaciones de la familia Cappa, compuesta por los padres, Guy (Gael García Bernal) y Prisca (Vicky Krieps), y sus pequeños hijos, Maddox (Alexa Swinton) y Trent (Nolan River). Parecen ser una familia muy dulce e idónea, pero la verdad es que los padres están pensando en divorciarse y utilizan estas vacaciones como último recurso para salvar la relación. Además de una aventura fuera del matrimonio, las diferencias entre Guy y Prisca también afectan su convivencia; él trabaja en una compañía de seguros, por lo que siempre piensa en el futuro, mientras que ella se desempeña en un museo, algo que la mantiene preocupada siempre con el pasado.

Detalles como estos centran nuestra atención en el tiempo, ya que es este elemento el cual pasará a ser tan protagonista como antagonista durante el resto de la película. La familia Cappa es invitada a una playa cercana al resort, lugar en donde, supuestamente, sólo los huéspedes más exclusivos son llevados a visitar; allí también llega la familia del cirujano Charles (Rufus Sewell), su joven esposa Chrystal (Abbey Lee), su pequeña hija Kara (Kylie Begley) y la madre del médico, Agnes (Kathleen Chalfant). Junto al enfermero Jarin (Ken Leung) y su esposa Patricia, una psicóloga, (Nikki Amuka-Bird), todos los invitados comienzan a notar los extraños hechos que empiezan a suceder en la playa.

Los niños comienzan a sentirse diferentes, los adultos comienzan a sentir distintos dolores, un cuerpo aparece en la orilla y, sin explicación alguna, la playa no deja que los personajes puedan abandonar el lugar y volver al resort, muy al estilo de “El Ángel Exterminador”. Mientras los adultos siguen tratando de entender lo que está sucediendo, Prisca nota que sus pequeños hijos ahora son unos adolescentes (interpretados por Alex Wolff y Thomasin McKenzie) y la tensión comienza a acumularse entre los invitados. El misterio del cambio en los niños lo podemos asociar al paso del tiempo, el cual transcurre mucho más rápido de lo normal en la isla, pero el suspenso y el miedo inicial pronto se pierden una vez que los propios personajes quedan a cargo de explicarnos cada detalle del resto de la trama.

En lugar de sólo mostrar y dejarnos sacar nuestras propias conclusiones, “Old” recae en el viejo error de contarnos, a través de muchos diálogos, lo que estamos viendo, dejando de lado las imágenes reveladoras para llegar hasta una explicación bastante decepcionante, si consideramos lo bien que comienza el misterio paranormal de la playa. Además, para tratarse de una película que enfrenta el rápido paso del tiempo, este recurso traiciona a algunas de las escenas más impactantes, dándole apenas unos segundos a los personajes para que puedan reaccionar o entender lo que ven, algo que también le quita el impacto a estas mismas escenas.

M. Night Shyamalan siempre ha utilizado giros de trama dentro de su filmografía; con “The Sixth Sense”, por ejemplo, consiguió emocionar y con “Split” también nos sorprendió, pero “Old” deja una especie de mal sabor en la boca. A pesar de las buenas actuaciones y la interesante premisa, la cinta, lamentablemente, sólo se queda en eso y recae en un final bastante plano y decepcionante. 

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Alors voilà, Clyde a une petite amie, elle est belle et son prénom c'est Bonnie
À eux deux, ils forment le gang Barrow. Leurs noms, Bonnie Parker et Clyde Barrow 🎵

Las aventuras de Clyde Barrow y de Bonnie Parker son historias conocidas en todo el mundo; sus asaltos, sus asesinatos e, incluso, hasta su manera de vestir se convirtieron en piezas importantes de la cultura popular y no pasaron desapercibidos. Hollywood no pudo resistir la tentación de llevar la historia de estos delincuentes a la pantalla grande y, basándose en el boom de la nouvelle vague durante la década de los '60, los estudios comenzaron la producción de “Bonnie and Clyde”.

Los guionistas, David Newman y Robert Benton, trataron incluso de convencer a Jean-Luc Godard y a François Truffaut para que se unieran al proyecto, pero ninguno de los dos mostró mayor interés en Hollywood; se dice que, durante las negociaciones, Truffaut les dijo “Je vous parle de cinéma, vous me parlez de météo. Au revoir”, (“Yo hablo de cine y y ustedes me hablan del clima. Adiós”). Para suerte de los guionistas, el actor Warren Beatty también se encontraba en París durante aquellos días, le entusiasmó el proyecto y se embarcó como productor.

La producción de la película continuó su curso y el director estadounidense Arthur Penn fue contratado para que mantuviera la estética francesa de la nouvelle vague; Faye Dunaway también se unió al proyecto como la actriz a cargo de interpretar a Bonnie Parker, luego de que Shirley MacLaine (hermana de Beatty) y Natalie Wood tuvieran que dejar pasar la oportunidad. Una vez que las piezas centrales estuvieron en orden, “Bonnie and Clyde” por fin vio la luz durante 1967.

La película se centra en las aventuras de los reconocidos asaltantes de bancos, quienes disfrutaron una época de gloria durante los años de la Gran Depresión. Clyde Barrow (Warren Beatty) conoce a la ingenua Bonnie Parker (Faye Dunaway) cuando trata de robar el auto de su madre; buscando algo de emoción en su vida, Bonnie decide convertirse en su cómplice y ambos emprenden una travesía de asaltos a través del sur de Estados Unidos. Sus hazañas son tan cautivadoras que al dúo también se une el hermano de Clyde, Buck (Gene Hackman), y la esposa de este, Blanche (Estelle Parsons).

La influencia de la nouvelle vague es bastante notoria durante toda la narrativa y podemos apreciarla tanto en la edición como en la vestimenta de los personajes, por ejemplo, pero por más idílico y divertido que fuese el panorama, “Bonnie and Clyde” también se encarga de recordarnos que estamos frente a la idealización de una relación bastante problemática, una en donde la masculinidad tóxica reinaba y una especie de dependencia emocional puede ser percibida en los personajes femeninos; no sólo es el caso de la enigmática Bonnie, sino que también el de la vulnerable Blanche, quien se ve involucrada en varios actos en contra de su voluntad.

La atracción hacia la historia se debe, en gran parte, a las actuaciones de los cuatro personajes principales. Warren Beatty y Faye Dunaway tienen una química increíble y, sobre todo Dunaway, les entregan un aire muy carismático a los míticos delincuentes. Por su parte, Gene Hackman se luce como actor secundario y, aunque quizás no le hicieron justicia al personaje de Blanche, la actuación de Estelle Parsons la convierte en un elemento soportable. La sorpresa en el elenco es la participación de Gene Wilder como una de las víctimas del cuarteto, en lo que significó su primer rol cinematográfico.

Dentro de la historia del cine estadounidense, “Bonnie and Clyde” es consideraba como uno de los primeros ejemplos del estilo New Hollywood, el cual se extendió desde mediados de los años ‘60 hasta la década de los '80, y fue una película tan aclamada como criticada por sus demostraciones de sexualidad, violencia y humor, demostraciones que todavía eran un tema tabú para la época. Podríamos decir que la cinta glorifica la violencia, pero el contraste con el desarrollo de los personajes y con la empatía que nos logran hacer sentir, es uno de los puntos más interesantes al momento de envolverse en la historia.

“Bonnie and Clyde” es una cinta tan cautivante que, por unos minutos, hasta consigue hacernos olvidar aquel icónico error de lectura durante cierta ceremonia de entrega de los premios de la Academia.

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Hace 62 años, un joven Norman Bates nos decía que “el mejor amigo de un hombre es su madre”, una afirmación de por sí algo perturbadora dentro del contexto de “Psycho”, y que películas como “Ma Mère” han decidido llevar hasta el extremo de la incomodidad. Si leemos los nombres de Isabelle Huppert o de Louis Garrel dentro del reparto de una película, podríamos, inocentemente, pensar que estaremos frente a un drama digno de una producción francesa y, aunque “Ma Mère” no se aleja de esa realidad, la verdad es que la película resulta ser mucho más inquietante de lo que prometía.

La cinta cuenta la historia de Pierre (Louis Garrel), un infeliz y frustrado joven que regresa a la casa de sus padres, en la isla de Gran Canaria. Luego de la repentina muerte de su padre, Hélène (Isabelle Huppert) decide acercarse más a Pierre y le cuenta acerca de su doble vida y de las muchas infidelidades que cometió, a sabiendas de su marido; la verdadera intención de Hélène es que Pierre acepte su forma de vida y que él también comience a experimentar con tal de superar la muerte de su padre y dejar atrás sus creencias religiosas.

Pierre, entonces, conoce a varias amigas de su madre, con quienes se involucra sexualmente; “Ma Mère” ofrece escenas explícitas sobre los encuentros casuales de Pierre y sobre su autodescubrimiento, lo que no debería ser nada extraño dentro de una película con esta vibra, pero estas escenas incomodan de principio a fin, ya que cada una incluye la presencia de la madre de Pierre. Sigmund Freud adoraría esta película.

No hay nada de malo en querer retratar una perversión o en mostrar la faceta más complicada de una persona que quiera intentar recaer en el incesto, pero parece ser que ese es el punto en donde “Ma Mère” falla; en lugar de mostrar lo incorrecto que una relación incestuosa puede llegar a ser, la película trata de normalizar las cosas como un simple capricho de Pierre o de su madre o como un intento de convertir a la trama en algo mucho más serio, cuando, en realidad, “Ma Mère” retrata su premisa con mucha ligereza.

Puedo comprender la naturaleza hedonista de la historia, pero la falta de emoción de sus personajes resulta en que ninguna de sus acciones contenga mayor significado; es un relato vacío, superficial y bastante incómodo desde los primeros días de Pierre junto a su madre hasta aquel bizarro final en una sala de morgue. Además, la opción de que “Happy Together” decore la última escena es una decisión también bastante bizarra como cierre de esta película.

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Cuando el director japonés, Kinji Fukasaku, decidió adaptar la novela “Battle Royale” a la pantalla grande recordó aquellos instantes de su adolescencia en los que debió protegerse de distintos ataques durante la Segunda Guerra Mundial; junto a sus compañeros de curso, fue obligado a trabajar en una fábrica de municiones y varios de ellos no pudieron escapar durante los bombardeos, por lo que los jóvenes sobrevivientes tuvieron que hacerse cargo de los cuerpos. Luego supieron que el gobierno japonés había mentido sobre la situación de la guerra, lo que gatilló un odio profundo hacia los adultos por parte de Fukasaku.

“Battle Royale” no cuenta los horrores de una guerra, pero sí presenta una especie de sociedad distópica, en donde el gobierno ha decidido crear un evento anual, dentro del cual un grupo de estudiantes debe asesinarse entre sus propios integrantes, dejando victorioso a un gran ganador; la razón tras este evento es prevenir la creciente tasa de delincuencia juvenil y frenar el miedo que sienten los adultos hacia los adolescentes. El grupo elegido para el evento de aquel año es la clase de Shuya Nanahara (Tatsuya Fujiwara), joven que está tratando de superar la trágica muerte de su padre.

Shuya y sus compañeros creen que saldrán a disfrutar un agradable paseo de curso, pero son raptados y llevados hasta una remota isla, en donde les informan que son parte de la Battle Royale anual; a cada uno se le entrega un arma, una mochila con cosas básicas para sobrevivir un par de días en una isla desconocida y un rastreador que no les permitirá escapar. Ninguno de los adolescentes puede creer lo que está pasando ni tampoco pueden creer que, dentro de un período de quince minutos, ya dos de sus compañeros hayan sido asesinados de una manera tan violenta. La violencia presente en “Battle Royale” fue bastante criticada durante su época de estreno, violencia que incluso causó que la película fuese comparada con el mismo efecto que “A Clockwork Orange” provocó durante varios años también. Si bien no es una violencia tan gore como había imaginado, de todos modos, es bastante fuerte ver caer al 95% de los personajes en un contexto gráfico y desesperanzador.

Gracias a numerosos flashbacks, aprendemos las historias de varios de estos adolescentes y, lamentablemente, no es difícil encariñarse con alguno, en especial con el protagonista y con su mejor amigo, Yoshitoki Kuninobu (Yukihiro Kotani), o con Noriko Nakagawa (Aki Maeda); sin embargo, una de las historias más tristes es la de Mitsuko Souma (Kou Shibasaki), gracias a la cual se puede comprender la esencia del personaje. A pesar de que varios alumnos están dispuestos a participar en este cruel evento, otros simplemente se rinden o deciden no participar, decisión que les traerá peores consecuencias.

En contraste con todo el éxito que “Battle Royale” consiguió en Japón, la película no estuvo libre ni de críticas ni de censuras, críticas de aquellas que culpan al cine de ciertos hechos violentos ocurridos y censuras de aquellas eliminan las escenas más provocadoras o censuras que prohíben la circulación de una cinta en varios sectores. Sin embargo, “Battle Royale” también consiguió convertirse en una especie de película de culto que cautivó a directores como Quentin Tarantino; la elección de Chiaki Kuriyama como Gogo Yubari no pudo haber sido al azar.

Violenta y perturbadora, “Battle Royale” no deja de ser una película interesante también, la cual nos ofrece más momentos de tensión y de nostalgia que de provocación pura; no es un relato tan fuerte como imaginé, ya que las expectativas siempre traicionan, pero claro que herirá más de alguna sensibilidad.

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Las ciudades más concurridas del mundo siempre funcionan como excelente material para contar historias; sus interesantes habitantes o las clásicas locaciones turísticas nos ofrecen más de alguna buena trama que podría llamar nuestra atención, pero Wong Kar-wai recurre a aquellos personajes que nadie giraría a mirar y a aquellos lugares menos llamativos de Hong Kong para desarrollar las dos historias que conforman “Fallen Angels”.

Concebida originalmente como un tercer relato, el cual iba a ser parte de “Chungking Express”, “Fallen Angels” cuenta primero la historia de Wong Chi-ming (Leon Lai), un misterioso asesino a sueldo, y de su Agente (Michelle Reis); ellos no se conocen, pero la Agente está cargo de entregar cada tarea al asesino, además de limpiar su departamento y otras cosas por el estilo. La Agente está completamente enamorada de Wong Chi-ming, pero él mantiene una relación con Blondie (Karen Mok), una mujer muy risueña y bastante insoportable.

Por otro lado, también nos presentan la historia de Ho Chi-mo (Takeshi Kaneshiro), un delincuente mudo que escapa de la prisión y quien vive en el mismo edificio en donde vive la Agente. Ho Chi-mo pasa las noches entrando a tiendas cerradas y obligando a desconocidos a ser atendidos por él; el joven es peligroso e impredecible, pero su lado más vulnerable brota durante cada escena en la que comparte con su padre (Chan Man-lei). Ho Chi-mo conoce a una joven llamada Charlie (Charlie Yeung), una azafata deprimida tras haber sido abandonada por su novio, quien la dejó por una mujer llamada Blondie.

Ambas historias tienen varios escenarios y nombres en común, pero nunca consiguen entrelazarse del todo, lo que representa una especie de alivio para algunos de sus personajes. Al contrario de “Chungking Express”, “Fallen Angels” es una película mucho más oscura y algo más improvisada que su antecesora; la mayoría de sus escenas fueron grabadas durante la noche, por ejemplo, y el flujo de las historias parece ser uno mucho más natural. Sin embargo, no es tan emotiva como la primera entrega y es una lástima que “Fallen Angels” no haya podido ser parte de una película de tres horas con mucha más atención a la trama; a pesar de aquel detalle, de todos modos, funciona como película individual y sus personajes logran interesar.  

Tanto en “Chungking Express” como en “Fallen Angels”, la estética característica de Wong Kar-wai queda plasmada a la perfección y el uso de un soundtrack específico también logra resaltar. Si tras ver “Chungking Express” no podemos dejar de tararear “California Dreaming”, una vez que “Fallen Angels” termina es imposible no sonreír frente a una nueva versión de “Only You”.

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Durante el verano de 1987, un joven Robert Smith paseaba con su novia en la playa de Beachy Head, al sur de Inglaterra; el vocalista de The Cure se encontraba, junto a la banda, grabando las canciones del álbum “Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me” cuando la inspiración para crear “Just Like Heaven” llegó a su cabeza, canción que luego se convirtió en una de las mejores obras de la banda inglesa.

“Just Like Heaven” también es el título de una película de 2005, dirigida por Mark Waters, mismo director a cargo de cintas como “Mean Girls” o “Freaky Friday”. Esta comedia romántica comienza decorando el ambiente con una versión de la canción, a la cual debe su nombre, interpretada por Katie Melua, una versión algo más acústica y relajada que la original. Luego de los créditos principales, nos presentan a nuestra heroína: Elizabeth Masterson (Reese Witherspoon), una trabajólica doctora que no tiene tiempo para disfrutar de su vida personal.

Por otro lado, tenemos también a David Abbott (Mark Ruffalo), un arquitecto paisajista que trata de recuperarse luego de la trágica y repentina muerte de su esposa. David se muda al departamento que solía ser de Elizabeth y lo ve como una oportunidad para empezar desde cero, pero el espíritu de la joven doctora comienza a aparecer por todos los rincones. David no puede creer que esté en presencia de un fantasma, mientras que Elizabeth no entiende cómo es que puede atravesar las paredes, por lo que ambos intentarán descubrir la verdad acerca de este inusual misterio.

La aventura que ambos emprenden con tal de resolver la situación es bastante entretenida, pero la conclusión de personajes enamorándose hacia el final de la historia parece algo sacado completamente de contexto, debido a la falta de química romántica entre los actores principales; de hecho, los dos funcionan mucho mejor como dúo investigativo que como potencial pareja. “Just Like Heaven” tiene muchos momentos graciosos y adorables, pero, a ratos, se vuelve una película incómoda y algo forzada.

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Si las comparaciones entre “Rocketman” y “Bohemian Rhapsody” han sido inevitables no sólo se debe al hecho de que ambas películas pertenecen al género musical y al género de las biopics, sino que también se debe a que la dirección estuvo a cargo del mismo hombre, Dexter Fletcher; el director tuvo que hacerse cargo de la historia de Freddie Mercury tras la controversial salida de Bryan Singer, pero en el caso de la historia de Elton John, Fletcher pudo embarcarse en el proyecto desde un principio para entregarle un sello distinto y no sólo terminar el trabajo de alguien más.

Siguiendo las reglas del género, “Rocketman” se encarga de contarnos la fascinante y polémica historia de vida de Elton John, desde sus inicios en el piano cuando era un niño hasta que los excesos de la fama le pasan la cuenta; el giro interesante de esta película es que es el mismo personaje de Elton John, interpretado magistralmente por Taron Egerton, el encargado de contarnos su propia historia. A través de varios números musicales, los cuales mezclan la fantasía con la realidad, “Rocketman” nos muestra increíbles pasajes acerca de la vida del músico inglés.

Y qué vida más emocionante. Elton John tuvo que pasar por una problemática infancia, una en donde sus padres nunca le demostraron afecto, sufrió las dudas acerca de su sexualidad y luego enfrentó la soledad y los excesos que la fama le trajo. Más que una imitación, Taron Egerton consigue una personificación respetuosa y acertada, sobre la cual recae todo el peso de “Rocketman” y la cual cumple con satisfacer el deseo de apreciar una interpretación digna sobre los íconos musicales de nuestra época; el hecho de que el propio Egerton cante las obras de Elton John no desentona, sino que crea una especie de universo particular en donde la historia puede apoyarse fácilmente para continuar desarrollándose.

Entrando al terreno de las comparaciones, la actuación de Taron Egerton sobresale mucho más que la de Rami Malek interpretando a Freddie Mercury, por lo que duele que Egerton ni siquiera haya sido nominado para el gran premio que Malek sí aseguró. La calidad de “Rocketman” también es mucho mayor que la de “Bohemian Rhapsody”, ya que la cinta no se encarga de limpiar la imagen de su cantante principal con tal de entregarnos una historia sana y familiar, sino que retrata la vida de Elton John tal y como fue, sin esconder controversias ni polémicas. Como expresó el mismo cantante, él no vivió una vida que pudiese caer en el rango de la calificación PG-13, por lo que una versión más suavizada de su historia no hubiese sido un relato tan real y honesto como “Rocketman” sí lo es.

En general, “Rocketman” es una cinta increíblemente entretenida, tan desoladora como alegre, enigmática y hasta camp, todo lo que podría esperarse de una película que cuente los altos y bajos de una estrella musical tan popular. Elton John, como productor ejecutivo de “Rocketman”, debería estar más que orgulloso.

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Suele suceder que, durante la promoción de alguna película, su director o actores principales corren el peligro de exponer un comentario desafortunado o fuera de lugar. En el caso de “Exodus: Gods and Kings”, cinta que antes de su estreno ya estaba siendo criticada por el whitewashing de sus protagonistas, su director, Ridley Scott, defendió la elección del elenco diciendo que no podría arriesgar el éxito de una película de tan magna producción dejándole el papel principal a un actor llamado "Mohammed Tal por Cual"; comentario bastante desatinado. Por supuesto que el éxito de una cinta no sólo recae en comentarios hechos durante una gira promocional, pero frente a tan mal producto, la promoción pudo haber sido mucho mejor.

En “Exodus: Gods and Kings”, Scott muestra su interpretación de la historia bíblica entre el faraón egipcio, Ramsés (Joel Edgerton), y Moisés (Christian Bale), profeta que consigue liberar al pueblo judío y llevarlo hasta la Tierra Prometida; ambos fueron criados como hermanos, pero cuando Moisés supo la verdad acerca de su identidad, quiso librar a su pueblo del dominio egipcio y, ante la negativa de Ramsés, el profeta dejó caer diez plagas sobre la región. Ya hemos visto este relato en la pantalla grande antes; primero de la mano de Cecil B. DeMille en “The Ten Commandments”, estrenada en 1956, y también en una versión animada, “The Prince of Egypt”, de 1998.

Ambas películas fueron grandes producciones y lograron convertirse en grandes éxitos también, ya que presentan todo lo que “Exodus: Gods and Kings” no pudo reflejar. La versión de Ridley Scott es una versión extensa, pausada y oscura, la cual no consigue provocar entusiasmo ni interés y, además, contiene un sobre dramatismo que sólo empeora la calidad de la historia. La cinta no consigue elevarse ni siquiera durante sus secuencias de acción y tampoco puede apoyarse en las actuaciones, dentro de las cuales ninguna destaca. Debido al whitewashing y a la falta de desarrollo de personaje, es bastante difícil empatizar con alguno de ellos o tratar de entender sus razones.

Lo que pudo haber sido un relato apasionante sobre una historia épica y grandiosa, termina convirtiéndose en todo lo contrario. “Exodus: Gods and Kings” se pierde tanto en áreas desérticas como su propio protagonista.

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Cada vez que me cruzo con la existencia de algún remake de una película que el mercado de Hollywood considera como extranjera, me convenzo más de que fueron hechos con la sola idea de satisfacer a una audiencia que, de verdad, se rehúsa a leer un par líneas de subtítulos y no con la idea de darle un toque especial o diferente a una nueva versión. Tanta es la decepción que es imposible no sentirse mal por Spike Lee mientras ves su reinterpretación de “Oldboy”, segunda entrega de la trilogía de la venganza, dirigida por Park Chan-wook.

Sin alejarse mucho de la premisa de la versión original, la versión de Lee también cuenta la historia de un hombre que es encarcelado, sin razón y sin juicio, y obligado a pasar años lejos de la sociedad; este hombre, Joe Doucett (Josh Brolin), luego se entera de que fue, erróneamente, acusado de violar y de asesinar a su ex esposa, por lo que jura cobrar venganza y recuperar a su pequeña hija, Mia. Tras ser dejado en libertad, Joe comienza, de inmediato, con sus planes y, durante su camino, conoce a Marie Sebastian (Elizabeth Olsen), una joven enfermera, y se reencuentra con su amigo Chucky (Michael Imperioli), quienes le ayudarán a completar su venganza.

Es bastante fácil y obvio caer en comparaciones, pero lo haré de todas formas, ya que me gusta mucho la versión de Park Chan-wook. Si su entrega de “Oldboy” sobresalía gracias a su intensa trama, a su perturbadora revelación final y gracias a un protagonista tan patético como interesante, la versión de 2013 es todo lo contrario. Podría culpar al hecho de que la historia ya me es familiar, por lo tanto, la revelación no causará ningún impacto, pero la película no tiene un ritmo suficiente como para captar nuestra atención, de todas maneras. Al mismo tiempo, la idea de la venganza parece un plan desabrido y carente de pasión; la venganza en la versión de Spike Lee no es ni dulce ni amarga.

Mientras tanto, quizás el desinterés en el desenlace de la historia se deba a que “Oldboy” también carece de un protagonista interesante, ya que la interpretación de Josh Brolin es vacía e insípida; ni siquiera sus gritos o su desesperación, al momento de escuchar la revelación final, son dignos de empatía. El villano de esta versión, The Stranger (Sharlto Copley), es vergonzoso e incómodo, y la expansión de tal crimen a todo su ámbito familiar era, totalmente, innecesario. Lamentablemente, creo que no hay nada rescatable ni destacable en “Oldboy”; es un tal mal producto que ni siquiera vemos aquel clásico logo de “A Spike Lee Joint”.

Hace unos días, leí que esta versión de "Oldboy", en realidad, tenía una duración de ciento cuarenta minutos y que el estudio había decidido editar la película y convertirla en una cuya duración es de ciento cinco minutos. Quizás aquella versión valga la pena, pero, por ahora, ni siquiera dan ganas de averiguarlo.

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Es el año 2022 y Estados Unidos se ha convertido en un país libre de crimen; esta utopía ha sido posible gracias a la instauración en el poder de los Nuevos Padres Fundadores, un grupo político totalitario que estableció la ley de La Purga. Esta ley permite que, durante una noche al año, cualquier tipo de crimen sea, completamente, permitido; la población se puede salir con la suya ya sea robando, asaltando e, incluso, asesinando. Al día siguiente, la sociedad vuelve a la normalidad y aquellos más radicales deben esperar, nuevamente, un año, para poder celebrar la noche de la expiación.

Centrándose en la historia de la familia Sandin, el director James DeMonaco escribió una premisa que parecía prometer bastante dentro de un género que siempre necesita de ideas originales e interesantes, pero la idea principal de “The Purge” sólo se queda en promesas y se convierte en una historia predecible y algo aburrida. Quizás fue la intervención de Michael Bay en la producción o quizás fue el hecho de que la película sólo explora lo que sucede dentro de un solo hogar en lugar de explorar el resto del caos que se da en el país, lo que colaboró en el arruinamiento de la premisa.

La familia Sandin es una familia privilegiada que vive en un barrio acomodado de Los Angeles; la noche de la Purga les concierne, pero no parece preocuparles mucho, ya que James (Ethan Hawke), el padre, y su empresa han creado un sistema de seguridad, completamente impenetrable, que los protegerá durante esta nueva jornada de crímenes. Mary (Lena Headey), la madre, continúa con su rutina, mientras que la hija, Zoey (Adelaide Kane) se ve a escondidas con su novio, y Charlie (Max Burkholder), el hijo menor, descubre a una persona pidiendo ayuda desde las cámaras instaladas en el hogar. Dwayne (Edwin Hodge) es un indigente que está siendo perseguido por un grupo de jóvenes enmascarados que disfrutan de la Purga como si fuese una noche de Halloween más.

Charlie decide ayudar a Dwayne y le permite entrar al hogar, poniendo en peligro la seguridad de su propia familia, ya que el grupo de jóvenes purgadores amenaza con acabar con los Sandin también en caso de que no les entreguen a Dwayne. Durante estos momentos, un debate moral muy interesante se produce tanto en los personajes como en los espectadores, cuando nos presentan una decisión tan compleja como la de salvar a nuestra familia o la de salvar a una persona que necesita de mucha más ayuda, pero tras las amenazas de los purgadores, los integrantes de la familia Sandin comienzan a tomar decisiones bastante cuestionables, como la de mantenerse separados, por ejemplo, lo que sólo consigue que perdamos el interés en ellos.

Cuando la atención es dirigida hacia los personajes de los Purgadores, el interés hacia “The Purge” vuelve a despertar; liderados por un joven bastante educado y formal (Rhys Wakefield), estilo que podría recordar al de los psicópatas de “Funny Games”, los purgadores son fanáticos de esta medida que les permite cometer crímenes y no enfrentar ninguna consecuencia, y están dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de intimidar y asesinar, pero su participación sólo está determinada por el líder y su actuación tampoco es suficiente como para inspirar el miedo o la tensión que se necesita en este tipo de cintas.

En general, “The Purge” es sólo una buena idea que fue mal ejecutada. Si la película quizás se hubiese concentrado en otros escenarios o si nos hubiese dado héroes o villanos más interesantes, podría haber resultado. Sin embargo, si la historia cuenta con secuelas y una precuela, algo rescatable debe tener.

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Basada en “The Talented Mr. Ripley”, novela escrita por Patricia Highsmith, la película “Plein Soleil” cuenta la primera de las aventuras del personaje de Tom Ripley, personaje que Highsmith luego retomó en otras cuatro novelas, en una saga conocida como “The Ripliad". René Clément, director francés, adaptó la novela y eligió a Alain Delon como protagonista; la mayoría de nosotros quizás estamos más familiarizados con la adaptación realizada por Anthony Minghella en 1999, la cual fue protagonizada por Matt Damon. Sin menospreciar la capacidad actoral de Damon en aquella película, haber crecido con la imagen de un Tom Ripley personificado por alguien como Alain Delon habría hecho maravillas por mi generación.

Disfruto mucho la versión de 1999, la cual es bastante más fiel al libro que la versión de 1960. Tomándose un poco más de libertades, “Plein Soleil” comienza mostrándonos la ya establecida amistad y complicidad entre Tom Ripley y Dickie Greenleaf (Maurice Ronet), llamado Philippe en esta historia. Ambos recorren hermosas locaciones italianas, cenan en elegantes restaurantes y, a pesar de Philippe esté comprometido con Marge Duval (Marie Laforêt), no tiene problemas para salir con otras mujeres, mientras Tom actúa sólo de espectador.

Ripley está completamente obsesionado con la figura de Philippe y con su grandioso estilo de vida, pero el millonario heredero ya se está hartando de la presencia tan empalagosa de Tom. Tras haber sido atrapado imitando a Philippe, utilizando su propia vestimenta, y tras celar la presencia de Freddy Miles (Billy Kearns), Ripley decide asesinar a su querido amigo y asumir su identidad; de esa manera, no se verá obligado a renunciar a varios de los lujos a los cuales ya se estaba acostumbrando.

Creer en las mentiras y engaños de personajes como Tom Ripley no debe ser difícil si consideramos que se trata de personajes extremadamente calculadores, carismáticos, educados y encantadores; sin embargo, Ripley también es un hombre narcisista y egoísta, cuya personalidad debe demostrar rasgos psicópatas también. Alain Delon era, claramente, la opción perfecta para interpretar a Ripley, ya que su carisma natural y su innegable belleza es capaz de cautivar a cualquier persona; no podrías creer que es un asesino serial o un estafador capaz de falsificar firmas o testamentos. Recuerdo que la interpretación de Matt Damon provocó una sensación distinta, ya que su versión de Ripley es algo más intimidante que la versión de Delon.

En lo que “Plein Soleil” y “The Talented Mr. Ripley” sí concuerdan es en aquel suspenso que rodea a la historia, aun cuando, como audiencia, ya sabemos quién es el culpable de los mayores crímenes dentro de las respectivas cintas, pero la tensión frente al próximo movimiento de Ripley o el misterio frente a la investigación de la policía funciona en ambas versiones. Gracias a la música de Nino Rota, compositor conocido por su trabajo junto a directores como Federico Fellini o Francis Ford Coppola, “Plein Soleil” adquiere una atmósfera tan intensa como paradisíaca.

La escena final de la película difiere de la obra original, detalle que no fue del agrado de Patricia Highsmith, ya que no le pareció que el criminal fuese finalmente atrapado por la policía. Concuerdo con que salirse con la suya es parte del encanto del personaje de Tom Ripley, pero aquellos últimos minutos de “Plein Soleil” no están faltos de emoción tampoco.

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La dinastía Tudor siempre será una de las dinastías más interesantes de la historia universal, por lo que cada interpretación en la pantalla grande de alguno de sus personajes es bienvenida y celebrada. Los más recientes retratos son el de Mary I, reina de Escocia, y el de su prima, la reconocida reina Isabel I de Inglaterra; de la mano de Saoirse Ronan y de Margot Robbie, respectivamente, “Mary Queen of Scots” podría haber sido un drama histórico obligatorio, pero dos actuaciones no siempre pueden llevar el peso de toda una película.

Dirigida por Josie Rourke, “Mary Queen of Scots” nos ofrece una mirada más feminista a aquellas figuras históricas, lo que permite recrear escenas relacionadas al período menstrual de la reina de Escocia, por ejemplo, o a una práctica de cunnilingus que muchos directores parecen siempre querer esquivar. Rourke también decidió darle a su debut como directora la opción del colour-blind casting, práctica gracias a la cual podemos ver a actores afroamericanos o asiáticos interpretando a personajes que fueron caucásicos, como es el caso de Adrian Lester (Lord Thomas Randolph) y el de Gemma Chan (Elizabeth Hardwick); es una decisión interesante y ojalá pudiera aplicarse en el proceso de casting de personajes principales también, aunque los expertos en exactitud histórica, y el público en general, se escandalizarían.

A pesar de que sí hubo molestias ante ciertos hechos que no concuerdan con la realidad de ambas reinas, “Mary Queen of Scots” logra mostrar las luchas y conflictos que las monarcas debieron enfrentar en otras épocas todavía más sexistas que las actuales. Por un lado, Mary I tuvo que defender el que afirmaba como su derecho al trono y tuvo que ceder ante la presión de contraer matrimonio y engendrar un heredero; mientras que, por el otro, Isabel I no cedió ante aquella presión, pero sí vio en peligro su trono durante la mayoría de su reinado, peligro que involucraba también a Mary I. A pesar de que, en un principio, su comunicación por cartas era amistosa, pronto ese cariño se transformó en hostilidad y Mary tuvo que recurrir a una reunión en persona con Isabel.

Los hechos que suceden en “Mary Queen of Scots”, antes de que ambas gobernantes por fin se vean cara a cara, ocurren con tanta lentitud y tan poco carisma que parecieran conducirnos a, prácticamente, nada. Donde, de verdad, recae toda la importancia y el peso de la historia es en el encuentro de ambas primas y aquella secuencia no decepciona. Saoirse Ronan y Margot Robbie están a la altura y, tanto sus actuaciones como sus interacciones, están llenas de sufrimiento, empatía y respeto mutuo; a pesar de las diferencias entre ambos personajes, no pueden evitar darse cuenta de que las dos han vivido situaciones similares debido a las decisiones y caprichos de los hombres a su alrededor, quienes se interponen en sus deseos y en sus maneras de gobernar.

Sin embargo, una escena casi final, y de apenas unos minutos, no compensa toda la tardanza que nos llevó llegar hasta aquel momento tan esencial en “Mary Queen of Scots”. 

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Aquella escena de “She’s All That”, en donde, tras una intensa y profunda transformación, Laney Boggs (Rachael Leigh Cook) baja por las escaleras de su hogar, mientras “Kiss Me”, canción de Sixpence None the Richer, suena de fondo y Zack Siler (Freddie Prinze Jr.) la observa deslumbrado, fue una escena clave durante la preadolescencia de varios de nosotros. Sabemos que quizás la calidad o el mensaje de “She’s All That” puede ser cuestionable, pero el carácter nostálgico de mi generación ha recordado con cariño aquella escena.

Cuando fue anunciado el remake de “She’s All That”, la curiosidad por ver qué efecto causaría esta nueva versión en una nueva generación fue bastante grande. Como se ha tendido a hacer con otras producciones, como “Ghostbusters” u “Ocean’s Eleven”, en donde los personajes principales eran, en su mayoría, personajes masculinos, el elenco de este remake también tendría un intercambio de género, consiguiendo, de esa manera, que su título pasara a ser “He’s All That”.

En la versión de 1999, Zack Siler era el joven más popular de la secundaria; todos querían ser como él y todas querían salir con él. Cuando su novia, Taylor Vaughan (Jodi Lyn O'Keefe), lo engaña con el excéntrico Brock Hudson (Matthew Lillard), Zack dice que Taylor es completamente reemplazable, que cualquier otra chica podría ser como ella y que podría convertirse en la reina de la graduación; junto a su amigo Dean Sampson (Paul Walker), Zack apuesta que puede transformar a Laney Boggs en dicha reina. “She’s All That” fue parte de aquella época de gloria de las comedias adolescentes, en donde películas como “10 Things I Hate About You” o “Never Been Kissed” también se destacaban; eran películas que fueron tildadas de superficiales, pero eran entretenidas, de todos modos.

“He’s All That” retoma la premisa de su antecesora, pero su protagonista es Padgett Sawyer (Addison Rae); para atraer a esta generación, Padgett es una joven influencer de Instagram, quien cuenta con miles de seguidores, es tan popular como Zack Siler y sale con Jordan Van Draanen (Peyton Meyer), otro influencer bastante reconocido también. Luego de ser engañada y humillada frente a todos sus seguidores por culpa de Jordan, Padgett recurre a la famosa táctica: comprobar que puede convertir a cualquier chico de la secundaria en una figura reconocida, tal y como lo había hecho con Jordan. Hasta este entonces, “He’s All That” parecía ir bien.

En lo que, realmente, falla es… en todo lo que continúa. El chico elegido por Padgett es Cameron Kweller (Tanner Buchanan), un adolescente que sueña con ser fotógrafo. Cameron es, claramente, el equivalente de Laney Boggs: ambos estudiantes promedio, con alma de artistas, a quienes no les preocupa la popularidad ni la fiesta de graduación; sin embargo, Laney nunca fue antipática ni mal educada con sus compañeros. Cameron es tan humillante como aquellos a quienes aborrece, un clásico ejemplo del victimario que se ve así mismo como víctima, alguien como Liz Lemon, por ejemplo; Cameron, además, es de aquellos tipos que odian todo lo que es popular sólo por el hecho de que es popular y por supuesto que escucha música que nadie escucha (Bad Religion) y ve películas que nadie más ve (Stanley Kubrick). Parece que existen personas así en cada década. No quiero implicar que los personajes principales deban ser personajes libres de defectos, pero deben tener al menos una cualidad que los redima y Cameron no presenta ninguna. Ni su look es desaliñado, ya que es un look bastante decente y utilizado hasta el día de hoy, ni su fotografía es extraordinaria; tal y como a Britta Perry, alguien debería decirle que sólo porque algo sea blanco y negro, no significa que sea vea bien.

La historia de “He’s All That” podría ser más disfrutable si el personaje que conduce la historia fuese interesante, pero Padgett Sawyer es bastante aburrida y ni siquiera pasa por alguna especie de arco de redención, como el de su equivalente, Zack Siler. Durante el comienzo de “She’s All That”, Zack es engreído y superficial, pero Padgett, a pesar de su codiciado estatus, es amable, es atenta con sus seguidores y compañeros de clase e, incluso, ayuda a su madre (interpretada por Rachael Leigh Cook, la Laney original) a pagar las cuentas del hogar; más allá de darse cuenta de que está enamorada de Cameron, nada más ocurre con el personaje principal. Si a estas fallas, le sumamos la nula química entre los protagonistas, “He’s All That” no tiene salvación; ni siquiera la escena del cambio de imagen o la escena de la verdad acerca de la apuesta tienen algo memorable y, por el contrario, son bastantes vergonzosas. Podríamos recurrir a los personajes secundarios, pero ellos tampoco aportan mucho; existe una sub trama entre las mejores amigas de Cameron y Padgett, la cual es mucho más interesante que la historia de amor principal y que está tratada con tanta normalidad, que es lo único que vale la pena destacar dentro de este remake, ya que ni siquiera la participación de Matthew Lillard es suficiente para justificar esta nueva versión.

No soy una opositora a este movimiento de estrenar remakes, en donde podemos intercambiar el género de los protagonistas (espero uno de “The Lost Boys”, por ejemplo), pero si una película se comprometerá a esta premisa, debería tener una razón más fuerte que un simple intercambio “porque sí”; quizás “He’s All That” podría haber lidiado con las expectativas de imagen que las redes sociales imponen o con el doble estándar de algunos roles de género, pero sólo se quedó con la básica primicia de niña se enamora de niño.

Ni siquiera el cover de “Kiss Me” o la escena del baile grupal en la graduación podrían destacar dentro de una futura nostalgia.

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La historia de Barbora Skrlová fue una historia que escandalizó al mundo en el año 2007. Barbora sufría de hipopituitarismo, un desorden que la hacía verse como una niña de trece años, cuando, en realidad, tenía treinta y dos; aprovechando esta condición, logró ganarse la empatía de Klara Mauerova y de ser adoptada por ella. Klara, a su vez, sufría de esquizofrenia, por lo que Barbora pudo, fácilmente, manipularla y conseguir que Klara abusara y torturara a sus propios hijos. 

El escritor David Leslie Johnson se basó en esta tétrica historia para crear el guión de “Orphan”, película de 2009 que fue producida por Leonardo DiCaprio y dirigida por Jaume Collet-Serra, director español conocido, en ese entonces, por su trabajo en “House of Wax”, aquella película de terror que varios vimos motivados por el morbo que provocaba la participación de Paris Hilton.

“Orphan” cuenta la historia del matrimonio Coleman, compuesto por John (Peter Sarsgaard) y Kate (Vera Farmiga), quienes están tratando de superar la pérdida de su hija nonata; el proceso es, particularmente, más difícil para Kate, quien también debe luchar en contra de su alcoholismo. La pareja decide adoptar a la pequeña Esther (Isabelle Fuhrman), una niña de nueve años proveniente de Rusia, quien se convertirá en la nueva hermana de Daniel (Jimmy Bennett) y de Max (Aryana Engineer), quien sufre de sordera.

John y Kate están fascinados con la ternura y la inteligencia de Esther, quien se adapta rápidamente a su nuevo hogar; sólo es Daniel quien la trata con mayor frialdad, pero, poco a poco, Esther comenzará a demostrar extraños comportamientos y sospechosas actitudes. Con aquella fórmula que trata de conseguir un buen sobresalto en el espectador, fórmula bastante repetida dentro de este tipo de producciones, “Orphan” ve disminuido su potencial inicial para convertirse en una historia predecible y algo aburrida.

A pesar de las excelentes actuaciones tanto de Vera Farmiga como de Isabelle Fuhrman, ninguna de estas participaciones es suficiente como sacar a flote al último acto de “Orphan”.

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Ya que las últimas adaptaciones de Philip K. Dick que he visto sólo han significado decepción, decidí arriesgar mi suerte con una tercera adaptación. “Minority Report”, película dirigida por Steven Spielberg, está basada en la historia del mismo nombre, escrita en 1956; como buen relato de K. Dick, la trama gira alrededor de una especie de tecnología próxima, además de la posibilidad de cambiar nuestro futuro.

John Anderton es el jefe de una organización llamada Precrimen, la cual está a cargo de predecir futuros crímenes y arrestar a los responsables antes de que cometan algún asesinato; quienes predicen estos hechos son tres mutantes, también conocidos como pre-cogs. Precrimen funciona a la perfección y evita muchos ataques, hasta el día en que los mutantes revelan una visión del mismísimo Anderton cometiendo un asesinato.

Spielberg se basó en esta trama y adaptó varios elementos, no para crear una historia mejor, sino que para crear algo igual de interesante que el cuento de Dick. En “Minority Report”, estrenada en 2002, John Anderton se transforma en Tom Cruise, un oficial de policía que vive atormentado debido a la desaparición de su pequeño hijo, hecho que también destruyó su matrimonio. Cuando John es acusado de asesinato, decide escapar de la autoridad y llevarse consigo a Agatha (Samantha Morton), la más poderosa de los tres pre-cogs.

Al igual que en el libro, John pide un informe de la minoría, el cual podría probar su inocencia; este informe es, básicamente, una visión distinta que alguno de los pre-cogs tiene, la cual se contrasta con las otras dos predicciones. John, entonces, se enfrenta a una paradoja: si comete asesinato, será arrestado, pero, si no lo hace, se demostrará que el sistema de Precrimen presenta fallas que podrían comprometer su continuidad. A diferencia de lo que pasa en el libro, la decisión que John Anderton toma en la película concluye con la destrucción del sistema de Precrimen, pero ambas obras juegan con la idea de un futuro alterable.

Es aquella disyuntiva, el detalle más interesante de “Minority Report” y la cualidad que, finalmente, me ayudó a disfrutar una historia de Philip K. Dick adaptada a la pantalla grande. Quizás Steven Spielberg también jugó a la paradoja de los futuros alterables y debatió entre hacer una adaptación fiel al libro y recibir los elogios de los fanáticos de la historia o hacer su propia adaptación, arriesgar a conseguir el odio de aquellos más críticos, pero también conseguir estrenar una muy buena película.

Quizás lo que necesitaba también era la mano de Spielberg para disfrutar una historia de Philip K. Dick.

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“Ben-Hur”, película dirigida por William Wyler y estrenada en 1959, debe ser uno de los clásicos indiscutidos de Semana Santa; más allá de una cuestión religiosa, lo interesante de ver esta película era siempre aquella escena de la carrera en el circo romano, tan impresionante como intensa. Durante aquella época, “Ben-Hur” significó todo un logro de producción, se convirtió en la primera película más costosa de filmar y también en la primera película en conseguir doce nominaciones a los Premios de la Academia, ganando finalmente once categorías.

Hacer un remake de una película tan exitosa y recordada suena a una mala apuesta, aun cuando la versión de 1959 ya era, a su vez, otra entrega del libro homónimo que fue llevado a la pantalla grande tanto en 1907 como en 1925, a modo de películas mudas. Si una nueva versión no tiene algo que aportar, es mejor dejar las cosas como están.

“Ben-Hur”, película dirigida por Timur Bekmambetov y estrenada en 2016, comete aquel error. Aunque es bastante fiel al libro y a sus películas antecesoras, cambia un par de detalles como, por ejemplo, el incidente en casa de Judah Ben-Hur (Jack Huston), el destino de su madre y de su hermana, la manera en que Ben-Hur se convierte en corredor de cuadrigas o el final de Messala (Toby Kebbell), pero también desarrolla más la participación de la figura de Jesús (Rodrigo Santoro) o la de Esther (Nazanin Boniadi), la esclava y luego esposa de Ben-Hur.

Esta nueva versión también es, considerablemente, mucho más corta que su predecesora; la duración de ciento veinticinco minutos, al contrario de doscientos doce, deja la sensación de que la película fue hecha de manera rápida y que estaban tratando de no aburrir al público. Además, por más que hoy en día exista la ventaja de los efectos especiales, ninguno de ellos, por mayor calidad con la que estén hechos, podrá ser comparable a la producción de 1959 ni tampoco podrá causar el mismo efecto de sorpresa y de admiración. Aprovechando el contexto actual también, "Ben-Hur" pudo haber evitado el white washing de los personajes principales o pudo haber hondado más en el subtexto homosexual entre los dos protagonistas, pero, al parecer, no pudieron hacerlo.

Ver la versión de “Ben-Hur” de 2016 es, básicamente, como leer el resumen del libro; de todos modos, es una película aceptable, pero para nada emocionante.

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Catalina. Basada en hechos reales.

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