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We'll always have Paris

 


Cuando de biopics musicales se trata, la trama siempre es la misma: descubrimiento, ascenso, problemas, caída y regreso al estrellato; la biopic se da de manera rápida y no se permite muchos detalles ni mucha polémica, debido al ánimo de no querer ofender o de no invadir la privacidad del músico al que presenta en pantalla. Ha sucedido antes con “Bohemian Rhapsody” o “Rocketman”, cada una con distintos resultados.

Un resultado muy diferente es el que logra “Her Smell”, película dirigida por Alex Ross Perry, ya que, al crear una banda ficticia, se puede decir y representar mucho más de lo que alcanza una biopic; además, la historia se centra en el comienzo del fin, la decadente carrera musical de la banda Something She, banda que, si antes solía llenar estadios, ahora sólo debe conformarse con tocar en pequeños recintos y soportar los excesos de su vocalista principal, Becky Something (Elisabeth Moss).

Intercalando la caída de Becky con videos caseros sobre los mejores momentos de la banda, aquellos en donde conseguían portadas de revistas o discos de oro, “Her Smell” también muestra las dificultades de aquellos que rodean a Becky; sus compañeras de banda, Marielle Hell (Agyness Deyn) y Ali van der Wolff (Gayle Rankin) ya no pueden lidiar con aquellas actitudes autodestructivas y cuestionan su estadía en el grupo. Danny Something (Dan Stevens), ex pareja de Becky, sufre al ver cómo su pequeña hija, Tama, interactúa con una madre irresponsable y negligente, mientras que Howard Goodman, dueño de la discográfica que contrató a Something She, ve cómo el comportamiento de Becky pone en peligro su empresa y su patrimonio.

A través de cinco actos impredecibles y claustrofóbicos, “Her Smell” nos muestra el peor lado de la personalidad de Becky, uno irresponsable, inmaduro, dependiente de sustancias y de falsos gurús que se aprovechan de su vulnerabilidad, uno que podría hasta arriesgar el futuro musical de Akergirls, una banda compuesta también por tres mujeres que tienen la imagen de Becky sobre un pedestal; nadie sabe qué hacer con Becky y no podemos culpar a sus cercanos cuando confiesan que sólo quieren alejarse de ella. Aquella vida de excesos y música puede ser considerada glamorosa desde el exterior, pero “Her Smell” nos recuerda que sólo es una fachada y una dolorosa e incómoda realidad.

Elisabeth Moss es una protagonista increíble, un hecho que ella demuestra también en televisión, gracias a “The Handmaid’s Tale”; en esta película, Moss es capaz de hacernos aborrecer a un personaje durante sus momentos más caóticos y problemáticos, así como también hacernos sentir compasión durante sus momentos más pacíficos e introspectivos, por ejemplo, cuando el personaje de Becky entona una linda versión de “Heaven” frente a su pequeña hija. La música es una clara protagonista también y el soundtrack, a cargo de Alicia Bognanno y de Keegan DeWitt, atrapa todo ese espíritu punk que las bandas femeninas han sabido demostrar.

A pesar de que “Her Smell” cuenta el clásico descenso de un artista debido a sus propios excesos, me pareció que la película cuenta con un tono original, después de todo; es impredecible, incluso hasta el último momento, y conmueve hasta en los peores momentos de la protagonista. Quizás sea un tanto extensa, pero las actuaciones y la música valen la pena.
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¿Qué más se puede decir de una película que ha sido analizada a diestra y siniestra desde el momento de su estreno? Junto con “Citizen Kane”, “Persona” debe ser una de las películas más estudiadas en la historia del cine. Tanto actores como directores la citan como una de las cintas que han influenciado su carrera o que marcó algún momento de sus vidas; existen innumerables ensayos y pasajes de libros dedicados a analizar la técnica de Ingmar Bergman o los temas que se tratan en esta película, por lo que una opinión más es casi irrelevante.

Es tan grande la reputación de “Persona” que es de esas películas que no pueden faltar en la lista de cualquier persona que disfrute del cine, ya que todo el mundo se ha encargado de darle un estatus de icónica. A pesar de no ser mi primera película de Bergman, este sí era mi segundo intento de ver “Persona” sin morir de aburrimiento en el intento. Entiendo que el director sea un director respetado y que su estilo sea único, pero es inevitable pensar que es uno de aquellos directores que sólo presentan una trama y un estilo que parecen complejos, el cual al final no termina diciendo mucho; sigue en mi menta la idea de que su dirección no es más que otro intento de presentar algo complicado para hacerlo pasar como algo intelectual.

De todos modos, esta vez pude ver “Persona” sin interrupciones y pude llegar hasta el final. Más allá de un par de imágenes iniciales que no parecen tener conexión con nada, la película comienza contándonos la historia de Elisabet Vogler (Liv Ullmann), una actriz de teatro que ha dejado de hablar y de moverse, y de Alma (Bibi Andersson), la enfermera que está a cargo de su cuidado. El doctor de Elisabet recomienda que la actriz continúe su proceso de recuperación cerca del mar, por lo que ella y Alma se mudan a una pequeña cabaña en la costa. Sin mucho qué hacer, Alma se desahoga con Elisabet y le cuenta varias anécdotas acerca de su vida que le dan un carácter mucho más interesante a la película.

Más allá de tratar de analizar los temas filmográficos de “Persona”, siempre será mucho más entretenido analizar los temas valóricos que ambos personajes nos presentan. Ingmar Bergman dijo una vez que prefería que la película no fuese tan analizada, sino que más bien fuese sentida y que cada uno sacáramos nuestras propias conclusiones. Siguiendo aquella línea, las temáticas de la maternidad y el aborto deben ser las más interesantes de comprender; tanto Alma como Elisabet tienen distintas miradas respecto al tema, pero a cada una la idea de la maternidad las marcó para siempre. Es un logro que, para la época, “Persona” haya podido retratar ambos temas con tanta libertad y quizás sea lo que más rescato de la experiencia de haber visto esta película.

También es destacable todo ese ambiente de thriller psicológico que rodea a la segunda parte de “Persona”, cuando el silencio se transforma en un elemento de desconfianza entre Alma y Elisabet; no sólo eso, la trama también bordea el tema de una posible psicosis o esquizofrenia que ataca a uno de los personajes, lo cual explicaría el problema de su trauma más presente. La relación entre Alma y Elisabet es otro de los puntos interesantes, ya que su relación pasa por distintas etapas durante la película; comienza casi como una amistad, la cual crece durante sus momentos en la cabaña, hasta llegar a una especie de resentimiento, rencor y confusión que termina revelando mucho de ambas.

En varios de los análisis que he leído sobre “Persona”, la atención sólo se concentraba en la cinematografía y en los elementos que siempre se han destacado en el cine de Ingmar Bergman, pero poco leí sobre los temas que me llamaron la atención. Prefiero mucho más quedarme con estos que comenzar un repetitivo y aburrido análisis de todo lo que ya se ha analizado. “Persona” es, claramente, una película experimental, pero que trata temas muchos más interesantes que la decisión de interponer imágenes engorrosas o grabar una historia en blanco y negro sólo porque sí.
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No es ninguna novedad que el cine de Pedro Almodóvar se centra alrededor de historias femeninas, como la maternidad, los desamores o la amistad, por ejemplo, pero en “Madres Paralelas” el cineasta decidió agregarle una subtrama política que tanto abre como concluye esta nueva historia de dos mujeres cuyos caminos jamás se hubiesen cruzado si no hubiese sido por la llegada abrupta de la maternidad.

Janis Martínez (Penélope Cruz) es una renombrada fotógrafa que, actualmente, se encuentra trabajando en un proyecto para exhumar una tumba dentro de la cual podrían encontrarse los restos de varias víctimas de la Guerra Civil Española, incluyendo la de su bisabuelo. Janis y el arqueólogo a cargo del proyecto, Arturo (Israel Elejalde), se involucran sentimentalmente y, como resultado, ella queda embarazada. La situación es complicada, ya que Arturo está casado y, a pesar del contexto, Janis desea tener al bebé.

Por otro lado, Ana (Milena Smit) es una dulce adolescente que no cuenta con el apoyo de ninguno de sus padres y se ve obligada a enfrentar la maternidad sola, incluso tras aquella traumatizante experiencia sexual. Es en el hospital en donde las vidas de Janis y de Ana comienzan a correr en paralelo, ya que ambas dan a luz el mismo día, algo que las hace compartir habitaciones e historias. Janis tiene a Cecilia, mientras que Ana tiene a la pequeña Anita y, desde aquel momento, ambas madres deciden mantener el contacto.

En una atmósfera que parece algo tensa, casi bordeando el género del thriller, “Madres Paralelas” continúa su trama a través de revelaciones tan grandes que podrían acabar con el espíritu de cualquier persona, pero los personajes de Janis y de Ana son tan resilientes como las interpretaciones de sus actrices en sí y continúan con sus propósitos a través de todo. Cada reconocimiento que ha recibido Penélope Cruz, incluyendo la nominación al Oscar, es totalmente justificable, pero también destaco mucho la actuación de Milena Smit, cuya sensibilidad es el verdadero corazón de “Madres Paralelas”.

La película también se toma su tiempo en mostrar distintos tipos de maternidad. En el caso de Janis, nos muestran una maternidad algo tardía, pero deseada; en el caso de Ana, ella enfrenta una maternidad no deseada e inesperada, pero la que no la hace amar menos a su pequeña hija. Por otra parte, también podemos observar la maternidad de Teresa (Aitana Sánchez-Gijón), la propia madre de Ana, cuya decisión de cumplir sus sueños y postergar el cuidado de su hija siempre será un tema lleno de prejuicios que la sociedad preferirá juzgar en lugar de tratar de comprender.

A medida que la historia llega a su resolución, tras todos esos enredos y vuelcos, también llega una resolución para el caso del bisabuelo de Janis. Es inevitable aprender sobre aquel tema y recordar la propia historia de Chile durante y después de la dictadura; todas esas fosas comunes, todos esos cuerpos sin nombre, todas las víctimas que, lamentablemente, no tuvieron justicia. Así como el término de una vida da comienzo a “Madres Paralelas”, el comienzo de otra es la esperanza que motiva a sus participantes a seguir, la única esperanza que al final muchas de aquellos involucrados en casos de dictadura también tienen.
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“The French Dispatch” no es sólo el nombre de la última película de Wes Anderson, sino que también es el nombre del célebre periódico al que hace alusión a lo largo de la cinta. Inspirado en aquellas míticas publicaciones de antaño, en donde el trabajo periodístico de investigación era una profesión estimada, Anderson entrega tres segmentos que destacan tanto una historia en particular como a un carismático periodista que se hace cargo de darle la dedicación que su historia merece.

El primer segmento, llamado "The Concrete Masterpiece", nos muestra a Moses Rosenthaler (Benicio del Toro), un torturado artista que pasa sus días encarcelado y vigilado por Simone (Léa Seydoux), quien luego se convierte en su musa; la sección está narrada por la periodista J.K.L. Berensen (Tilda Swinton). El segundo segmento es “Revisions to a Manifesto”, el cual cuenta la historia de la periodista Lucinda Krementz (Frances McDormand), quien se vio involucrada en las protestas estudiantiles de los años ’60; lo interesante de este segmento es la lucha de Lucinda contra la neutralidad periodística a la que siempre se ha aliado.

Por última, la tercera historia se llama “The Private Dining Room of the Police Commissioner”; protagonizada por Roebuck Wright (Jeffrey Wright), un periodista culinario, esta sección nos narra las desaventuras del secuestro del hijo de un policía, incluidas las negociaciones y su resolución. Además de estas tres secciones, la película cuenta con un epílogo, en donde Herbsaint Sazerac (Owen Wilson) se destaca como el periodista viajero, y también con un obituario, el cual nos hace saber que el editor de The French Dispatch, Arthur Howitzer Jr. (Bill Murray), ha fallecido. Es debido a esta razón que el grupo de periodistas que trabaja en la publicacón se pone en marcha y decide publicar sus reportajes más destacados a modo de homenaje a su director.

Si se pudiera definir a “The French Dispatch” en una sola frase, esta podría ser una oda al periodismo; siempre con un toque tan nostálgico como idealizado, Wes Anderson parece presentar la profesión ideal ante el mundo y tocar la más profunda de mis frustraciones sólo para que no pueda sentir más que ternura e idolatría por su último trabajo. Más allá de la belleza estética presente en “The French Dispatch”, la cual debe ser el guiño más notorio de su filmografía a la nouvelle vague, la película también logra capturar aquel sentido de respeto hacia la profesión del periodismo en una época en donde en verdad importaban mucho más las historias por sobre todo aquel sensacionalismo tan básico. Los periodistas de cada segmento cuestionan su neutralidad periodística, se involucran tanto en el contexto como en sus protagonistas, y entregan reportajes de una calidad entrañable; cada segmento es tan interesante y entretenido que cada uno podría ser su propia película aparte sin ningún problema.

En cuanto a dirección y a actuaciones, podemos esperar lo que siempre recibimos de una película de Wes Anderson; si nos gusta su estilo, nada podría fallar, pero se entiende que otros cuestionen estos detalles cada vez que el director estrena una nueva película. A pesar de seguir esta dinámica ya desde hace años pensando que algún día me aburriría, “The French Dispatch”, gracias a su estética y a su pasión por el periodismo, consiguió ganarse mi corazón tan rápido como la primera vez que “The Royal Tenenbaums”.

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Varias han sido las adaptaciones fílmicas y televisivas que nos han acercado a la vida de Diana Spencer, princesa de Gales, desde el momento en que entró a la realeza hasta la noche de su trágica muerte; la vida de Diana ha sido tan revisitada que ha sido imposible no crear una especie de mito alrededor de su persona. Todos creemos entender lo que le pasaba, todos creemos saber lo que en realidad estaba sucediendo detrás de cuatro paredes, pero nunca sabremos la verdad por completo.

Frente a figuras de este tipo, tan públicas como misteriosas, no hay más opción que continuar con la fantasía que las rodea. Pablo Larraín decidió dirigir una nueva historia acerca de Diana Spencer desde la base de una fábula, una ilusión en donde animales u objetos inanimados rodean al protagonista y su trama siempre nos entrega una moraleja durante los momentos finales. Siendo seguidora de aquella imagen mítica de la princesa de Gales, la idea de desarrollar una película de aquel modo puede ser lo más parecido a lo que tengo de estar de acuerdo con algún Larraín.

En “Spencer”, Pablo Larraín nos muestra un fin de semana clave durante la vida de Diana (Kristen Stewart): el fin de semana en donde, finalmente, decide ponerle fin a su matrimonio con el príncipe Charles (Jack Farthing). En la propiedad de Sandringham, la familia real se reúne para festejar la Navidad de 1991; el lugar parece frío e inmenso, lo cual, curiosamente, provoca desde el comienzo de la historia una sensación de incomodidad y claustrofobia, una que aumenta tras acompañar el recorrido de Diana por aquellos pasillos.

Diana decide llegar tarde y conduciendo sola, rompiendo los protocolos que tanto odiaba y consiguiendo nuevamente la apatía de la familia real, cuyos integrantes podrían pasar inadvertidos como cualquier otra de las estatuas que decoran Sandringham, siempre tan rigurosos y silenciosos. Nadie habla con Diana más allá de dos empleados y de sus pequeños hijos, William (Jack Nielen) y Harry (Freddie Spry); la princesa se ve obligada a pasar otra celebración familiar más entre miradas prejuiciosas e interacciones gélidas, situación que sólo la agobia y la hace extrañar la presencia de Maggie (Sally Hawkins), la empleada en la que más confía.

Aquella sensación de ahogo es la que más resalta durante toda la película; gracias al entorno encerrado y a los primeros planos que siguen a Diana a través de toda la propiedad, “Spencer” se transforma en un cuento claustrofóbico, sofocante y ansioso. La actuación de Kristen Stewart también consigue demostrar todas aquellas emociones sin la necesidad de crear una actuación cliché ni una que bordee la lástima; siempre me sorprendió el revuelo que causó el casting de Stewart como la princesa Diana, pero la figura pública de Kristen también tiene cierto parecido con la de Lady Di. Ambas son personas tímidas que se toparon con una fama que no buscaban; guardando las proporciones, Stewart podría entender perfectamente la magnitud del acoso y del juicio de Diana vivió.

Todo el peso de “Spencer” recae sobre los hombros de Kristen Stewart y ella sabe cómo sobrellevarlo; no es sorpresa tanta nominación durante esta temporada de premios. La dirección de Pablo Larraín también es muy buena y, aunque es inevitable recordar el estilo que rodeó a “Jackie”, me pareció que “Spencer” fue una mejor entrega. Es curioso que tanto Jackie O como Diana Spencer hicieran su aparición en la vida pública luego de casarse con hombres conocidos y de renombre, pero ambas películas se encargan de darles mucha más voz y humanidad, al mismo tiempo que nos ofrecen sus propias miradas acerca de los hechos que cambiaron el rumbo de sus vidas para siempre.

Si bien la historia real de Diana Spencer no tuvo un final feliz, la fábula de "Spencer" nos entrega un final esperanzador que, al menos durante algunos minutos, pudo haber significado el mejor momento para Diana durante toda su vida.
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Además de ser el título de su nueva película, Licorice Pizza era el nombre de una tienda de vinilos que el director Paul Thomas Anderson solía frecuentar cuando vivía en San Fernando Valley; es comprensible que quisiera usar el nombre de un lugar que le recordara su propia adolescencia al momento de retratar una historia ambientada en los años ’70 en su ciudad natal.

“Licore Pizza” gira en torno a las aventuras de Gary Valentine (Cooper Hoffman) y de Alana Kane (Alana Haim); él es un adolescente de quince años, carismático, extrovertido y hablador, mientras que ella es una joven de veinticinco años que todavía no sabe muy bien qué hacer con su vida. Ambos se conocen durante una sesión de fotografía en el colegio de Gary, quien se enamora perdidamente de Alana apenas la ve; ella no lo toma en serio, pero sigue pasando varios momentos junto a él.

El hecho de que una de las ideas principales sea la relación, platónica o no, entre un adolescente y una adulta ya es bastante incómoda; no creo que haya sido la intención de Paul Thomas Anderson el generar una controversia, porque nadie en esta película se toma en serio el tema de la diferencia de edad. Es más, es tratado como algo divertido, algo quirky; basta sólo con hacer un cambio de géneros en los personajes para que la trama variase de inmediato de vibra. Aunque, si somos honestos, a Hollywood y a sus grandes productores esto nunca les ha molestado mucho.

Si logras pasar por alto la incomodidad de las interacciones entre Alana y Gary, nos quedamos con una historia llena de otras minis historias que no tiene cohesión alguna. Gary es un actor infantil consciente de que pronto sus días de mediana fama llegarán a su fin, por lo que se embarca en al menos tres negocios durante el transcurso de la película; Alana lo acompaña en cada aventura económica, pero al no encontrar un propósito, se involucra con actores y políticos con tal de dar con su verdadera vocación. Todo sucede en un ambiente setentero ideal, pero la nula química entre ambos actores principales hace que la película se vuelva tediosa y vacía.

La corta presencia de otros dos actores que no son de mi gusto no ayudó en nada a que pudiera gustarme “Licorice Pizza”, película que ya estaba dejando un mal sabor en la boca con sus arrebatos de nepotismo desde el principio hasta el final. Cooper Hoffman es hijo de Philip Seymour Hoffman, un clásico colaborador de Paul Thomas Anderson; entiendo que el apellido y el parecido con su padre puedan apelar a nuestra nostalgia, pero ambos detalles no son suficientes como para aventurarse en el papel principal de una película y salir airoso en el intento. Cooper no logra crear el personaje carismático que Gary debería haber sido y sólo lo hace parecer insoportable y charlatán; claro que un personaje puede ser insoportable y charlatán, pero al menos debe tener una gracia particular que, lamentablemente, es lo que faltó en esta interpretación.

Por su parte, Alana Haim es una de las integrantes de la banda Haim, grupo con el que Paul Thomas Anderson ya había trabajado antes; la madre de Alana fue profesora de PTA. Además, como si no fuese suficiente, los propios padres y las propias hermanas de Alana también interpretan a la familia de su personaje aportando cero carisma también.

Ojalá pudiera rescatar algo de “Licorice Pizza” más allá de su ambientación o de su soundtrack, pero es muy difícil encontrar otra cosa destacable. A pesar de que todavía no veo “Inherent Vice”, estoy segura de que me acabo de encontrar con la peor película dentro de la filmografía de Paul Thomas Anderson; bueno, ni siquiera él podía tener la filmografía perfecta.
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La obsesión que sufren los artistas al momento de realizar su arte debe ser la única obsesión aceptable con la que me gusta empatizar; la obsesión al trabajo común y corriente o la obsesión con otra persona siempre resultan aburridas y complicadas incluso en la vida real, pero la obsesión que tiene un artista con el perfeccionismo, con los detalles o con el qué dirán, siempre ha sido una emoción mucha más interesante de compartir, aunque su intensidad al final les cueste lo que más les importa.

Basada en una historia de Hans Christian Andersen, “The Red Shoes” nos muestra las consecuencias que provoca la obsesión por el perfeccionismo y la entrega completa hacia una forma de arte. Dirigida por Emeric Pressburger y Michael Powell, la película gira en torno a los integrantes de una compañía de ballet a cargo de Boris Lermontov (Anton Walbrook), la personificación de la obsesión. Para presentar su nueva obra, “Las Zapatillas Rojas”, Lermontov contrata al músico Julian Craster (Marius Goring) y a la bailarina Vicky Paige (Moira Shearer), ambos novatos dentro de las grandes ligas.

Tanto Vicky como Julian tienen sueños de grandeza y de una exitosa vida dedicada al arte, pero para la mala suerte de Lermontov, sus jóvenes promesas acaban enamorándose y Vicky decide sacrificar sus sueños por una vida completamente aburrida y normal al lado de Julian. Por supuesto que es un golpe bajo para Lermontov, quien sólo pedía una entrega y dedicación total al ballet, pero también es una especie de traición a nosotros como espectadores luego de aquella perfecta presentación en donde Vicky nos demuestra por qué es la mejor bailarina de la compañía; es una secuencia hermosa y cautivante, la cual resalta gracias a la dedicada cinematografía de Jack Cardiff, pero el hecho de que Vicky no vuelva a interpretar aquella coreografía es un gran desconsuelo.

El mayor desconsuelo para ella, en cambio, es tener que elegir entre el amor y el ballet. Por más que se vea segura de su decisión y de su vida junto a Julian, la presencia de Lermontov y la adicción a los aplausos de una audiencia siempre estarán acechándola. Tal y como sucede en la primera presentación, durante la última parte de la película hay una vibra de suspenso alrededor del ballet; es una obra hermosa, pero que en cualquier momento podría transformarse en algo terrorífico, como sucede también en la más contemporánea “Black Swan”.

Si buen el cuento de Hans Christian Andersen en el que “The Red Shoes” está basada es mucho más oscuro y cuenta con un final mucho más gore, esta película también nos deja con un final desolador y abierto a la interpretación. Las zapatillas rojas que tanta gloria le entregaron a Vicky y las cuales eran el símbolo de la perfección, también personifican el lado más triste de la constante y absoluta obsesión, todo envuelto en una hermosa cinematografía para que, al menos, nos fascinemos con ver aquel descenso desde una luz diferente.
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Para Maurizio Gucci, la mañana del 27 de marzo de 1995 era una mañana como cualquier otra, pero mientras subía las escaleras que lo llevarían a las oficinas de su empresa, un asesino a sueldo le disparó a sangre fría, causándole la muerte. Tras las investigaciones, la policía llegó a la conclusión de que el asesino había sido contratado por Patrizia Reggiani, su ex esposa; durante el juicio, se aclaró que sus motivos fueron los celos, el dinero y un creciente resentimiento en contra de Maurizio.

“House of Gucci”, la última película de Ridley Scott, comienza con la secuencia del asesinato de Maurizio (Adam Driver), quien, en ese entonces, era el presidente de Gucci, empresa que había sido fundada por su abuelo décadas antes. La casa de Gucci contaba con mucha popularidad para la época, pero también, debido a la inexperiencia de Maurizio como hombre de negocios, nunca estuvo libres de problemas económicos. Mucho más que centrarse en su figura principal o en la historia de la empresa, “House of Gucci” gira en torno al personaje de Patrizia Reggiani, interpretado por Lady Gaga.

Es increíble que, siendo sólo su segundo rol protagónico en una película, la cantante pueda destacar tanto dentro de un elenco bastante consolidado. La química entre ella y Adam Driver es tan creíble que la primera parte, toda aquella inocente historia de amor que comenzó en una simple fiesta, es muy convincente y consigue capturar nuestra atención por completo. Patrizia y Maurizio se conocen en una fiesta; ella es arriesgada y él es muy tímido, por lo que la joven toma las riendas del asunto y consigue convertir a Maurizio en su novio y luego en su marido.

El padre de Maurizio, Rodolfo (Jeremy Irons), no ve con buenos ojos la relación de su hijo y no teme en tratar a Patrizia de cazafortunas y de, incluso, desheredar a Maurizio; es surreal y divertido ver al futuro presidente de la casa Gucci lavando los camiones de la empresa de su suegro. En aquellos momentos de exilio, aparece el tío Aldo (Al Pacino), quien toma a la pareja bajo su ala y forman una próspera relación creativa, pero la cual trae consigo la presencia de Paolo (Jared Leto), hijo de Aldo. Paolo es un excéntrico personaje que añora diseñar para la marca familiar, pero Patrizia verá en él otra piedra en su zapato.

La ambición de Patrizia pronto aburre a Maurizio y, a medida que la historia avanza, la película se vuelve algo tediosa también; dos horas y media de duración es un tiempo bastante exagerado para contar una historia que no demora siglos en suceder. Quizás la mayor culpa la tienen la frialdad de algunas de las actuaciones y la ridiculez que es la interpretación de Jared Leto. No podría criticar las habilidades de Al Pacino o de Jeremy Irons, por ejemplo, pero sí debemos cuestionar la decisión de usar esos acentos que en nada aportan y que sólo provocan más risas e incomodidad que encanto.

Jared Leto es quien más destaca en cuanto a exageración, ya que su personaje parece una pobre imitación de una pobre imitación que pudo haber aparecido en un programa como “Saturday Night Live”; la escena del diálogo en italiano casi al final de “Inglourious Basterds” es una mejor representación del idioma que la que hizo Jared Leto. Su actuación se basa mucho más en maquillaje prostético y en clichés que en calidad de interpretación, pero, a estas alturas, ¿quién confía en el supuesto talento de Jared Leto?

“House of Gucci” termina siendo otra biopic más del montón, una que al menos siempre recordaré por su impecable soundtrack y por la inolvidable presencia en escena de Lady Gaga.

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La primera vez que leí la reseña de “Lucía y el Sexo” fue en una edición de la revista Cinegrama que me compraban sin falta todos los meses; la reseña, básicamente, decía que se trataba del autodescubrimiento de una joven en cuanto a su sexualidad mientras lidiaba con novios y con la tentación del incesto… por supuesto que la curiosidad llegó hasta ahí. Pero, en tiempos de pandemia, las reseñas cambian y la curiosidad es mayor.

“Lucía y el Sexo” nos cuenta la historia de Lucía (Paz Vega) y de su novio, Lorenzo (Tristán Ulloa). Él es un novelista que está sufriendo de bloqueo de escritor, tras la presión del éxito de su primer libro, mientras que ella es una mesera que está completamente obsesionada con él; se conocen en un café, Lucía es bastante directa y Lorenzo es bastante sensible, por lo que ambos comienzan una intensa relación. Sus escenas son recordatorios de las escenas que causaron controversia en “9 Songs”, pero cuando esa película lograba conmover, “Lucía y el Sexo” sólo consigue incomodar. 

La desconexión entre personajes y entre actores es tan evidente que es imposible llegar a sentir otra cosa que impaciencia; es en aquellos momentos en que la película, para su suerte, nos ofrece un par de historias y personajes secundarios que son mucho más interesantes que los personajes principales. Nos enteramos, por ejemplo, que, tras un loco amor de verano junto a Elena (Najwa Nimri), Lorenzo tuvo una hija, Luna (Silvia Llanos), a quien comienza a espiar. Luna siempre está junto a Belén (Elena Anaya), su niñera, joven que vive con su madre, una actriz pornográfica retirada, y el novio de esta. Lucía, por su parte, decide dejar a Lorenzo luego de que él sufriera un accidente; escapa a las Islas Baleares y, en ese lugar, conoce a Elena.

La incómoda realidad de que el mundo es un simple pañuelo se integra a la trama de “Lucía y el Sexo”, pero, en lugar de convertirse en divertidas anécdotas, pronto se tornan en una desgracia con la cual ningún personaje sabe lidiar; cada uno de ellos vive encerrado en su propio mundo y en su propio dolor, sin siquiera sospechar del vínculo que los une. Bajo la capa de desnudez gratuita de los primeros minutos de película, se esconde una historia mucho más compleja e interesante, pero, de todos modos, no es suficiente como para mejorar la historia en su totalidad. 

La relación entre Lucía y Lorenzo parece artificial y falsa; el personaje de Lucía también parece ser una simple fantasía que un escritor como Lorenzo inventaría para llenar el vacío de su inexistente trabajo. Ambos vivieron una relación intensa y apasionada, pero aquella sensación no dura para siempre; una vez que los secretos salen a la luz, es mucho más fácil alejarse que continuar. Por otro lado, el resto de los personajes siempre vivirá un duelo eterno, pero los peores momentos pueden convertirse en mejores historias.

“Lucía y el Sexo” sólo provoca una idea controversial para llamar la atención, pero luego esa idea se va transformando en algo encantador sólo debido a la presencia de sus personajes secundarios. La película nada tenía que ver tampoco con la reseña que yo había leído en la revista Cinegrama; quizás la confundí con otra película o quizás alguien eligió la fotografía equivocada, pero aquella imagen de Paz Vega en bicicleta no es difícil de reconocer.

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Como decía en la entrada anterior, la expectativa por ver la última entrega de “Scream” era tan alta que ni siquiera pude salvarme de los spoilers que siempre reinan en el terreno de Tumblr; al parecer, nadie podía guardar el secreto por un par de meses más. Y es comprensible, ya que, tras secuelas y secuelas con finales que pueden volverse bastante predecibles en este género en particular, la sorpresa que la quinta versión de “Scream” nos tenía preparada fue totalmente inesperada.

Si la cuarta parte de la saga quería establecer una nueva generación con la cual podríamos obsesionarnos tal y como lo hicimos en los años noventa, esta quinta parte consigue aquel propósito de mejor manera. La historia comienza veinticinco años después de los primeros ataques en Woodsboro por parte de Ghostface, tras el intento de asesinato a Tara Carpenter (Jenna Ortega); la adolescente no es capaz de seguir el juego de películas de terror de este nuevo homicida, ya que ella prefiere el ahora llamado cine de terror elevado, el cual incluye películas como “Hereditary”, “The Babadook” o “The Witch”. En una introducción que, claramente, nos recuerda el prólogo de Casey Becker (Drew Barrymore), Tara corre mejor suerte que la primer víctima y Ghostface no consigue salirse con la suya.

El ataque a Tara provoca que su hermana mayor, Sam (Melissa Barrera), regrese a su ciudad natal en contra de su voluntad; tras enterarse de un secreto familiar, Sam se había alejado de sus más cercanos, pero regresa junto a su novio, Richie (Jack Quaid), para cuidar de Tara. Los amigos de la adolescente también aparecen en escena y, de esta manera, conocemos a Amber (Mikey Madison), Wes (Dylan Minnette), Liv (Sonia Ammar) y a los gemelos, Mindy (Jasmin Savoy Brown) y Chad (Mason Gooding), quienes son sobrinos del querido y entrañable Randy Meeks, parentesco que los conecta con la generación anterior de sobrevivientes. Y bueno, el nombre del personaje de Wes es un claro homenaje a Wes Craven, así como el apellido de las hermanas protagonistas nos recuerda al apellido del director de "Halloween".

Quienes toman el lugar del mítico director de la saga ahora son Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, conocidos por dirigir “Ready or Not”, película que me atrevería a calificar como parte del cine de terror elevado y no como un simple slasher más del montón, por lo que confiaba también en lo que ambos directores harían con la historia de “Scream”. Junto a su fiel guionista, Guy Busick, los encargados de esta nueva entrega reúnen a la nueva generación con Sidney (Neve Campbell), Gale (Courteney Cox) y Dewey (David Arquette), quienes están en etapas bastante diferentes de la vida y diferentes de las que vimos en la película anterior. Sidney está enfocada en su vida familiar, Gale es la conductora de un noticiario y Dewey está casi en la ruina, pero, a pesar de todo, los tres deciden volver a involucrarse con tal de detener a Ghostface.

Tal y como lo explica el personaje de Mindy, en un discurso digno de su tío Randy, el asesino de esta nueva versión intenta hacer una recuela, es decir, quiere conseguir lo mismo que haría una secuela: continuar la historia de la versión original, pero con nuevos personajes. Ghostface ya no tiene un motivo para atacar a Sidney o a sus amigos, por lo que ahora ha escogido nuevas víctimas en la forma de las hermanas Carpenter. Ambas deben unirse, a pesar de haber estado alejadas por un par de años, y seguir los consejos tanto de sus amigos como los de la generación previa con tal de vencer al fanático más tóxico de “Scream”, tarea que será más complicada para Sam, ya que el secreto que desea esconder también la relaciona directamente con los primeros asesinatos que sucedieron en Woodsboro.

Si bien siempre he considerado a “Scream 2” como una de mis secuelas favoritas, a “Scream 3” como una entrega innecesaria y, de manera más reciente, a “Scream 4” como una versión insuficiente, “Scream 5” consiguió emocionarme nuevamente con la idea de un asesino en serie que, influenciado por su fanatismo irracional por las películas de terror, decide dejar su propia marca en la vida de sus más cercanos. La película es entretenida, tiene el suspenso y el misterio suficiente como para llamar la atención de los fanáticos de la saga, así como también la de aquellos recién llegados que pueden verse reflejados en el grupo de los nuevos personajes. Los directores se dieron un gusto e incluyeron referencias que los seguidores del cine pueden tomar como una ironía o como una mala broma; por supuesto que Rian Johnson no iba a pasar desapercibido. La producción se torna mucho más sangrienta que las versiones anteriores de “Scream”, recurso que cae en lo más barato del género slasher; no es necesaria tanta sangre para causar una escena de impacto, así como tampoco lo es [SPOILER] contratar a la misma actriz de “Once Upon a Time in Hollywood” para darle la misma causa de muerte que en aquella película. En lugar de causar sorpresa, sólo consiguió que adivinara mucho más rápido quién era el personaje detrás de la máscara de Ghostface.

Pero, a pesar de aquel par de detalles, “Scream” fue una experiencia mucho mejor que sus antecesoras. Se extraña el estilo de Wes Craven, por supuesto, pero al menos esta nueva generación demostró estar a la altura.

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La expectativa por la nueva entrega de la saga “Scream” era bastante alta; a pesar de que el género slasher pueda estar desgastado y ya todos podamos adivinar quién será la primera víctima o quién será el asesino, nadie puede negar que lo que hizo Wes Craven en la década de los noventa fue, a su manera, novedoso y demasiado entretenido. Tras su muerte del director en 2015, asumí que cualquier otra secuela de la saga se iría con él, pero siempre existirá contenido que Hollywood no se cansará de exprimir hasta el cansancio.

No hay quinta sin cuarta, así que era necesario actualizar el progreso en cuanto a entregas vistas se trata. La cuarta parte de “Scream”, también escrita como “Scre4m”, está ambientada quince años después de la masacre de Woodsboro, masacre que nos entregó a Sidney (Neve Campbell), Gale (Courteney Cox) y Dewey (David Arquette) como los rostros reconocibles de aquel horrible suceso. Nuestros protagonistas ahora disfrutan de una especie de paz que no habían vivido en años; Sidney es una aclamada escritora, mientras que Gale y Dewey, ya unidos en matrimonio, continúan viviendo en Woodsboro. Pero la imagen de Ghostface nunca se dignará a vivir en el anonimato y decide volver a atacar; esta vez, asesina a un par de estudiantes que unen a los personajes de siempre con los protagonistas de una nueva generación.

“Scre4m” nos presenta a Jill (Emma Roberts), la prima pequeña de Sidney, y a sus distintos compañeros de colegio, cada uno cumpliendo con un rol inmediatamente reconocible, debiendo también suplir los roles de las entregas anteriores. Kirby (Hayden Panettiere), por ejemplo, es una fanática del cine de terror, detalle que la hace sobresalir como el Randy Meeks de esta nueva generación y no como la clásica víctima rubia que tantas veces hemos visto. Kirby no es la única fanática de las películas de horror y de sus reglas, ya que también tenemos a Charlie (Rory Culkin) y a Robbie (Erik Knudsen), quienes realizan una presentación quizás digna de Randy. Y, como el infaltable sospechoso número uno, tenemos a Trevor (Nico Tortorella), el ex novio de Jill. Los personajes de siempre, más que sólo involucrarse en la trama, se convierten en una especie de observadores, quienes guían y ayudan a los nuevos personajes a entender la manera en que Ghostface ataca, pero la verdad es que estos adolescentes ya saben de memoria las instrucciones de las películas de terror, por lo que el asesino en cuestión deberá ser más inteligente.

La película comienza de una manera bastante didáctica, entregándonos un par de prólogos con interesantes cameos que logran encender el ritmo de la trama, pero, a medida que la historia avanza, son muchas más entretenidas las menciones a versiones anteriores o las apariciones de sus clásicos easter eggs que la resolución del conflicto en sí. Es comprensible que sea difícil orquestar una idea original en una cuarta entrega, pero no siempre es necesario recurrir a la originalidad; podríamos contar la misma historia de manera distinta una y otra vez y seguiría siendo interesante, pero lo lamentable es que “Scre4m” tiene pocos elementos destacables.

La historia tiene varios momentos predecibles, pero un par de actuaciones rescatables, como la de Emma Roberts, por ejemplo, que no dejó de sorprenderme. La película, de todos modos, cumple con las expectativas y podría arriesgarme a decir que me pareció mucho mejor que la tercera entrega, pero nunca podría causar el mismo efecto que nos dio aquella primera versión de 1996; ni siquiera suena la ya clásica canción de Nick Cave, ese era un detalle que no podía faltar. Como bien dice Sidney en una escena: “No te metas con la original”.
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Tras triunfar nuevamente con películas como “Coco” o “Luca”, Pixar decidió volver a probar su suerte con otra historia ambientada en un lugar tan colorido, ameno y entretenido como lo es México o Italia; en su más reciente entrega, “Encanto”, Pixar nos lleva hasta un pequeño pueblito del mismo nombre, lugar que vive alrededor de una mágica casa que comanda la reconocida y unida familia Madrigal.

Cuenta la leyenda que, tras buscar refugio de las fuerzas malvadas que la querían fuera de su propia villa, abuela Alma (María Cecilia Botero) fue protegida por una vela mágica, quien la salvó de sus atacantes y le entregó a Casita, un hogar que se transformó en el refugio de sus pequeños trillizos: Julieta, Pepa y Bruno. Años después, Encanto se convierte en un prominente pueblo en donde todos viven felices, en especial aquellos que residen en Casita; lo divertido es que, no sólo Casita es el lugar más mágico de la villa, sino que los integrantes de la familia Madrigal también tienen poderes que los hacen sobresalir en el pueblo.

Desde tías que influyen en las condiciones del clima hasta primas que tienen audición supernatural, pasando por hermanas dueñas de una fuerza sobrehumana, cada miembro del clan aporta con su poder tanto al pueblo de Encanto como a cada rincón de Casita, pero ninguna familia es perfecta e incluso los Madrigal tienen un par de conflictos escondidos por allí. Nuestra protagonista, Mirabel (Stephanie Beatriz), por ejemplo, no posee ningún poder que la haga destacar como a sus parientes, algo que también crea una especie de roce con su abuela Alma. La presencia de una abuela, como sucede en la mayoría de las familias latinas, es un recordatorio que la mayoría de nuestras familias se rigen bajo un matriarcado; ojalá pudiéramos decir que esto rige todos los aspectos de nuestra sociedad, pero una fuerte presencia maternal puede dictar varias de nuestras decisiones.

Es debido a la actitud de abuela Alma que nos dan a entender el segundo conflicto de la familia Madrigal: no se habla de Bruno (John Leguizamo). El único hijo de Alma ha sido completamente excluido del clan y la respuesta que Mirabel nos entrega es que fue debido al poder que su tío poseía; nadie habla de Bruno, ya que abuela lo tiene estrictamente prohibido. Es sólo cuando Mirabel comienza a notar pequeñas grietas y cambios en Casita que su curiosidad sobre su hogar y sobre su tío Bruno comenzará a traerle más problemas con abuela Alma de lo que Maribel pensaba. Sus buenas intenciones son confundidas con obstinación y la adolescente podría correr el mismo destino que el personaje de Bruno; en “Encanto” no hay villanos irredimibles como otros de Disney, al nivel de maldad de un Scar o de una Ursula, ni tampoco hay alguna fuerza maligna que debe ser erradicada, sino que sólo lazos afectivos quebrados que necesitan una reparación.

Los quiebres que comienzan a aparecer en Casita son la metáfora perfecta para entender los lazos que se ven afectados durante la trama de “Encanto”, así como también lo son los poderes que algunos de los integrantes de la familia Madrigal poseen. Por ejemplo, el poder de Luisa (Jessica Darrow), la hermana mayor de Maribel, es la fuerza sobrehumana y, debido a esto, siempre tiene que cargar con todo el peso de las cosas a su alrededor, tal y como sucede en las historias de la mayoría de las hermanas mayores, quienes deben hacerse cargo, a temprana de edad, de otras situaciones que involucran a sus padres o a sus hermanos menores. Una vez que Luisa y Maribel lo discuten, ambas pueden conectar mucho mejor.

Al momento de tocar cada uno de esos conflictos, “Encanto” se llena de la magia de Pixar, aquella que combina música, colores y golpes al corazón al mismo tiempo; la película tiene momentos musicales preciosos, uno de los cuales, “No se Habla de Bruno”, consiguió convertirse en una de las canciones más populares de las películas de Pixar, pero, a pesar de contener cada uno de los ingredientes especiales que siempre nos consiguen emocionar, la resolución del conflicto se siente algo apresurada y sólo resuelta a través de una canción. Quizás sea esta la sensación con la que otras personas se quedan al ver las entregas de Pixar, pero es la primera vez que me pasa algo así con alguna de las películas este estudio. 

“Encanto” cumple, de todas formas, al entregarnos una película correcta y satisfactoria, pero aquel detalle deja la sensación de que quizás la película contenía una historia que tenía mucho más que ofrecer. O tal vez es que siempre nos quedamos esperando una disculpa familiar que sólo podemos ver en la ficción.

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Tras vendarle los ojos a aquellos quienes detenían, los torturadores subían el volumen de una música bailable con tal de que ningún vecino escuchara los gritos que la tortura causaría; los arrestados eran llevados hasta el sótano de la casona, en donde eran sometidos a golpes, violaciones y amenazas que destruían por completo su estabilidad física y emocional. Debido a la venda que cubría sus ojos, ellos no podían ver quién los torturaba, pero todos conocían el nombre de Ingrid Olderöck.

Ingrid, “La Mujer de los Perros”, era una oficial de Carabineros, descendiente de alemanes fanáticos del nazismo; cuando comenzó el Golpe Militar en Chile, Ingrid se unió rápidamente a la DINA y se convirtió en una de las torturadoras más crueles de aquella época. Ingrid se encargaba de adiestrar a un pastor alemán, llamado Volodia, el cual violaba a las mujeres que llegaban al lugar.

Todo esto podría sonar como una historia de alguna guerra pasada o como un horrible relato salido de la mente de algún buen escritor o escritora para hacernos recordar los horrores de la dictadura chilena, pero ojalá fuese sólo una historia de ficción y no el peor de los recuerdos para varios de los detenidos. Hugo Covarrubias se encarga de llevar la verdad acerca de La Venda Sexy y de Ingrid Olderöck hasta la pantalla grande, a través de una animación que sirve como el perfecto contraste para una verdad como aquella.

La animación se basa en la técnica del stop motion, la cual nos ha entregado películas tan adorables como “The Nightmare Before Christmas” o “Coraline”; y el personaje principal está hecho a base de porcelana, un material delicado y frágil, pero que trasmite la frialdad e inexpresividad necesaria y que tanto identificaba a la Mujer de los Perros. A pesar de que exista una mascota animada, “Bestia” no nos deja olvidar que no existe ningún elemento de ternura en este relato y aquel contraste es el ideal para contar una historia como esta.

“Bestia”, tal y como su nombre, es brutal, cruel e inexplicable; es un recordatorio de los horrores de la dictadura y de los tantos crímenes que varios de sus perpetuadores no alcanzaron nunca a pagar. El cortometraje está nominado a los premios Oscar y tiene todos los méritos, pero ojalá llegue el día en que Chile se destaque por mucha más que por su oscura historia.

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Pareciera que, por cada temporada de premios, aparece una película del estilo coming of age que todos adoran premiar por mostrarnos, básicamente, una historia muy parecida, pero en distintos escenarios; sucedió en 2017 con “Lady Bird”, también en 2016 con “Moonlight” y en 2014 con “Boyhood”. Pero, por más que disfrute este tipo de historias, siempre me hacía falta la presencia de una persona cercana a mi edad que estuviese pasando también por un torbellino de emociones, situaciones y decisiones cual adolescente en una de las peores etapas de la vida.

Por suerte, esta temporada de premios nos entregó “The Worst Person in the World”, una película noruega, escrita y dirigida por Joachim Trier, que cuenta las desavenencias de Julie (Renate Reinsve), una joven que se acerca rápidamente a su tercera década y quien todavía no tiene muy resueltos varios asuntos de su vida. Julie ha pasado por tres carreras: medicina, psicología y fotografía, recordándonos que siempre será difícil escoger una carrera durante los años adolescentes, cuando ni siquiera sabemos bien quiénes somos aún. Julie también es novia de Aksel (Anders Danielsen Lie), un caricaturista mayor que ella, quien ya sueña con formar una familia que la joven todavía no sabe si desea; al mismo tiempo, Julie coquetea con Eivind (Herbert Nordrum), un barista que conoce durante una fiesta a la que entra sin conocer a nadie ni sin ser invitada, acto que sólo realiza por curiosidad y diversión.

A través de doce capítulos, además de un prólogo y un epílogo, “The Worst Person in the World” retrata la vida cotidiana de Julie, desde la relación con su familia y con Aksel, pasando por la conformidad frente a un trabajo en una librería, la frustración en cuanto a sentirse como una espectadora de su propia vida, la experimentación con hongos alucinógenos hasta la opinión sobre el sexo oral en la era del #MeToo, uno de los capítulos más interesantes. 

A pesar del pequeño detalle de que la película esté dirigida y escrita por un hombre, esto no impide que “The Worst Person in the World” sea un guiño al feminismo, ya que la presencia de su protagonista, Renate Reinsve es tan imponente que es ella sola quien conlleva todo el peso tanto de la película como de la trama. La intérprete ya fue galardonada como Mejor Actriz en el último Festival de Cannes, por lo que me encantaría que este lado del mundo también reconociera su talento en la misma categoría. Además, el personaje de Julie es una joven común y corriente, pasando por situaciones bastantes parecidas a las de sus espectadoras, sin sobresalir como una heroína ni como una villana, sino como una voz más dentro de varias que necesitan tanto apoyo como valorización.

Lejos de ser la peor persona del mundo, Julie es un personaje adorablemente real y cercano; es divertida, tierna, pero también llora, explota y se siente perdida. El sólo hecho de ver a una mujer lidiando con su elección profesional o imaginando lo que haría con la sangre de su menstruación en un momento de venganza es tan maravilloso de ver en una película que ha sido tan masiva como esta; siempre estamos viendo muchos más asuntos masculinos dentro de varias narraciones, como masturbación adolescente o disfunción eréctil y, a pesar de que algunas de nosotras jamás pasaremos por problemas de este estilo, nos vemos en la posición de identificarnos o entender al personaje de todas formas. Pocas veces, sucede lo contrario, pero espero que “The Worst Person in the World” pueda continuar quebrando ese molde y presentarse como una historia más para todos quienes aprecian el cine.

Sin dejar de lado el existencialismo que la caracteriza, “The Worst Person in the World” se da lujo de jugar un poco con la realidad dentro de su contexto y, durante una escena, el tiempo y el resto del mundo se paralizan para Julie, dándole la oportunidad de salir corriendo a través de Oslo, sin que nadie la mire ni la detenga, para poder acercarse al nuevo destino que ha decidido. Si tan solo pudiéramos tener un momento parecido al de esa escena, creo que todos también saldríamos corriendo al encuentro de una mejor oportunidad; o si la educación en Chile fuese gratuita y de calidad como en Noruega, muchos habríamos sido más felices también.

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La filmografía de Christopher Nolan siempre se encuentra en un estado de in crescendo; ojalá pudiera decir que mientras sus películas van creciendo en cuanto a trama y desarrollo, también van mejorando en cuanto a calidad, pero la repetición de ciertas ideas, la inhabilidad de crear personajes femeninos interesantes e independientes de los personajes masculinos, además de aquella irritable pseudo intelectualidad que rodea tanto a la explicación de sus películas como la de sus fanáticos más fieles, han conseguido que el cine de Nolan cada vez me parezca menos intrigante.

“Tenet”, su última entrega, es de aquellas películas que, si no entendiste o no seguiste el ritmo a la primera, por supuesto que no sabes nada de cine. Utilizando una vez más el concepto del tiempo, Nolan crea una historia sobre cómo el futuro afecta el pasado; el Protagonista (John David Washington), un protagonista sin nombre, parte de la CIA, quien se une a un programa especial llamado TENET. El objetivo de su misión es atrapar a un traficante de armas que fabrica balas con una particular cualidad: van al sentido contrario del tiempo normal.

Con la ayuda de Neil (Robert Pattinson), el Protagonista da con el paradero de un criminal ruso, llamado Andrei Sator (Kenneth Branagh). Para tratar de atraparlo, el Protagonista se acerca a la esposa de Andrei, Kat Barton (Elizabeth Debicki), una tasadora de arte que vive bajo el constante chantaje de su marido, sus reacciones violentas y la amenaza de no volver a ver al hijo que tienen en común. Fingiendo estar interesado en cierto cuadro, el Protagonista consigue dar con el paradero de Andrei y comenzar una intensa persecución que parece ir hacia adelante y hacia atrás.

Es en estos momentos de la trama que la historia comienza a ser cada vez más confusa y menos interesante; además de muchos cambios en muy poco tiempo, las continuas explicaciones de cada uno de los personajes que participan en la persecución se vuelven repetitivas y parecen no tener mayor información de fondo. De por sí, es bastante molesto que un personaje explique la trama en lugar de que la trama se explique por sí sola durante la duración de una película, por lo que en “Tenet” es un recurso bastante insoportable. 

También es bastante insoportable que, tras años de desarrollo de guión, trama y efectos especiales, Christopher Nolan y sus colaboradores todavía no sepan crear al menos un personaje femenino que no esté a merced del protagonista masculino; en el universo de Nolan, las mujeres son sólo esposas fallecidas acechando las mentes de sus maridos, esposas que están peligro a manos de su propio esposo o mujeres que deben guiar al protagonista en cuestión. En lugar de perfeccionar cada detalle de una historia compleja, no estaría mal tomarse un tiempo para perfeccionar ciertos personajes también.

A pesar de todo, no se puede negar que “Tenet” tiene muchos méritos en cuanto a ejecución, escenas de acción y actuaciones; destacan sobre todo aquellas escenas en el aeropuerto o la persecución dentro de una carretera, así como también la participación de Robert Pattinson, quien se luce incluso en un papel secundario, y de Elizabeth Debicki, quien logra darle cierta profundidad a un personaje que no tiene mucho qué hacer, pero estos atributos no son suficientes para combatir la nula emotividad que provoca toda la acción en la que “Tenet” se concentró; mucho enfoque en un solo aspecto de la película y un abandono casi total en otros puntos de vista cuestan.

¿“Tenet” fue una película hecha para mí? No. ¿La seguiré viendo por Robert Pattinson? Sí.

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Espero que no sea un secreto el sueño que me provoca la versión de “Dune” que David Lynch estrenó en 1984, una versión que incluso el mismo director prefiere olvidar; es por esta razón que, cuando se anunció una nueva entrega, la cual estaría a cargo del canadiense Denis Villeneuve, mi emoción fue comprensible. No sólo Villeneuve sería el director, sino que también la película contaría con un maravilloso elenco que sería responsable de darle, nuevamente, vida a la historia escrita por Frank Herbert en los años sesenta.

“Dune”, referida también como la primera parte de esta versión, es bastante fiel al libro en el que se basa y desarrolla aquella trama que corre el peligro de caer tanto en lo tedioso como en lo pseudointelectual. La historia sigue el conflicto interno de Paul Atreides (Timothée Chalamet) una vez que su familia debe hacerse cargo del planeta Arrakis, lugar en donde una especia es uno de los elementos más preciados del Universo, ya que permite realizar viajes espaciales, por ejemplo. Paul debe lidiar con el hecho de encontrarse en un lugar distinto, así como también con las presiones de ser el Elegido que su propia madre, Lady Jessica (Rebecca Ferguson), deja caer sobre él; esta especie de Elegido es algo parecido a un mesías que llegará para mejorar el futuro del universo.

Al mismo tiempo, los Atreides deben enfrentar la apatía del pueblo originario de los Fremen y la amenaza de los Harkonnen; estos últimos estuvieron a cargo de Arrakis antes de la llegada del duque Leto Atreides (Oscar Isaac), lo cual no significó la mejor de las etapas en la historia de los Fremen. La desconfianza, el peligro y la intensa sensación de calor tampoco representan el mejor de los escenarios para el comienzo de la regencia de la dinastía Atreides y “Dune” nos muestra las consecuencias de la llegada de un nuevo grupo de gobernantes designados a un lugar, de por sí, ya conflictivo.

Es imposible no recaer en comparaciones entre esta versión y la versión de los años ochenta, y la verdad es que ambas recaen en un relato aburrido y sin vida. En cuanto a producción se trata, la entrega actual no falla y es maravilloso admirarla, pero esto no es suficiente como para darle un toque más emotivo o animado; quizás con el fin de querer ser vista como una producción seria, “Dune” recae en aquel sobre-dramatismo que hace perder el interés tanto en la historia como en los personajes. Entre las actuaciones, la que más sobresale es la de Rebecca Ferguson, mientras que el resto del elenco sólo cumple y luego es olvidable; se siente hasta un poco de lástima por Timothée Chalamet, porque a nadie le gustaría que quedara en aquella broma en donde se interpreta siempre a sí mismo.

También es una lástima que “Dune” sólo sea una versión mucho mejor producida que su antecesora y que no haya podido revocar más emociones en algunas personas que, como yo, lamentablemente teníamos expectativas demasiado altas en cuanto a este estreno; sólo queda suspirar y esperar la segunda parte, supuestamente a estrenarse en 2023.
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Con la entrada anterior, comencé un nuevo año para este blog, pero también comencé a ver las películas nominadas para la presente temporada de premios. Decidí continuar con “The Lost Daughter”, ya que no sólo significa el debut como directora de Maggie Gyllenhaal, sino que también se trata de un retrato de la maternidad que continúa siendo una especie de tabú en nuestra sociedad.

“The Lost Daughter” está basada en el libro de mismo nombre, escrito por Elena Ferrante, el cual cuenta la historia de la profesora Leda Caruso (Olivia Colman), una académica de Literatura Comparada. Leda decide tomar unas vacaciones en una casi paradisíaca costa griega, pero su descanso se ve interrumpido por la llegada de una numerosa y ruidosa familia que la hace sentir incómoda desde un principio. A pesar de la incomodidad, la curiosidad de Leda se refleja en la figura de una joven madre, Nina (Dakota Johnson), y en la de su pequeña hija, Elena.

Leda observa detenidamente la manera en que Nina y Elena juegan, conversan o se abrazan, contacto que, de inmediato, le despierta recuerdos de su propia maternidad puesta en escena; a través de una serie de flashbacks, podemos ver cómo era la relación de una joven Leda (interpretada por Jessie Buckley) con sus hijas, Bianca y Martha. Mientras trata de complementar una carrera con una vida doméstica, Leda también debe lidiar con la crianza de sus pequeñas, quienes, a pesar de ser muy adorables, no están libres de causar problemas ni de provocar frustración a su atareada madre. 

En lugar de mostrarnos el lado más dramático de la maternidad o de idealizar una relación entre Leda y sus hijas, “The Lost Daughter” nos enseña el lado más real de una las relaciones más complicadas del ser humano. El cansancio, la rabia, el sueño, la intolerancia, los gritos, el abandono, por ejemplo, son facetas de la maternidad que la sociedad siempre esconde; debido al temor hacia el juicio y al peso de una condena misógina, muchas madres deben esconder todos esos sentimientos y seguir siendo madres felices y entregadas, tal y como el mundo se lo ha ordenado ser desde el comienzo de los tiempos.

Leda lucha por ser una buena madre, y lo es, pero también desea continuar desarrollándose como la profesional que sueña en convertirse; cuando siente que ya no puede seguir malabareando ambas cosas es cuando decide tomar una drástica decisión que continúa avergonzando y crucificando a muchas madres hasta el día de hoy. Un acto que se ha normalizado tanto por parte del progenitor masculino continúa siendo la peor acción que una madre puede cometer; tal vez lo sea, pero existe una clara diferencia entre cómo tratamos el abandono materno y el abandono paterno. 

“The Lost Daughter” no cae en aquel prejuicio y, mucho más allá de hacernos recriminar las decisiones de Leda, nos invita a conocerla y también a conocer sus razones; es fácil sentir empatía por el personaje, aun cuando la maternidad no sea parte de nuestras vidas, ya que los sentimientos de Leda son los mismos sentimientos que pudimos haber visto en nuestras propias madres. Es difícil, incluso, juzgar a Leda, ya que podemos alcanzar a comprender su cansancio y sus ganas de sentir un poco de libertad alrededor de todas sus responsabilidades.

Elena Ferrante decía que sólo entregaría los derechos de su obra si la persona encargada de llevarla a la pantalla grande fuese una mujer y qué acertada decisión tomó. “The Lost Daughter” sólo podía ser dirigida por alguien que también comprendiera a Leda y, no quiero decir que un hombre no pueda dirigir relatos de maternidad, pero a veces es necesario otro tipo de afecto y otra especie de sensibilidad. 

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Para comenzar un nuevo año de este blog, decidí estrenarlo con uno de los últimos lanzamientos de Netflix; “Don’t Look Up”, dirigida y escrita por Adam McKay, pareciera ser un estreno que se complementa a la perfección con el contexto de la sociedad durante estos últimos dos años; no es que relate las consecuencias de una pandemia per se, sino que la manera en que retrata la posibilidad del fin de la humanidad se siente bastante cercana y hasta realista.

“Don’t Look Up” cuenta la historia de los astrónomos Randall Mindy (Leonardo DiCaprio) y Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence), quienes descubren la presencia de un meteorito gigante acercándose rápidamente a la Tierra, en donde impactaría con territorio chileno (como si ya no tuviésemos demasiada mala suerte en este lado del mundo). Los científicos deciden informar a la prensa y al gobierno de las malas noticias, pero nadie parece tomar en serio la próxima catástrofe; un programa muy estilo matinal decide bromear y el gobierno, por su parte, prefiere sacarle provecho a la situación e incluso prometer trabajos una vez que el meteorito impacte a la Tierra, una situación que suena bastante similar a la de otros gobiernos inoperantes que sólo se dedican a ofrecer trabajos de la nada.

Gracias a un elenco de primera, el cual incluye también a Meryl Streep, Cate Blanchett, Melanie Lynskey, Timothée Chalamet, Jonah Hill y Mark Rylance, “Don’t Look Up” se convierte en una irónica y divertida metáfora sobre la crisis climática, más allá de quedarse sólo en el género de las disaster movies, como otras cintas al estilo de “Armaggedon” o “Deep Impact”; mientras estas películas se concentran en los esfuerzos científicos y gubernamentales para detener la amenaza, “Don’t Look Up” nos muestra la realidad del juicio en redes sociales, del incontrolable pánico colectivo que puede llevar a tendencias negacionistas y del interés personal que sólo sientes los más poderosos a cargo. Teniendo en cuenta estas reacciones, la película también funciona como una metáfora de las consecuencias de una pandemia mundial, una que todavía no se resuelve y que a la mayoría le gusta olvidar.

A pesar de que “Don’t Look Up” no se equivoca al mostrar una realidad tan cercana, no consiguió hacerme empatizar con aquellos que sí mantuvieron la razón y la cordura durante el fin del mundo, sino que sólo me hizo sentir mucho más resentimiento contra los poderosos, el gobierno e, incluso, hacia aquellas celebridades que, teniéndolo todo para poder ayudar un poco más, sólo se dedicaron a grabar mensajes y canciones desde sus mansiones. Quizás se deba a que el tema todavía está en la palestra y todavía es algo sensible, o quizás se deba a que el humor de Adam McKay sólo divierte hasta cierto punto, pero “Don’t Look Up” ya pasó a convertirse en una película olvidable para mí.

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Catalina. Basada en hechos reales.

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